capítulo XXV de:
Sucesos Argentinos

de Vicente Battista


[...viene de]


XXV


LA DESCUBRÍ CASI oculta en una mesa del rincón. Anotaba algo en un cuaderno. No advirtió mi presencia hasta que estuve a su lado; al verme no puso más entusiasmo del que hubiera puesto frente un vendedor ambulante. Abrió su enorme cartera y guardó el cuaderno.
    ­¿Poemas?­pregunté y sentí que había cometido la primera tontería de la noche.
    Dijo que no, que no eran poemas; y fue todo lo que dijo. Se produjo un silencio incómodo. Llamé al mozo y le pedí un gin-tonic. Ella pidió otro café.
    ­¿Llegaste sin problemas?­preguntó.
    ­Sí­dije­. No me raptó ningún Falcon.
    ­No hablo de eso. Pensé que tal vez habías olvidado las calles.
    ­Para nada. Es como andar en bicicleta o nadar. Una vez que se aprende ya no se olvida.
    ­No es lo mismo­dijo.
    ­Bueno, no es lo mismo. Pero igual me acuerdo de las calles, y llegué sin problemas. Sólo cinco minutos tarde, tendrás que perdonarme.
    ­¿Vas a darme la razón en todo y pedirme perdón a cada rato?
    Iba a decir que no, pero justo apareció el mozo con el gin-tonic y el café. Mercedes le echó dos terrones de azúcar y por un instante fijó toda su atención en revolverlo; después, sin dejar de mover la cucharita, hizo la pregunta.
    ­¿Sentís culpa por vivir afuera?
    Más que una pregunta parecía una afirmación.
    ­Para nada ­dije­. Me acostumbré.
    ­¿A vivir afuera o a no sentir culpa?
    ­A que me hagan esa pregunta. ¿Cómo sabés que hace mucho falto del país?
    Buscó algo en la cartera. Por un instante pensé que era la respuesta. No encontró lo que estaba buscando.
    ­Vos me lo dijiste ­dijo.
    No recordaba habérselo dicho, pero había decidido no discutir. Le pedí que me hablase de ella.
    ­¿De mí, qué te puedo decir de mí? Nací y me crié en un barrio del sur. Abandoné mi carrera de socióloga, me casé, no tengo hijos. ¿Qué más te puedo contar?
    ­El barrio, ¿qué barrio era?
    ­Barracas. Pero eso fue hace mucho.
    Levanté la copa de gin-tonic, como quien brinda.
    ­Sabía que te conocía de algún sitio ­dije­. Soy el que se paraba en la esquina de Suárez y Montes de Oca. Vos venías del Normal 1 y yo me quedaba ahí para verte pasar; alguna vez te dije algo, pero no te diste por enterada.
    ­Jamás fui al Normal 1.
    ­Yo tampoco me paraba en la esquina de Suárez y Montes de Oca, pero hubiera sido una linda historia. ¿En qué calle vivías?
    Me lo dijo. Además de separarnos algunos años nos separaban muchísimas cuadras. El mundo no era un pañuelo. Dijo que ahora era su turno de preguntas. Quiso saber porqué había vuelto.
    ­Por trabajo. Vine representando a una empresa española.
    Estaba seguro de que ya se lo había dicho.
    ­¿Empresa de qué? ­preguntó.
    ­Construcciones.
    ­¿Casas?
    ­Caminos, puentes, autopistas.
    Asintió, como quien confirma una teoría, y buscó los cigarrillos. Le di fuego.
    ­Autopistas­dijo­. Sos uno de esos que le van a cambiar el perfil a la ciudad.
    Había leído el mismo diario, pero en cuanto se largó a hablar descubrí que no opinaba lo mismo que Zavala. Dijo que mientras en los principales países del mundo se resistían a levantar autopistas, acá...
    ­En España...­la interrumpí.
    ­Eso fue en tiempos de la dictadura­me interrumpió.
    ­Ahora, también ahora las están construyendo.
    ­Un gobierno burgués, que sigue defendiendo los intereses de su clase.
    ­En todo caso, la tuya y la mía.
    Me miró con desprecio.
    ­No digás boludeces­dijo.
    Me gustó el giro. Hacía años que no lo escuchaba.
    ­Allá dicen gilipollas­dije­, pero no es lo mismo. Boludo tiene su propia entidad, no se parece en nada a gilipollas.
    ­¿Siempre te vas por las ramas?
    ­Sólo cuando discuto un tema que no conozco.
    Iba a apagar el cigarrillo en la taza. Le acerqué el cenicero.
    ­Serás de Virgo, por lo prolijo. ¿Cómo podés decir que no conocés el tema?
    ­No soy de Virgo y tampoco soy ingeniero, urbanista, arquitecto o cualquier otra profesión parecida. Simplemente vine a presentar una oferta, ese es todo mi trabajo.
    ­Y no te importa lo que pase en el país.
    ­Sí que me importa, pero no creo que las autopistas le hagan mal a nadie.
    Y sobre todo me van a hacer bien a mí, pensé, pero no lo dije.
    ­Preguntáselo a las ciento cincuenta mil personas que van a desalojar.
    Vi a un ejército de gente, con la jaula del pajarito, el televisor, la cocina, la heladera y los muebles en la calle, casi la escena final de Milagro en Milán; claro que éstos no irían al cielo.
    ­¿Ciento cincuenta mil personas?
    ­Los que viven en las casas que van a tirar a abajo para que pasen tus autopistas.
    ­No son mías y no dramatices. Seguramente los indemnizarán y con la plata que saquen tendrán oportunidad de comprarse una casita mejor.
    ­Sos muy ingenuo o muy cínico.
    Me interesaba poco esta charla. No había ido para hablar de autopistas, era suficiente con soportar al gordo Zavala.
    ­Tal vez tengas razón­dije­. ¿Por qué abandonaste sociología?
    Recobramos la paz. Me contó que luego de cursar dos años se dio cuenta de que la facultad no era para ella.
    ­¿Razones profesionales?­pregunté.
    ­Políticas­dijo.
    ­Y después te casaste­dije.
    ­¿Es una gracia?
    ­No. Es una verdad. Me dijiste que estabas casada, que no tenías hijos y que tu marido es abogado. Es bueno saberlo, tal vez alguna vez lo necesite.
    Me dedicó una sonrisa, claramente despectiva.
    ­No creo que se complique en las cosas que estás vos ­dijo­. No hace derecho comercial, y de ningún modo sería cómplice en negociados como el de las autopistas.
    Volvíamos al tema, no me interesaba. Seguía sin saber muy bien por qué yo estaba ahí y comenzaba a aburrirme. Miré la hora. Tenía hambre y odio comer solo.
    ­Hay un bife de chorizo con ensalada de radicheta pendiente­dije.
    Dijo que podía ser, pidió que la disculpara un instante y se puso de pie. Fue hasta el cuarto de baño y tardó algo menos de diez minutos en volver.
    ­Cuando quieras­dijo.
    Se había pintado un poco la cara y se había recogido el pelo. Le quedaba mejor suelto. Le pregunté si conocía algún sitio. «Hace mucho que falto», me disculpé. Dijo que a una cuadra y media de ahí. La seguí. Fuimos por Quintana hacia Callao. Se detuvo frente a una galería mucho más limpia que la de la otra noche en San Telmo.
    ­Por lo que veo, te apasionan las galerías­dije.
    ­El restaurant está en el fondo­dijo y señaló una gran puerta que ostentaba una rueda de carreta sobre su dintel.
    En semejante escenario, la vaca no podía estar ausente. Finalmente comimos el bife de chorizo, que no resultó tan sabroso como yo había imaginado. Recuperar el sabor de la ensalada de radicheta fue más placentero. Aunque estaba convencido de que todo se iba a limitar a esa comida, no me pareció prudente pedir que le agregaran ajo picado. Hasta llegar a los postres hablamos de cosas sin importancia, supuse que, tendríamos el respetable aspecto de un matrimonio veterano durante su habitual cena de los viernes a la noche. Le serví vino por quinta vez y le pregunté por el marido.
    ­¿Y tu marido?­pregunté­. ¿Dónde está tu marido?
    Mi curiosidad no le molestó en lo más mínimo. Bebió un trago.
    ­Está trabajando ­dijo.
    ­¿A esta hora?
    ­Trabaja a toda hora ­dijo­. Lo suyo no es representar empresas españolas que vienen a hacer negocios con gobiernos militares.
    ­No creas que es un trabajo fácil, de los que se consiguen así nomás ­dije.
    ­No me entendés, no hablo de eso. Hablo de ética. José Luis jamás haría un trabajo así.
    No tenía ganas de competir con el esposo ausente.
    ­No delires. Cualquiera que te escuche pensaría que soy un ladrón de bancos.
    ­Peor­dijo y durante un buen rato tuve que aguantar un discurso acerca de la corrupción y el modo infame en que se hacían esta clase de negocios. Pensé que Mercedes me conocía más de lo que yo imaginaba.
    ­Pará, pará­dije­. Tenés mucha imaginación. Lo mío no va más allá de representar a una empresa extranjera que quiere invertir en el país.
    ­¿Tengo que felicitarte?
    ­No. Tenés que dejar de prejuzgarme.
    Hizo un gesto cordial y por largo rato hablamos sin agredirnos. Dije que podríamos tomar una copa en otro sitio. Dijo que era tarde, que se le hacía tarde. No insistí, yo también tenía ganas de irme a dormir. Otra vez le dije hasta dónde la llevaba y otra vez me dijo que ella me llevaba a mí que el Sheraton le quedaba de paso. Era imposible que desde cualquier sitio el hotel siempre le quedase de paso.
    ­Entiendo­dije­, a ningún hombre le gusta que un desconocido acompañe a su mujer hasta la puerta de la casa.
    ­No digas tonterías. José Luis confía en mí. Me queda de paso, eso es todo.
    Hablaba de José Luis Poggi con una extraña mezcla de amor y admiración, como rara vez lo hacen las mujeres cuando hablan de sus maridos; casi lo envidié. Llegamos a la esquina del hotel y repetimos los gestos de la despedida anterior, pero esta vez le pedí el número de teléfono.
    ­Yo te llamo­dijo Mercedes.
    Dije que a partir de ese momento me quedaría esperando su llamada y me fui convencido de que jamás me llamaría. No me preocupaba. No tenía ganas de entrar en competencia con su virtuoso marido. Pensé que era el final de algo que ni siquiera había comenzado. Esa fue mi segunda gran tontería de aquella noche.


del libro "Sucesos Argentinos", de Vicente Battista. © 1995 Vicente Battista. © 1995 Editorial Planeta, Buenos Aires.