*** Sólo habían pasado quince años de la función del Callíope, pero el Restaurador apenas guardaba un recuerdo vago de Captain Steve, aquella obra en tres actos donde el guardiamarina Macleish hacía
de novia y el teniente Fletcher de posadera tetona. Ahora era
un simple vecino de Burgess Street. A todo el mundo se le pelaba
la lengua hablando del nuevo farmer llegado de América, aunque
éste ya contaba con el suficiente vocabulario como para cruzar
algunas palabras con las comadres del barrio. Para eso había estudiado
inglés en el viaje. Como le había dicho a Manuela, si Catón se
atrevió con el griego al cabo de los ochenta, él no veía problemas
en meterse con el inglés. Cada mañana en el Conflict se había sentado con su hija a descifrar una vic ja gramática
sobre la mesa de la cabina. Manuelita no era ninguna lumbrera,
pero el Restaurador, aunque sólo llegó a cuarto grado, pasaba
por ser un lingüista nato que había sido capaz de escribir un
diccionario español-araucano de setecientas carillas a lo largo
de muchos años. El demonio de Southampton falleció de pulmonía una mañana de marzo.
En la Argentina recién comenzaban las clases. Es posible que un
viento helado haya corrido por los pupitres donde aún residía
su inolvidable fantasma. Manuelita estaba junto a su padre. Ya
no era la princesa de Buenos Aires. Quedaba poco de aquella morocha
cautivadora que los ministros del Restaurador arrastraban en su
carroza luego de desatar los caballos. Ahora era una gorda feliz.
Estaba casada con su viejo amor, cosa que jamás hubiera logrado
en su patria. Rosas lo consideró una traición y la expulsó de
su casa. Pero el tiempo había limado todo eso, aunque el Restaurador
nunca pudo tragar a sus dos nietos ingleses. Ahora ella había
venido de Hampstead para despedir a su padre. Manuelita lo agarró
de las manos. "¿Cómo anda, tatita?", le preguntó. "No sé, niña",
musitó el anciano. Fue lo último que dijo. ¿De quién son estas mulas? La muerte iba a la escuela, te acompañaba de vuelta a tu casa.
A veces, por el camino, te aguardaba el consabido cadáver. Los
chicos lo presentían de lejos y se iban quedando callados. Los
cadáveres frescos aún emanaban ese aroma dulzón que suele preceder
a la muerte. Podía tratarse del cuerpo entero o simplemente de
la cabeza. A veces bastaba con una mano clavada en un poste, excepcionalmente
una lengua si se trataba de algún conocido difamador. Todo estaba
bien exhibido. La eficacia del castigo radicaba en su fina presentación. ¿Quién ha muerto? Los chicos jugaban al Degollado y al Fusilado, al Date Preso y al Azotado. Al final terminaban peleándose por el papel de verdugo. Jugaban
también al sepelio y a ninguno le disgustaba que lo eligieran
de muerto. Pero el papel de verdugo era el único que se dirimía
a trompadas. Como la insignia del gremio era una pequeña escalera
para llevar cosida en la capa, el vencedor se la pintaba en la
frente con un corchito quemado. Claro que el salvajismo en la escuela no fue invento rosista.
Los cordobeses tuvieron un pedagogo famoso que en vez de mandarte
al rincón te crucificaba en un gallinero y te dejaba colgado toda
la tarde a cargo de tres mastines. Los maestros se tomaban a pecho
la disciplina. Entre las listas de material didáctico que pedían
al Ministerio era común encontrar algún cepo, como lo prueba la
nota elevada por un docente jujeño que con toda nobleza ofrecía
hacerse cargo del gasto. Otro tipo de Río Cuarto hacía su entrada
en el aula repartiendo bofetadas a manera de saludo y seguramente
una que otra patada en el culo. Y el tirón de orejas acostumbrado
no era un regaño cordial. Los castigos corporales estaban técnicamente
prohibidos, pero seguías volviendo a tu casa con las orejas al
rojo vivo. Dejando de lado al Restaurador, que sobre esto nunca
hizo declaraciones hipócritas, a cualquier ministro le convenía
simular un furioso interés por la escuela. Esto venía desde los
tiempos de los colonos. Ya en días de la Virreina Vieja (Juana
del Pino, la futura suegra de Bernardino González, Rivadavia para
los amigos) se anunciaba por el diario que el vástago más avispado
de algún vecino influyente daría sus lecciones en público, cita
a la cual concurrían desde los cabildantes hasta las tías del
monstruo. En cuanto a los primeros gobiernos criollos, necesitados
de pintarle al pueblo un futuro menos oscuro de lo que en realidad
se venía, propiciaron las fiestas cívicomilitares en todas sus
ceremonias. Y para ello, nada mejor que una escuelita bien apostada. Por insultar a Dios o a la Virgen, cuatro horas diarias de mordaza
durante ocho días seguidos, con el reo bien atadito a un poste. Etcétera. Eran cuarenta artículos por el estilo, que nunca se
aplicaban a rajatabla. En el Ejército de los Andes era mejor tomarse
las cosas con calma. Las normas que reprimían el duelo fusilaban
hasta a los padrinos, pero si mirabas para otro lado frente a
un desafío, ya podías darte por despedido del cuerpo. El duelo
figuraba al tope de los delitos que provocaban la baja de un oficial,
no tanto como agachar la cabeza en batalla pero mucho más que
mostrarse por la calle con alguna putarraca. Sin embargo, jamás
ejecutaron a nadie por haberse batido a duelo. En cambio dos soldaditos
de Cancharrayada que se apartaron de su columna para robarse unos
pollos, fueron obligados a arrodillarse en la huella mientras
llamaban al capellán. La orden era que nadie podía alejarse tres
metros de los flanqueadores. Debe entenderse que aquella columna
eran los restos de un ejército en desbandada que venía del pavor
de la noche. El alto duró tres minutos. Estaba aún muy oscuro.
Eran las nueve de la mañana, pero había niebla cerrada. ¿Por qué
se habían salido? Pues porque estaban famélicos. Los pollos levantados
al paso aún pendían de las monturas. Ni siquiera estaban pelados.
El capellán cumplió su trabajo lo más rápidamente que pudo. Enseguida
los fusilaron y la columna pasó a tambor redoblado por encima
de sus cadáveres. [...]
En Londres siguió tomando lecciones particulares, de modo
que pronto se defendía bastante. Nada que ver, por lo tanto, con
el supuesto gaucho ermitaño que sólo abría su casa a las putas
de Southampton y las hacía desnudarse por senas. Sin embargo,
jamás alcanzó el nivel suficiente como para mandar una carta al
Times denunciando a los argentinos que llegaban con la misión de matarlo,
ni para redondear algunas cuartillas con la historia del incendiario
demente que redujo a cenizas su tambo con treinta y cinco lecheras
adentro. A veces soñaba con ver sus memorias en una vidriera de
Covent Carden, publicadas por alguna casa de Londres. Como buen
porteño en Europa tampoco retaceaba su envidia por el Imperio.
Ni siquiera lo había hecho en Buenos Aires, cuando festejaba con
sus ministros el cumpleaños de la reina Victoria o los obligaba
a guardar medio luto por el fallecimiento del duque de Gloucester.
Y los chismes que remitía a la Pepa sobre la educación de los
pobres reflejaban bien las ideas que circulaban en Inglaterra
mucho antes de su llegada.
En 1806, para ser precisos. El año que arribaron los barcos
con el tesoro de Sudamérica. Una mañana de otoño, mientras una
caravana de carros desfilaba por Parliament Street con el botín
de oro fresco, los diputados cruzaban insultos en el recinto.
El motivo era la creación de una escuela. Desde afuera llegaban
los vítores de la multitud congregada para celebrar la irrupción
del tesoro. Ocho carros con cuarenta caballos lo llevaban hasta
el Banco de Inglaterra. Varios millones de dólares en efectivo
y lingotes. Sobre los carros flameaban los gallardetes pintados
con apelaciones bravías: Popham! Beresford! Buenos Ayres! Victory! Dos batallones de marineros cerraban la comitiva. Era la dotación
del Narcissus, encargado del transporte. Los tripulantes del barco hacían ondear
en sus manos las banderas capturadas. Pero nada calentó tanto
a la chusma como la palabra Treasure! estampada en cada carro. Una vez arregladas sus diferencias por
el reparto (cuyos detalles más sórdidos podían seguirse en el
Times), el almirante Popham y el general Beresford habían remitido a la
patria los modestos tesoros del Plata. Cuando el tesoro dobló
la esquina y se aquietó el populacho, los diputados retornaron
a sus bancas muy animados y procedieron a rechazar el proyecto
que los venía ocupando. ¿Una escuela más? Casi nadie votó por
la afirmativa. El discurso del miembro informante persuadió a
todo el mundo. Pocas cosas resultaban más perniciosas para la
felicidad de los pobres que dejarlos ir al colegio, donde sólo
aprendían a despreciar su lugar en la vida y a convertirse en
resentidos sociales. Durante los siguientes treinta años, entonces,
la educación del pueblo británico seguiría librada a las leyes
del mercado, tal como sucedió en Buenos Aires durante los días
del Restaurador.
Un maestro de Entre Ríos recordó por esos días que le había
tocado ir a la escuela en tiempos de la Mazorca. Se llamaba Onésimo
Leguizamón. Jamás olvidaría la escena que debió presenciar una
vez. Dos pequeños condiscípulos fueron ajusticiados en la plazoleta
del pueblo, acusados de matar a un compañero. El comisario había
dispuesto que todos los chicos del grado asistirían a la ejecución.
Onésimo se acordaba muy bien del sofocón del maestro para hacerlos
llegar a horario y para que mantuvieran la fila cuando empezara
el fusilamiento.
De don Juan de la Cueva.
¿Qué comen?
Pasto verde.
¿Qué beben?
Sangre de gente.
¿Con qué las atan?
Con cintas negras.
Juan el Tuerto.
¿Quién le canta?
La garganta.
¿Quién le chilla?
La chiquilla.
¿Quién le llora?
La señora.
Una buena mañana, al despuntar el invierno, un vasco que
cinco años atrás había salvado a Buenos Aires de los ingleses
fue fusilado en la Plaza delante de los escolares. Tal como decía
el programa, éstos lanzaron sus palomas al aire en el momento
debido, mientras el pueblo gritaba viva la libertad y las bandas
rompían a tocar una marcha. Acusado de contrarrevolucionario y
traidor, cosa que jamás pudieron probarle, Martín de Alzaga murió
escarnecido por el mismo populacho que había llegado a vivarlo
hasta perder el aliento. Ya no era más el Constructor de la Independencia
ni el Gran Padre de la Patria. Aquel jubilado de canas revueltas,
con catorce hijos a cargo, cayó vomitando sangre, seguramente
maldiciendo la hora en que se le ocurrió colocarse al frente de
los vecinos para echar a los ingleses. Su crimen fue urdido por
un delirante que vivía imaginando conspiraciones. Le inventaron
unos testigos y le prohibieron llevar abogado. Declaró a la madrugada
y para el mediodía ya estaba muerto.
Bueno, quién sabe si fue una conjura inventada. Otros dicen
que estaba metido hasta las cachas en el golpe que urdía la princesa
Carlota para ocupar el trono de Sudamérica. De cualquier modo,
lo fusilaron. No consiguieron que delatara a nadie. Antes de sentarse
frente al piquete, el ex alcalde español limpió su banquito con
el pañuelo. Había pedido que no le vendaran los ojos ni dispararan
sobre su rostro. Los tiradores cumplieron. Entonces volaron las
gorras y las palomas alzaron vuelo cubiertas de escarapelas. Los
chicos de los colegios estallaron en aplausos. El negro Bonifacio
Calixto Silva, verdugo suplente y conocido malandra, se dispuso
a colgar el cadáver para tenerlo a la vista del pueblo durante
cuatro horas adicionales. A la siesta, cuando ya no quedaba nadie,
llegó Pepe Martínez de Hoz con una escalera y se llevó a su íntimo
amigo para sepultarlo. Fue el único en la ciudad que se atrevió
a acercarse al finado.
Los colegiales en la placita se irían haciendo costumbre,
pues nadie resistía la tentación de llevarlos para meter un poco
de atmósfera en sus mítines políticos, fueran piedras fundamentales,
degollinas o golpes de Estado. Después del fusilamiento del español,
los alumnos de la Academia de Matemáticas descubrieron a su profesor
favorito sacando la lengua entre un nuevo lote de ejecutados.
Era Felipe de Sentenach, otro presunto conspirador, también célebre
durante las invasiones por haberse metido en la fortaleza disfrazado
de cura para poner una bomba en la santabárbara de los ingleses.
De nada le valió la protección de Belgrano, que tiempo atrás lo
había designado en la escuela.
De los políticos que sonaban entonces, Belgrano fue de los
pocos que procuraban darte una mano. Era un tipo bastante culto,
del grupito autorizado por el Papa y la Inquisición para leer
libros pornos y subversivos. Sin embargo, una vez en el poder,
este general parecía empeñado en quitarle al clero el manejo de
las escuelas, cosa que sorprendió a mucha gente pues nunca osaba
lanzarse al combate hasta que el último de sus soldados hubiera
rezado el rosario.
Cuando recién empezaba la guerra, mientras pasaba por Santa
Fe a la cabeza de los rebeldes, tuvo la mala ocurrencia de hacerse
una corrida al tugurio donde funcionaba la escuela. Nadie supo
explicarle por qué la clase era un páramo. Ese día todo el mundo
se había hecho la rata. Belgrano mandó llamar a los padres y les
dio una cepillada en público. Más adelante, en Jujuy, la siguió
con el asunto: resolvió que cada 25 de mayo el maestro tendría
un asiento de honor en el Cabildo y que sería tratado como un
Padre de la Patria. En fin, ninguno rugió de entusiasmo. Es que
nadie parecía tomárselo en serio. En realidad, no veían la hora
de sacárselo de encima. Miraban a los rebeldes con odio e indiferencia.
Rogaban que los españoles volvieran a tomar la manija. Para ellos,
Belgrano era un tipo despótico que siempre estaba inventando algo
raro. Por eso nunca se molestaron en hacer unas escuelitas que
había pagado de su bolsillo. De todas formas, cuando ya estaba
remuerto, un buen día empezaron a meterle su nombre a cuanta placita
se les cruzaba por el camino.
¿Qué más podría decirse? Lo llamaban "Cotorrita", por unos
adornos verdes que se ponía en el uniforme. Con los quilombos
que tenía encima, todavía se dio tiempo para bajar a doce guascazos
el máximo castigo posible. Eso siempre que te la dieran solas
y mediando faltas horribles. Bueno, aquí tampoco llegó a lucirse,
con eso del castigo en privado. Dejarte solo con un psicópata
era lo peor que podía pasarte. Ya podías verlo al tarado mordisqueando
la punta del látigo. "¿Así que nada más que doce azotes? Pero
qué bien." Ahora estaba estrictamente prohibido que te pusieran
en cuatro patas. Sólo te podían pegar de rodillas.
Pero ni aun estas cosas lo volvieron popular en la escuela.
Es que el ciclo escolar de Belgrano era una pesadilla. Doce meses
de clase por año con apenas cinco feriados, en doble turno y sin
vacaciones de ningún tipo. Sábados y domingos, actividades, pero
tenías libres los jueves desde las dos de la tarde. En cuanto
a su campaña contra el castigo, tampoco impresionó mucho al público.
Quien más, quien menos, todo el mundo pensaba que convenía apretar
a esos guachos. Había una rica bibliografía al respecto. Un cardenal
florentino recomendaba que te la dieran bajo cualquier circunstancia.
Si resultabas culpable, todo estaría perfecto; en caso contrario,
igual habría servido para que aprendieras a ejercitar la paciencia.
De cualquier forma, como decía un inglés, la escuela servía para
cualquier cosa menos para sacar caballeros.
Pero cada tanto llegaba alguno de buenos instintos. Después
de Belgrano fue el Indio. En Mendoza éste dio marchas y contramarchas,
pero al final limitó los castigos a encierros y detenciones. Aquí
las cosas habían llegado bastante lejos. El Ejército Libertador
se aprestaba a cruzar la cordillera. El clima de guerra reinante
obligó a poner prácticamente bajo bandera a los colegiales, que
pronto empezaron a recibir instrucción militar. Como suele suceder
en estos casos, hubo maestros que se pusieron el casco, a lo cual
se sumaron aquellos clérigos de armas llevar que nunca faltan
en la frontera. Para el propio Libertador, la brecha entre lo
escolar y lo castrense no debe haber sido muy ancha. Se trataba,
después de todo, del mismo general que había dispuesto los siguientes
castigos para su tropa:
En caso de reincidencia, perforación de la lengua con un clavo
al rojo vivo, seguido de la expulsión del ejército.
Por encubrir a un vago, tres años de cárcel.
Por revelar secretos al enemigo y todo eso, pena de horca en
dos horas.
Por meterte en la casa de algún civil, fusilamiento inmediato,
aunque no te llevaras nada.
Por protestar por cuestiones del servicio, fusilamiento en el
acto. (Si rezongabas, digamos, porque te tocó una camisa chica.
)
Por levantar la mano contra un superior, te cortaban el miembro
maldito.
Por interceder por un condenado a muerte, ibas al paredón.
La política de mano dura venía desde el principio. Eso podía
advertirlo cualquiera. Bastaba llegarse alguna mañana por el fuerte
de Buenos Aires. A las ocho estaba perfecto. Allí recibían instrucción
militar los reclutas insurrectos. El portón permanecía cerrado,
pero igual se podía ver todo. La tropa ya estaba en el patio cuando
llegaban los cabos. Los últimos en presentarse eran el capitán
y el mayor. Empezaban a redoblar los tambores. Frente a la tropa
formada, había unos tipos en bolas. Eran los castigados de turno.
En eso los cabos se les tiraban encima y llovían los chicotazos.
Los cabos debían poner entusiasmo. Si el mayor los encontraba
algo blandos los agarraba a fustazos hasta que recobraban el ritmo.
Los alaridos de los reclutas llegaban hasta el cabildo. Un recluta
podía recibir quinientos azotes, por faltas que no merecían ni
arresto. Si alguno gritaba más de la cuenta, la banda rompía a
tocar un cielito. No era difícil que alguno escupiera el alma
en el curso del castigo. El Mayor estaba a SUS anchas. Era el
dueño de la función pues el Coronel nunca bajaba, ni siquiera
para ver las ejecuciones. Nadie podía ignorar que las condenas
a muerte llevaban su firma, pero todo el mundo se la agarraba
con el Mayor.
Vistas desde la calle, estas tropas del fuerte hubieran pasado
tranquilamente por un batallón francés. Mostraban el mismo temple
ante la humillación y el castigo. Pero ¿podías pedirles que se
portaran como soldados de Napoleón? ¿Serían capaces de marchar
en orden bajo un fuego a discreción? ¿O harían como los pampas
y los cosacos, que al tercer cañonazo bien puesto salían a la
desbandada? Eran las dudas que poco tiempo más tarde carcomían
al Indio en Mendoza. Tenía esos interrogantes desde que estaba
frente al Ejército. Necesitaba una gran batalla para saberlo.
Por el momento, sus esfuerzos se concentraban en pasar la cordillera.
Debía lograr que su gente llegara viva a Santiago. Sabía por experiencia
que los ejércitos se pierden antes por mala logística que por
las balas del enemigo. Era un organizador obsesivo. Como Napoleón,
capaz de pasarse dos noches buscando el modo de hacer marchar
en silencio a un regimiento a caballo, el Indio ensayó hasta la
sopa que había inventado para sus hombres. Probó personalmente
los varillones de mimbre para golpear a los congelados. Reclutó
a los mejores peluqueros de Cuyo para que los sables cortaran
como navajas.
Eso de la cordillera estaba convirtiéndose en algo gordo.
Durante los próximos doscientos años ibas a repetir hasta quedarte
ronco las intimidades del cruce. Ningún maestro en sus cabales
hubiera ido contra la corriente. ¿Podrías imaginarte a la señorita
Chela mascullando de costado que llevar cañones a Chile era tan
simple como mandar pianolas a Chuquisaca? (algo que los arrieros
hacían todos los meses a lomo de mula, partiendo desde Cobija,
sin que anduvieran equiparándolos con Aníbal) . ¿O sugiriendo
que el Indio fue un oficial tan chato que en veinte años con los
españoles ni siquiera llegó a coronel?
La Chela se hubiera colgado del techo con una media antes
de proferir semejante blasfemia. Ya vos te agarraba sífilis cerebral
de sólo escuchar algo así. Sin embargo, esto era precisamente
lo que empezaba a decirse. Pero el autor de tales difamaciones
no era un libertario cualquiera dispuesto a volarte con medio
cartucho de dinamita sino el Padre de la Constitución Nacional,
cuyo panfleto fue publicado en París, como cuadraba a todo libro
maldito. Era una obrita en cuerina negra llamada Grandes y pequeños hijos del Plata, que los cabrones de Garnier Hermanos le publicaron a fin de siglo.
¿De qué genio me están hablando?, preguntaba el Padre (designado
en adelante sólo por sus iniciales). ¿Porque pasó unos cuantos
cañones a través de la montaña? Por favor, resoplaba Jota Be.
¡Si los españoles tenían domada la cordillera desde hacía trescientos
años! ¿Acaso Valdivia no la traspuso para lanzarse a la conquista
de Chile...?, preguntaba Jota Be. ¿Y Hurtado no hizo el cruce
al revés mientras marchaba hacia Cuyo? Para no hablar del célebre
fraile que partía de Mendoza en la madrugada del sábado y el domingo
ya estaba diciendo misa en Apoquindo. Bueno, Jota Be no mencionaba
esto, pero era vox pópuli en Cuyo. El cura salía el sábado de
Guaymallén, daba misa detrás de la cordillera y para el lunes
ya estaba de vuelta en Mendoza. ¿Cómo se las arreglaba para cubrir
setecientos kilómetros en apenas un par de días? Tenía un camino
secreto, probablemente aquel mismo túnel que utilizaba Chanchaca
para enloquecer a los españoles, mostrándose a cada lado de la
cordillera prácticamente en el mismo día.
Lo cierto es que mucha gente vivía de cruzar la cordillera
todo el tiempo. Cinco muchachos a pie resultaban suficientes para
mandar doscientas vacas a Chile, trayecto que podía llevarles
poco más de quince días. Pero el Ejército Libertador no era una
tropilla de vacas. Cualquier cañoncito pequeño que no pasara del
ocho andaba por los setecientos kilos. Debías envolverlo en vellones
de oveja y forrarlo en cuero de vaca por si rodaba peñas abajo.
Se precisaban legiones de zapadores para cruzarlos con aparejos
a través de los precipicios. Esto no era los Alpes ni los Pirineos,
que tenían sendas bien afirmadas por donde podían pasar trotando
hasta las elefantas de Bonaparte.
Al frente de los insurrectos iba un escuadrón de mineros
abriendo paso. Un cañón despeñado era un drama, sobre todo para
el cura a cargo. Este solía fundir los cañones con las campanas
que él mismo bajaba de las iglesias, las cuales iban a parar al
horno junto con otro millar de cadenas, ollas, candelabros, escupideras
de hierro y hasta las rejas de las ventanas. Era el cura Bertrand.
Cada cañón desaparecido le daba una cosa en el pecho, pues entonces
nadie se atropellaba para ponerse en la fila de Donaciones ni
las damas andaban arrancándose los collares para financiar la
campaña. Las contribuciones venían despacio. Mejor que no anduvieras
diciendo estas cosas, pero todo lo que entregaron las damas alcanzaba
a gatas para comprar tres caballos, incluso contando los aros
de la señora del Indio, que figuraban entre las pocas piezas auténticas.
El Indio no podía creerlo. Sacando la chafalonería inservible,
quedaban siete alhajitas como la gente. Un par de aros con dieciocho
topacios. Dos pendientes de crisolita. Un anillo por el estilo.
Un juego de zarcillos y rosicler con más de doscientos topacios.
Unos pendientes de piedras preciosas. Un collar de perlas. Un
par de manillas de perlas finas.
El resto se fundió en bloque. No parecía gran cosa, pero
ellas llegaron en caravana para ponerlas en manos del Indio. El
ocultó su desilusión y recibió las contribuciones como si fuera
el rescate del Inca, mientras pensaba a diez mil en un modo expeditivo
de hacerles escupir el resto. Mientras las joyas iban a Buenos
Aires decretó que el lujo debía ser visto como traición a la patria,
pero apenas consiguió seis zapallos que le hizo llegar una vieja.
El Indio mandó un oficio al cabildo solicitando su lista completa
de bienes. Resulta que doña Manuela Sáenz tenía una chacra padrísima
y varias tropas de carros. El Indio sacó la cuenta y le metió
una multa que representaba la mitad de su patrimonio. Entonces
llovieron las donaciones.
Los seis zapallos de doña Manuela terminaron en la basura,
luego de ser destinados a ciertos experimentos que no arrojaron
gran resultado. El Indio seguía probando con la comida. Eso lo
tenía muy loco. De noche se despertaba pensando qué iría a pasar
en la cordillera. Los cálculos de abastecimiento no le cerraban.
Al Indio le gustaba marchar ligero. En eso los ingleses eran campeones.
Había visto volar a la infantería con las mochilas repletas de
biscocho fermentado y queso Cheshire para una semana. Era un antiguo
truco de Cromwell. Pero el Indio se quedaba mil veces con la galleta
y las tabletas de caldo. Unos veinte años atrás, un francés de
Buenos Aires se había ganado la vida fabricando caldo instantáneo.
Se llamaba "Sopa Liniers". Era un proceso muy simple, así que
trabajaba en su casa. Pero un día lo designaron virrey y el caldo
desapareció del mercado. Sin embargo la sopa del Indio era muy
superior a los caldos del francés, pues además de charqui molido
con grasa llevaba cebollas, ají quitucho y una pizca de comino.
¿Le metemos un poco de ajo?, preguntó el padre Bertrand. De ningún
modo: el ajo iba directamente a las bolsas de los arrieros, que
cada tanto, en medio de la nevisca, desmontarían para frotar unos
dientes en las fauces de las mulas apunadas. Se iba a precisar
mucho ajo, porque llevaban nueve mil mulas. Con tantos preparativos,
el Indio ya no pegaba los ojos. ¿Estaría olvidando algo? ¿Tenían
suficiente pasto? ¿No quedarían cortos de leña? En toda la cordillera
no había una puta hierba. Por si algo salía mal y algún caballero
se mostraba remiso para el avance, organizó finalmente un cuerpo
de fusileros que iría en la retaguardia. Al que retrocediera en
combate, tres tiros. Estaban todos notificados.