EDUARDO BELGRANO RAWSON

 

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Sólo habían pasado quince años de la función del Callíope, pero el Restaurador apenas guardaba un recuerdo vago de Captain Steve, aquella obra en tres actos donde el guardiamarina Macleish hacía de novia y el teniente Fletcher de posadera tetona. Ahora era un simple vecino de Burgess Street. A todo el mundo se le pelaba la lengua hablando del nuevo farmer llegado de América, aunque éste ya contaba con el suficiente vocabulario como para cruzar algunas palabras con las comadres del barrio. Para eso había estudiado inglés en el viaje. Como le había dicho a Manuela, si Catón se atrevió con el griego al cabo de los ochenta, él no veía problemas en meterse con el inglés. Cada mañana en el Conflict se había sentado con su hija a descifrar una vic ja gramática sobre la mesa de la cabina. Manuelita no era ninguna lumbrera, pero el Restaurador, aunque sólo llegó a cuarto grado, pasaba por ser un lingüista nato que había sido capaz de escribir un diccionario español-araucano de setecientas carillas a lo largo de muchos años.
     En Londres siguió tomando lecciones particulares, de modo que pronto se defendía bastante. Nada que ver, por lo tanto, con el supuesto gaucho ermitaño que sólo abría su casa a las putas de Southampton y las hacía desnudarse por senas. Sin embargo, jamás alcanzó el nivel suficiente como para mandar una carta al Times denunciando a los argentinos que llegaban con la misión de matarlo, ni para redondear algunas cuartillas con la historia del incendiario demente que redujo a cenizas su tambo con treinta y cinco lecheras adentro. A veces soñaba con ver sus memorias en una vidriera de Covent Carden, publicadas por alguna casa de Londres. Como buen porteño en Europa tampoco retaceaba su envidia por el Imperio. Ni siquiera lo había hecho en Buenos Aires, cuando festejaba con sus ministros el cumpleaños de la reina Victoria o los obligaba a guardar medio luto por el fallecimiento del duque de Gloucester. Y los chismes que remitía a la Pepa sobre la educación de los pobres reflejaban bien las ideas que circulaban en Inglaterra mucho antes de su llegada.
     En 1806, para ser precisos. El año que arribaron los barcos con el tesoro de Sudamérica. Una mañana de otoño, mientras una caravana de carros desfilaba por Parliament Street con el botín de oro fresco, los diputados cruzaban insultos en el recinto. El motivo era la creación de una escuela. Desde afuera llegaban los vítores de la multitud congregada para celebrar la irrupción del tesoro. Ocho carros con cuarenta caballos lo llevaban hasta el Banco de Inglaterra. Varios millones de dólares en efectivo y lingotes. Sobre los carros flameaban los gallardetes pintados con apelaciones bravías: Popham! Beresford! Buenos Ayres! Victory! Dos batallones de marineros cerraban la comitiva. Era la dotación del Narcissus, encargado del transporte. Los tripulantes del barco hacían ondear en sus manos las banderas capturadas. Pero nada calentó tanto a la chusma como la palabra Treasure! estampada en cada carro. Una vez arregladas sus diferencias por el reparto (cuyos detalles más sórdidos podían seguirse en el Times), el almirante Popham y el general Beresford habían remitido a la patria los modestos tesoros del Plata. Cuando el tesoro dobló la esquina y se aquietó el populacho, los diputados retornaron a sus bancas muy animados y procedieron a rechazar el proyecto que los venía ocupando. ¿Una escuela más? Casi nadie votó por la afirmativa. El discurso del miembro informante persuadió a todo el mundo. Pocas cosas resultaban más perniciosas para la felicidad de los pobres que dejarlos ir al colegio, donde sólo aprendían a despreciar su lugar en la vida y a convertirse en resentidos sociales. Durante los siguientes treinta años, entonces, la educación del pueblo británico seguiría librada a las leyes del mercado, tal como sucedió en Buenos Aires durante los días del Restaurador.

 

El demonio de Southampton falleció de pulmonía una mañana de marzo. En la Argentina recién comenzaban las clases. Es posible que un viento helado haya corrido por los pupitres donde aún residía su inolvidable fantasma. Manuelita estaba junto a su padre. Ya no era la princesa de Buenos Aires. Quedaba poco de aquella morocha cautivadora que los ministros del Restaurador arrastraban en su carroza luego de desatar los caballos. Ahora era una gorda feliz. Estaba casada con su viejo amor, cosa que jamás hubiera logrado en su patria. Rosas lo consideró una traición y la expulsó de su casa. Pero el tiempo había limado todo eso, aunque el Restaurador nunca pudo tragar a sus dos nietos ingleses. Ahora ella había venido de Hampstead para despedir a su padre. Manuelita lo agarró de las manos. "¿Cómo anda, tatita?", le preguntó. "No sé, niña", musitó el anciano. Fue lo último que dijo.
     Un maestro de Entre Ríos recordó por esos días que le había tocado ir a la escuela en tiempos de la Mazorca. Se llamaba Onésimo Leguizamón. Jamás olvidaría la escena que debió presenciar una vez. Dos pequeños condiscípulos fueron ajusticiados en la plazoleta del pueblo, acusados de matar a un compañero. El comisario había dispuesto que todos los chicos del grado asistirían a la ejecución. Onésimo se acordaba muy bien del sofocón del maestro para hacerlos llegar a horario y para que mantuvieran la fila cuando empezara el fusilamiento.

    ¿De quién son estas mulas?
    De don Juan de la Cueva.
    ¿Qué comen?
    Pasto verde.
    ¿Qué beben?
    Sangre de gente.
    ¿Con qué las atan?
    Con cintas negras.

La muerte iba a la escuela, te acompañaba de vuelta a tu casa. A veces, por el camino, te aguardaba el consabido cadáver. Los chicos lo presentían de lejos y se iban quedando callados. Los cadáveres frescos aún emanaban ese aroma dulzón que suele preceder a la muerte. Podía tratarse del cuerpo entero o simplemente de la cabeza. A veces bastaba con una mano clavada en un poste, excepcionalmente una lengua si se trataba de algún conocido difamador. Todo estaba bien exhibido. La eficacia del castigo radicaba en su fina presentación.

    ¿Quién ha muerto?
    Juan el Tuerto.
    ¿Quién le canta?
    La garganta.
    ¿Quién le chilla?
    La chiquilla.
    ¿Quién le llora?
    La señora.

Los chicos jugaban al Degollado y al Fusilado, al Date Preso y al Azotado. Al final terminaban peleándose por el papel de verdugo. Jugaban también al sepelio y a ninguno le disgustaba que lo eligieran de muerto. Pero el papel de verdugo era el único que se dirimía a trompadas. Como la insignia del gremio era una pequeña escalera para llevar cosida en la capa, el vencedor se la pintaba en la frente con un corchito quemado.

 

Claro que el salvajismo en la escuela no fue invento rosista. Los cordobeses tuvieron un pedagogo famoso que en vez de mandarte al rincón te crucificaba en un gallinero y te dejaba colgado toda la tarde a cargo de tres mastines. Los maestros se tomaban a pecho la disciplina. Entre las listas de material didáctico que pedían al Ministerio era común encontrar algún cepo, como lo prueba la nota elevada por un docente jujeño que con toda nobleza ofrecía hacerse cargo del gasto. Otro tipo de Río Cuarto hacía su entrada en el aula repartiendo bofetadas a manera de saludo y seguramente una que otra patada en el culo. Y el tirón de orejas acostumbrado no era un regaño cordial. Los castigos corporales estaban técnicamente prohibidos, pero seguías volviendo a tu casa con las orejas al rojo vivo. Dejando de lado al Restaurador, que sobre esto nunca hizo declaraciones hipócritas, a cualquier ministro le convenía simular un furioso interés por la escuela. Esto venía desde los tiempos de los colonos. Ya en días de la Virreina Vieja (Juana del Pino, la futura suegra de Bernardino González, Rivadavia para los amigos) se anunciaba por el diario que el vástago más avispado de algún vecino influyente daría sus lecciones en público, cita a la cual concurrían desde los cabildantes hasta las tías del monstruo. En cuanto a los primeros gobiernos criollos, necesitados de pintarle al pueblo un futuro menos oscuro de lo que en realidad se venía, propiciaron las fiestas cívicomilitares en todas sus ceremonias. Y para ello, nada mejor que una escuelita bien apostada.
     Una buena mañana, al despuntar el invierno, un vasco que cinco años atrás había salvado a Buenos Aires de los ingleses fue fusilado en la Plaza delante de los escolares. Tal como decía el programa, éstos lanzaron sus palomas al aire en el momento debido, mientras el pueblo gritaba viva la libertad y las bandas rompían a tocar una marcha. Acusado de contrarrevolucionario y traidor, cosa que jamás pudieron probarle, Martín de Alzaga murió escarnecido por el mismo populacho que había llegado a vivarlo hasta perder el aliento. Ya no era más el Constructor de la Independencia ni el Gran Padre de la Patria. Aquel jubilado de canas revueltas, con catorce hijos a cargo, cayó vomitando sangre, seguramente maldiciendo la hora en que se le ocurrió colocarse al frente de los vecinos para echar a los ingleses. Su crimen fue urdido por un delirante que vivía imaginando conspiraciones. Le inventaron unos testigos y le prohibieron llevar abogado. Declaró a la madrugada y para el mediodía ya estaba muerto.
     Bueno, quién sabe si fue una conjura inventada. Otros dicen que estaba metido hasta las cachas en el golpe que urdía la princesa Carlota para ocupar el trono de Sudamérica. De cualquier modo, lo fusilaron. No consiguieron que delatara a nadie. Antes de sentarse frente al piquete, el ex alcalde español limpió su banquito con el pañuelo. Había pedido que no le vendaran los ojos ni dispararan sobre su rostro. Los tiradores cumplieron. Entonces volaron las gorras y las palomas alzaron vuelo cubiertas de escarapelas. Los chicos de los colegios estallaron en aplausos. El negro Bonifacio Calixto Silva, verdugo suplente y conocido malandra, se dispuso a colgar el cadáver para tenerlo a la vista del pueblo durante cuatro horas adicionales. A la siesta, cuando ya no quedaba nadie, llegó Pepe Martínez de Hoz con una escalera y se llevó a su íntimo amigo para sepultarlo. Fue el único en la ciudad que se atrevió a acercarse al finado.
     Los colegiales en la placita se irían haciendo costumbre, pues nadie resistía la tentación de llevarlos para meter un poco de atmósfera en sus mítines políticos, fueran piedras fundamentales, degollinas o golpes de Estado. Después del fusilamiento del español, los alumnos de la Academia de Matemáticas descubrieron a su profesor favorito sacando la lengua entre un nuevo lote de ejecutados. Era Felipe de Sentenach, otro presunto conspirador, también célebre durante las invasiones por haberse metido en la fortaleza disfrazado de cura para poner una bomba en la santabárbara de los ingleses. De nada le valió la protección de Belgrano, que tiempo atrás lo había designado en la escuela.
     De los políticos que sonaban entonces, Belgrano fue de los pocos que procuraban darte una mano. Era un tipo bastante culto, del grupito autorizado por el Papa y la Inquisición para leer libros pornos y subversivos. Sin embargo, una vez en el poder, este general parecía empeñado en quitarle al clero el manejo de las escuelas, cosa que sorprendió a mucha gente pues nunca osaba lanzarse al combate hasta que el último de sus soldados hubiera rezado el rosario.
     Cuando recién empezaba la guerra, mientras pasaba por Santa Fe a la cabeza de los rebeldes, tuvo la mala ocurrencia de hacerse una corrida al tugurio donde funcionaba la escuela. Nadie supo explicarle por qué la clase era un páramo. Ese día todo el mundo se había hecho la rata. Belgrano mandó llamar a los padres y les dio una cepillada en público. Más adelante, en Jujuy, la siguió con el asunto: resolvió que cada 25 de mayo el maestro tendría un asiento de honor en el Cabildo y que sería tratado como un Padre de la Patria. En fin, ninguno rugió de entusiasmo. Es que nadie parecía tomárselo en serio. En realidad, no veían la hora de sacárselo de encima. Miraban a los rebeldes con odio e indiferencia. Rogaban que los españoles volvieran a tomar la manija. Para ellos, Belgrano era un tipo despótico que siempre estaba inventando algo raro. Por eso nunca se molestaron en hacer unas escuelitas que había pagado de su bolsillo. De todas formas, cuando ya estaba remuerto, un buen día empezaron a meterle su nombre a cuanta placita se les cruzaba por el camino.
     ¿Qué más podría decirse? Lo llamaban "Cotorrita", por unos adornos verdes que se ponía en el uniforme. Con los quilombos que tenía encima, todavía se dio tiempo para bajar a doce guascazos el máximo castigo posible. Eso siempre que te la dieran solas y mediando faltas horribles. Bueno, aquí tampoco llegó a lucirse, con eso del castigo en privado. Dejarte solo con un psicópata era lo peor que podía pasarte. Ya podías verlo al tarado mordisqueando la punta del látigo. "¿Así que nada más que doce azotes? Pero qué bien." Ahora estaba estrictamente prohibido que te pusieran en cuatro patas. Sólo te podían pegar de rodillas.
     Pero ni aun estas cosas lo volvieron popular en la escuela. Es que el ciclo escolar de Belgrano era una pesadilla. Doce meses de clase por año con apenas cinco feriados, en doble turno y sin vacaciones de ningún tipo. Sábados y domingos, actividades, pero tenías libres los jueves desde las dos de la tarde. En cuanto a su campaña contra el castigo, tampoco impresionó mucho al público. Quien más, quien menos, todo el mundo pensaba que convenía apretar a esos guachos. Había una rica bibliografía al respecto. Un cardenal florentino recomendaba que te la dieran bajo cualquier circunstancia. Si resultabas culpable, todo estaría perfecto; en caso contrario, igual habría servido para que aprendieras a ejercitar la paciencia. De cualquier forma, como decía un inglés, la escuela servía para cualquier cosa menos para sacar caballeros.
     Pero cada tanto llegaba alguno de buenos instintos. Después de Belgrano fue el Indio. En Mendoza éste dio marchas y contramarchas, pero al final limitó los castigos a encierros y detenciones. Aquí las cosas habían llegado bastante lejos. El Ejército Libertador se aprestaba a cruzar la cordillera. El clima de guerra reinante obligó a poner prácticamente bajo bandera a los colegiales, que pronto empezaron a recibir instrucción militar. Como suele suceder en estos casos, hubo maestros que se pusieron el casco, a lo cual se sumaron aquellos clérigos de armas llevar que nunca faltan en la frontera. Para el propio Libertador, la brecha entre lo escolar y lo castrense no debe haber sido muy ancha. Se trataba, después de todo, del mismo general que había dispuesto los siguientes castigos para su tropa:

• Por insultar a Dios o a la Virgen, cuatro horas diarias de mordaza durante ocho días seguidos, con el reo bien atadito a un poste.
• En caso de reincidencia, perforación de la lengua con un clavo al rojo vivo, seguido de la expulsión del ejército.
• Por encubrir a un vago, tres años de cárcel.
• Por revelar secretos al enemigo y todo eso, pena de horca en dos horas.
• Por meterte en la casa de algún civil, fusilamiento inmediato, aunque no te llevaras nada.
• Por protestar por cuestiones del servicio, fusilamiento en el acto. (Si rezongabas, digamos, porque te tocó una camisa chica. )
• Por levantar la mano contra un superior, te cortaban el miembro maldito.
• Por interceder por un condenado a muerte, ibas al paredón.

Etcétera. Eran cuarenta artículos por el estilo, que nunca se aplicaban a rajatabla. En el Ejército de los Andes era mejor tomarse las cosas con calma. Las normas que reprimían el duelo fusilaban hasta a los padrinos, pero si mirabas para otro lado frente a un desafío, ya podías darte por despedido del cuerpo. El duelo figuraba al tope de los delitos que provocaban la baja de un oficial, no tanto como agachar la cabeza en batalla pero mucho más que mostrarse por la calle con alguna putarraca. Sin embargo, jamás ejecutaron a nadie por haberse batido a duelo. En cambio dos soldaditos de Cancharrayada que se apartaron de su columna para robarse unos pollos, fueron obligados a arrodillarse en la huella mientras llamaban al capellán. La orden era que nadie podía alejarse tres metros de los flanqueadores. Debe entenderse que aquella columna eran los restos de un ejército en desbandada que venía del pavor de la noche. El alto duró tres minutos. Estaba aún muy oscuro. Eran las nueve de la mañana, pero había niebla cerrada. ¿Por qué se habían salido? Pues porque estaban famélicos. Los pollos levantados al paso aún pendían de las monturas. Ni siquiera estaban pelados. El capellán cumplió su trabajo lo más rápidamente que pudo. Enseguida los fusilaron y la columna pasó a tambor redoblado por encima de sus cadáveres.
     La política de mano dura venía desde el principio. Eso podía advertirlo cualquiera. Bastaba llegarse alguna mañana por el fuerte de Buenos Aires. A las ocho estaba perfecto. Allí recibían instrucción militar los reclutas insurrectos. El portón permanecía cerrado, pero igual se podía ver todo. La tropa ya estaba en el patio cuando llegaban los cabos. Los últimos en presentarse eran el capitán y el mayor. Empezaban a redoblar los tambores. Frente a la tropa formada, había unos tipos en bolas. Eran los castigados de turno. En eso los cabos se les tiraban encima y llovían los chicotazos. Los cabos debían poner entusiasmo. Si el mayor los encontraba algo blandos los agarraba a fustazos hasta que recobraban el ritmo. Los alaridos de los reclutas llegaban hasta el cabildo. Un recluta podía recibir quinientos azotes, por faltas que no merecían ni arresto. Si alguno gritaba más de la cuenta, la banda rompía a tocar un cielito. No era difícil que alguno escupiera el alma en el curso del castigo. El Mayor estaba a SUS anchas. Era el dueño de la función pues el Coronel nunca bajaba, ni siquiera para ver las ejecuciones. Nadie podía ignorar que las condenas a muerte llevaban su firma, pero todo el mundo se la agarraba con el Mayor.
     Vistas desde la calle, estas tropas del fuerte hubieran pasado tranquilamente por un batallón francés. Mostraban el mismo temple ante la humillación y el castigo. Pero ¿podías pedirles que se portaran como soldados de Napoleón? ¿Serían capaces de marchar en orden bajo un fuego a discreción? ¿O harían como los pampas y los cosacos, que al tercer cañonazo bien puesto salían a la desbandada? Eran las dudas que poco tiempo más tarde carcomían al Indio en Mendoza. Tenía esos interrogantes desde que estaba frente al Ejército. Necesitaba una gran batalla para saberlo. Por el momento, sus esfuerzos se concentraban en pasar la cordillera. Debía lograr que su gente llegara viva a Santiago. Sabía por experiencia que los ejércitos se pierden antes por mala logística que por las balas del enemigo. Era un organizador obsesivo. Como Napoleón, capaz de pasarse dos noches buscando el modo de hacer marchar en silencio a un regimiento a caballo, el Indio ensayó hasta la sopa que había inventado para sus hombres. Probó personalmente los varillones de mimbre para golpear a los congelados. Reclutó a los mejores peluqueros de Cuyo para que los sables cortaran como navajas.
     Eso de la cordillera estaba convirtiéndose en algo gordo. Durante los próximos doscientos años ibas a repetir hasta quedarte ronco las intimidades del cruce. Ningún maestro en sus cabales hubiera ido contra la corriente. ¿Podrías imaginarte a la señorita Chela mascullando de costado que llevar cañones a Chile era tan simple como mandar pianolas a Chuquisaca? (algo que los arrieros hacían todos los meses a lomo de mula, partiendo desde Cobija, sin que anduvieran equiparándolos con Aníbal) . ¿O sugiriendo que el Indio fue un oficial tan chato que en veinte años con los españoles ni siquiera llegó a coronel?
     La Chela se hubiera colgado del techo con una media antes de proferir semejante blasfemia. Ya vos te agarraba sífilis cerebral de sólo escuchar algo así. Sin embargo, esto era precisamente lo que empezaba a decirse. Pero el autor de tales difamaciones no era un libertario cualquiera dispuesto a volarte con medio cartucho de dinamita sino el Padre de la Constitución Nacional, cuyo panfleto fue publicado en París, como cuadraba a todo libro maldito. Era una obrita en cuerina negra llamada Grandes y pequeños hijos del Plata, que los cabrones de Garnier Hermanos le publicaron a fin de siglo.
     ¿De qué genio me están hablando?, preguntaba el Padre (designado en adelante sólo por sus iniciales). ¿Porque pasó unos cuantos cañones a través de la montaña? Por favor, resoplaba Jota Be. ¡Si los españoles tenían domada la cordillera desde hacía trescientos años! ¿Acaso Valdivia no la traspuso para lanzarse a la conquista de Chile...?, preguntaba Jota Be. ¿Y Hurtado no hizo el cruce al revés mientras marchaba hacia Cuyo? Para no hablar del célebre fraile que partía de Mendoza en la madrugada del sábado y el domingo ya estaba diciendo misa en Apoquindo. Bueno, Jota Be no mencionaba esto, pero era vox pópuli en Cuyo. El cura salía el sábado de Guaymallén, daba misa detrás de la cordillera y para el lunes ya estaba de vuelta en Mendoza. ¿Cómo se las arreglaba para cubrir setecientos kilómetros en apenas un par de días? Tenía un camino secreto, probablemente aquel mismo túnel que utilizaba Chanchaca para enloquecer a los españoles, mostrándose a cada lado de la cordillera prácticamente en el mismo día.
     Lo cierto es que mucha gente vivía de cruzar la cordillera todo el tiempo. Cinco muchachos a pie resultaban suficientes para mandar doscientas vacas a Chile, trayecto que podía llevarles poco más de quince días. Pero el Ejército Libertador no era una tropilla de vacas. Cualquier cañoncito pequeño que no pasara del ocho andaba por los setecientos kilos. Debías envolverlo en vellones de oveja y forrarlo en cuero de vaca por si rodaba peñas abajo. Se precisaban legiones de zapadores para cruzarlos con aparejos a través de los precipicios. Esto no era los Alpes ni los Pirineos, que tenían sendas bien afirmadas por donde podían pasar trotando hasta las elefantas de Bonaparte.
     Al frente de los insurrectos iba un escuadrón de mineros abriendo paso. Un cañón despeñado era un drama, sobre todo para el cura a cargo. Este solía fundir los cañones con las campanas que él mismo bajaba de las iglesias, las cuales iban a parar al horno junto con otro millar de cadenas, ollas, candelabros, escupideras de hierro y hasta las rejas de las ventanas. Era el cura Bertrand. Cada cañón desaparecido le daba una cosa en el pecho, pues entonces nadie se atropellaba para ponerse en la fila de Donaciones ni las damas andaban arrancándose los collares para financiar la campaña. Las contribuciones venían despacio. Mejor que no anduvieras diciendo estas cosas, pero todo lo que entregaron las damas alcanzaba a gatas para comprar tres caballos, incluso contando los aros de la señora del Indio, que figuraban entre las pocas piezas auténticas. El Indio no podía creerlo. Sacando la chafalonería inservible, quedaban siete alhajitas como la gente. Un par de aros con dieciocho topacios. Dos pendientes de crisolita. Un anillo por el estilo. Un juego de zarcillos y rosicler con más de doscientos topacios. Unos pendientes de piedras preciosas. Un collar de perlas. Un par de manillas de perlas finas.
     El resto se fundió en bloque. No parecía gran cosa, pero ellas llegaron en caravana para ponerlas en manos del Indio. El ocultó su desilusión y recibió las contribuciones como si fuera el rescate del Inca, mientras pensaba a diez mil en un modo expeditivo de hacerles escupir el resto. Mientras las joyas iban a Buenos Aires decretó que el lujo debía ser visto como traición a la patria, pero apenas consiguió seis zapallos que le hizo llegar una vieja. El Indio mandó un oficio al cabildo solicitando su lista completa de bienes. Resulta que doña Manuela Sáenz tenía una chacra padrísima y varias tropas de carros. El Indio sacó la cuenta y le metió una multa que representaba la mitad de su patrimonio. Entonces llovieron las donaciones.
     Los seis zapallos de doña Manuela terminaron en la basura, luego de ser destinados a ciertos experimentos que no arrojaron gran resultado. El Indio seguía probando con la comida. Eso lo tenía muy loco. De noche se despertaba pensando qué iría a pasar en la cordillera. Los cálculos de abastecimiento no le cerraban. Al Indio le gustaba marchar ligero. En eso los ingleses eran campeones. Había visto volar a la infantería con las mochilas repletas de biscocho fermentado y queso Cheshire para una semana. Era un antiguo truco de Cromwell. Pero el Indio se quedaba mil veces con la galleta y las tabletas de caldo. Unos veinte años atrás, un francés de Buenos Aires se había ganado la vida fabricando caldo instantáneo. Se llamaba "Sopa Liniers". Era un proceso muy simple, así que trabajaba en su casa. Pero un día lo designaron virrey y el caldo desapareció del mercado. Sin embargo la sopa del Indio era muy superior a los caldos del francés, pues además de charqui molido con grasa llevaba cebollas, ají quitucho y una pizca de comino. ¿Le metemos un poco de ajo?, preguntó el padre Bertrand. De ningún modo: el ajo iba directamente a las bolsas de los arrieros, que cada tanto, en medio de la nevisca, desmontarían para frotar unos dientes en las fauces de las mulas apunadas. Se iba a precisar mucho ajo, porque llevaban nueve mil mulas. Con tantos preparativos, el Indio ya no pegaba los ojos. ¿Estaría olvidando algo? ¿Tenían suficiente pasto? ¿No quedarían cortos de leña? En toda la cordillera no había una puta hierba. Por si algo salía mal y algún caballero se mostraba remiso para el avance, organizó finalmente un cuerpo de fusileros que iría en la retaguardia. Al que retrocediera en combate, tres tiros. Estaban todos notificados.

[...]

 

"Noticias secretas de América", publicado por Planeta, 1998. © 1998 B.Rawson. ©1998 Planeta

 

BELGRANO RAWSON
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