EDUARDO BELGRANO RAWSON

 

NOTICIAS SECRETAS DE AMÉRICA

 

   El mapa estaba en la cancha de fútbol. Era el más grande del mundo. Noventa metros, decían. Entrando por la costanera, dabas pronto con Tierra del Fuego. El otro lado del mapa, o sea la Quebrada de Humahuaca, llegaba hasta las inmediaciones del arco, pero el territorio se desplegaba todavía más allá, tal vez hasta Chuquisaca, puede que hasta Rincón de los Muertos, tal vez hasta Lima, quién sabe. Esta era una zona difusa, apenas marcada en la cancha con algunos arroyos de compromiso. Lo mejor estaba en el Sur, con sus cordilleras nevadas y los lagos azul profundo. A las maestras podías verlas sobre el Atlántico, de Samborombón para abajo, lo más lejos posible del Chancho. Es decir, cuando les tocaba poner en escena sus estampas patrióticas. Ahora estaban ahí desde las nueve de la mañana, esperando la llegada del Ministro. Una niebla inoportuna se había posado en la pampa, junto con la humareda proveniente de la quema. Cuando todo el mundo ocupaba su sitio, a Atahuallpa le vinieron ganas de mear, lo cual desató un revuelo. Hubiera sido horroroso que justo cayera el Ministro.
     El Chancho controlaba todo cerca de Cabo Polonio. Salvo el olor a basura quemada, no molestaba mucho aquel efecto brumoso. Disimulaba ciertas imperfecciones. A dos o tres mamarrachos les daba un toque fantasmagórico. A Namuncurá, por ejemplo, lo había arreglado la hermana. Bueno, más bien parecía un travesti. Mientras tanto, el Chancho barría la escena con su perfil de aguilucho. De pronto captó una brocha olvidada en las Cataratas, ante lo cual cruzó el Uruguay en dos saltos y procedió a retirarla. Siguió un intervalo tranquilo, con algunas desgracias menores (a Beresford se le salían las botas, a Pizarro se ]e venía el yelmo sobre la cara). Estaba programado que el Ministro haría su ingreso por Humahuaca. Unos gauchos de Güemes le saldrían al encuentro. En eso la Chela advirtió que Gonzalo de Abreu estaba mal ubicado. "Corrélo para Tucumán. ¿No ves que está en Catamarca?", le gritó a la de tercero. Los vecinos miraban desde la calle. La escuela era el orgullo del barrio. Pero se estaba arruinando el tiempo. Un aire frío disipaba la bruma. Casi podía leerse el cartel que atravesaba la entrada. "Bienvenido Señor Ministro." La vieja de Castellano apareció con un termo. Era chocolate caliente. "No te volqués encima", te dijo. No la pasabas tan mal bajo tu poncho de mazorquero. En cambio los indios diaguitas estaban medio morados. "Que se jodan por boludos", murmuró el almirante Brown. "Ellos mismos se la buscaron." Ahora el cartel de la puerta podía leerse completo: "Instituto Moderno de Buenos Aires. 1925".

***

En el colegio ya no te patrioteaban como antes. Para empezar, no tenías obligación de pararte cada vez que oías decir San Martín. Cantabas un himno más light, como regía desde principios de siglo. Lo habían lijado un poco. ¿Qué otra cosa podían hacer? Necesitaban cortarla con los insultos, como explicó en su momento un operador del Ministro. "Tigres sedientos de sangre" y todo eso. Culpa del himno el embajador no pisaba la presidencia, sobre todo los 9 de julio. A decir verdad, tampoco mostraban mucho aspecto de tigres los vascos y los gallegos que desembarcaban todos los días frente al Hotel de Inmigrantes, pero ésta era otra cuestión. Resultaba inútil decirle al embajador que lo de "vil invasor" no corría para los españoles hermanos. La letra se refería más bien a los americanos traidores. Había dos, en principio, que bien podían ser los del himno, unos arequipeños que terminaron a la cabeza del ejército español. Pero el embajador no cejaba. Preguntaba esto y aquello. ¿"A sus plantas rendido un león"? ¿Y eso qué coño significaba? ¿Quién se rindió? ¿De dónde sacaban tantas mentiras? España jamás se rindió. Ese era el fondo de la cuestión.
     Por eso la presidencia estaba tan apurada. Era urgente aflojar con el himno. ¿Hasta cuándo los argentinos seguirían haciendo el papel de pendejos? ¿Acaso los españoles no estaban poniendo en el diccionario los americanismos y eso? Pero el plan de meter mano en el himno desató un escándalo en el Congreso. Al final el Presidente firmó un decreto que suprimía las partes duras. Con dos cuartetas ya estaba bueno, dijo el Zorro del Desierto. En adelante deberías conformarte con eso. ¿A qué remover las heridas? El gesto fue celebrado con un banquete. Al cabo de tanta ausencia, los españoles podían volver a la Casa Rosada a brindar por la libertad.
     Eso les pasa de puro jodidos, rezongó el embajador en privado, algo que, a su juicio, les venía a los argentinos desde la época en que odiaban a los españoles como a nadie en el mundo y les daban el mote de sarracenos. En pocas partes de América ese sentimiento fue tan intenso. Los paraguayos, por dar un caso, se mostraron mucho más fríos. Recién a veinte años de terminada la guerra se les había ocurrido buscar un poeta en Montevideo que pudiera escribirles el himno. Contrataron a Pancho Acuña de Figueroa, un traductor de La Marsellesa que venía de hacer el himno uruguayo. Desde su Oda al Silfo de Montevideo, Acuña era el poeta de moda. Pero en el Paraguay cayó mal que ni siquiera se tomara el trabajo de conocer el país. Todavía faltaba la música, pero aquella gente llena de sentido común no quería perder un minuto para el estreno. Ya que compartían el mismo poeta decidieron cantarlo con la música del himno uruguayo, aunque otras veces usaban el himno argentino que también le iba como anillo al dedo. Finalmente los paraguayos tuvieron SU propia canción de la patria con el auxilio de Francois Sauvageod de Dupuis, un francés contratado por Asunción para organizar sus bandas de música. Del trabajo de Sauvageod no pudo salvarse ni una corchea, pues todo fue reducido a cenizas cuando los brasileños quemaron la capital. Eso fue al acabar la guerra de la Triple Alianza. Allí se perdieron los últimos papeles que le quedaban al Paraguay. Para entonces, a decir verdad, apenas veías carpetas en los archivos, ya que todo el papelerío sobrante terminaba en manos del Cabichuí. Este era el diario que aparecía en el frente. Funcionaba en una carreta y el gobierno le remitía hasta las leyes escritas de un solo lado. Lo malo fue que tampoco llegaron a publicar la letra. Cien veces habían estado a punto de hacerlo, pero siempre surgía otra urgencia. Así que luego de la derrota el himno cayó en el olvido. Un día se descubrió que en veinte años nadie había vuelto a cantarlo. Cuando por fin entendieron que la letra no estaba en ninguna parte, se lanzaron a la tarea de reconstruirlo. Fue preciso visitar a los viejos y sacarles los versos con tirabuzón e incluso hacerlos cantar un poco para ir rehaciendo la partitura.
     En el Paraguay resultaba difícil tomarse las cosas a la tremenda. Al embajador español nunca se le hubiera ocurrido quejarse del himno. Vista desde Asunción, la guerra con los sarracenos parecía una desmesura, tal vez un malentendido, una mera guerra civil que se hubiera podido arreglar de otra forma. En realidad, los paraguayos habían tenido mil atenciones con la Patria Vieja. Recibieron la revolución con calma y después nadie tuvo que rectificarse. Se quitaron por ley sus apellidos indígenas y pronto hicieron lo mismo con la nomenclatura guaraní de sus pueblos, que reemplazaron por buenas palabras en castellano. Nada que ver con los yanquis, como recordaba oportunamente un embajador veterano. Luego de haberse sacado de encima a Inglaterra, esos tipos no hacían más que criticar el idioma y vivían amenazando con pasarse al ídish.
     En cambio las Provincias Unidas debieron reconocer por decreto que no hay enemigos para siempre. La reconciliación tardó demasiado. La guerra había durado una eternidad. Desde la primera deportación, la vida de los colonos se había vuelto un calvario. Los primeros en ser fletados fueron los funcionarios del rey. ¿La verdad? No se la vieron venir. Los rebeldes los habían invitado al fuerte a conferenciar con la Junta. Los españoles creyeron que iban a restituirles el mando. Por eso llegaron en coche y con bastones de puño de oro, que era su insignia de autoridad. En cambio fueron conducidos al muelle con escolta militar. Fue una procesión dolorosa en mitad de la noche, como cuadraba al entierro de la administración colonial. Un buque inglés aguardaba para llevarlos a las Canarias. Tenía severas órdenes de hacer un viaje directo. Prohibido recalar en Montevideo o tocar cualquier otro punto de América. En pago de aquel servicio, al capitán Bayfield le permitieron desembarcar todo el r apé que traía. También pudo bajar cien mil pesos en géneros y llevarse otro tanto en mercadería local, siempre libre de impuestos. El trueque con Bayfield fue muy sencillo porque su consignatario de Buenos Aires integraba la junta rebelde. Se llamaba Juan Larrea. Este le aclaró al Capitán que si violaba el acuerdo no volvería a ver un centavo de la plata que le debía. A partir de entonces, los colonos se transformaron en parias. Tenían prohibido desde poner un negocio y casarse con una americana (salvo que fuera negra) hasta montar a caballo o andar por la calle de noche. El Indio llegó a echarlos de Lima y repartió sus mejores fincas entre veinte oficiales del ejército. Los colonos ya no podían con su alma. Era visible que a cierta gente se le estaba yendo la mano.

 

Pero esto era ya historia antigua. Cuando pasó lo del himno, los viejos ogros desalmados estaban en otra cosa. Ahora tenían el Club Español y la Sociedad de Socorros Mutuos. Incluso habían organizado una suscripción popular para regalarle un buque de guerra a España. Pensaban mandarlo a Cuba para aplastar a los insurgentes. Era lo último que les quedaba en América. Por otra parte lograron que volara la estrofa del león rendido. ¿Qué más podían pedir? Organizaron una fiesta monstruosa para agradecer el gesto del Presidente y el nuevo himno fue interpretado por una orquesta de mil instrumentos.
     Un español que había vivido en La Habana siguió la remake del himno con lágrimas en los ojos. "Me hace acordar a La Noche de los "Trópicos", le comentó a su mujer. Se refería al estreno de la sinfonía de Moreau Gottschalk en el Teatro Tacón de La Habana. Entonces habían participado cuarenta pianos, ochocientos ochenta músicos y una batería de tambores tocados por negros. Moreau Gottschalk era un músico de Nueva Orleáns que según Chopin iba camino de convertirse en el mejor pianista del mundo. En esa gira por Sudamérica tocó en Santiago y en Buenos Aires. Pero aquí agarró la epidemia de cólera y luego la guerra del Paraguay, de modo que su concierto no llegó a compararse con el que dieron los españoles.
     La cirugía del himno sirvió para sellar la paz. Se venía el Centenario y era preciso abuenarse para que uno de los Borbones llegara a presidir los festejos y el pendón de Castilla volviera a pasear por los bulevares. El embajador estaba radiante. Los españoles llevaban cuatrocientos años de guerra y manifestaban cierta fatiga. Julián Juderías, un madrileño que se había pasado la vida defendiendo el honor de los españoles, anunció que había llegado la hora de silenciar a los perros que vivían ladrando contra el pasado de España. ¿Acaso no habremos hecho algo más en la vida que arrasar civilizaciones enteras?, reflexionó Juderías. Resolvió salir al cruce de aquellos campeones de la mala leche, que en vez de conquistadores heroicos sólo veían degenerados que andaban llevando la sífilis de aquí para allá, sin molestarse en tomar una nota mientras demolían Tenochtitlán. Se dedicó a escribir un libro destinado a pulverizar la Leyenda Negra, probando de entrada que España recién empezó a quemar sus herejes cuando en París faltaba la leña de tanta bruja incinerada. Luego demostró en dos patadas que la conquista de América fue una empresa típicamente caballeresca, digna de aquellos cultos adelantados que entre poema y poema se despachaban con algún tratado sobre el arte de las batallas.
     Mientras tanto, aquí comenzaba a reverdecer una vieja discusión: ¿quién debería contarte la verdad de la milanesa? Es decir: ¿a quién podía tocar el papel de hacerte amar a la Patria más que a tu propia vida sino a la señorita Chela? ¿Podías pensar en alguien mejor que tu abnegada maestra para revelar los viejos entretelones? ¿Era posible, entonces, que arrojáramos nuestras criaturas a extranjeros sospechosos? Porque eso era lo que estaba ocurriendo. Las colectividades abrían escuelas todos los días y reservaban un lugar más que modesto al pasado criollo. Los párvulos de la Boca sabían más de Giuseppe Garibaldi que del Negro Falucho. La respuesta oficial brotó como un rayo: al despuntar este siglo, únicamente ciudadanos autorizados podían dedicarse a enseñar la auténtica y excitante historia de los padres de la República.
     Con tanta polémica al fuego, hasta el idioma de la Iglesia cayó en la volteada, cuando el ministro de Educación se mandó contra los latines durante la presidencia del Zorro. Osvaldo Magnasco provocó la furia de medio país al arremeter de pasada sobre la sagrada figura de los bachilleres. Menos Licenciados en griego y más técnicos en Lechería. ¿Qué pretendía el Ministro? Que la acabaran con tanto colegio al pedo. A ver si entendías de una vez por todas que la filosofía no basta. Podías recitar de memoria el Código Triboniano, pero para soldar una sembradora debían llamar a un gringo. Sin embargo Magnasco era un latinista fino, capaz de pasar al castellano hasta la última "Oda" de Horacio. Pero había tenido la tonta idea de criticarle al Generalísimo su traducción de La Divina Comedia. ¿Qué necesidad hay de meterse con el tipo más importante de la República?, le reprochaba su esposa. "Está plagada de errores", refunfuñaba Magnasco. "Eso te pasa al meterte con autores intraducibles", añadió comprensivamente. Los acólitos del Generalísimo jamás se lo perdonaron, mientras los diarios aprovechaban para remover el cuchillo. Al final los diputados destrozaron el proyecto y el Zorro echó su ministro a las fieras.
     Era funesto meterse con eso. Los flacos de las mejores familias tenían que leerlo de corrido. Si pretendías ser abogado, la mitad de tu carrera se la llevaba el latín. Sólo ingresabas en la Academia si dabas tu conferencia (mínimo cuarenta páginas) sin comerte una sola declinación. Por eso convenía empezar cuanto antes. Los chabones del Colegio eran conscientes de la envidia que desataban. Andaban chapurreando a Virgilio hasta al salir de paseo. Tan insufribles como sus colegas ingleses de Eton, pasaban los jueves y los domingos de uniforme reglamentario: levita, sombrero de copa y chaleco blanco. Llegaban caminando por el bajo y hasta los crotos de la ribera los contemplaban maravillados.
     Pero aunque tuviera padrinos tan poderosos, el latín estaba realmente muerto y sólo faltaba echarlo a la fosa. Incluso los alemanes, que adoraban las cosas viejas, decían que precisabas alma de acero para sortear su mortal aprendizaje, a cambio de beneficios más que dudosos. Los latinistas palidecían como si acabaras de vomitar por el inodoro la llave del saber humano. Rogaban al menos que se mostrara cierto respeto por la madre del castellano. La tribuna se meaba de la risa. ¿La madre de quién? ¡Si cualquiera sabía que la madre del castellano era el vasco!
     La ola abolicionista provocó unos cuantos incendios. En Santiago de Chile las discusiones tomaban estado público y era preciso llamar a la policía. Los canallas de la barra puteaban a Tito Livio y tachaban a Cicerón de homosexual ignorante. Los latinistas empezaron a batirse en retirada, pensando que había una conspiración destinada a transformar su lengua en algo tan triste e ingrato que con sólo vertir su nombre sacudirías de horror a los niños. A la cabeza de los herejes figuraba el infaltable Vicuña Mackenna, que acusaba a los jesuitas de haber torturado con el latín hasta a los indios del Paraguay. Para Vicuña todo estaba muy claro. Aún te cruzabas en plena selva con guaraníes que hablaban latín de corrido pero que no sabían una palabra en la gloriosa lengua de la conquista.

***

¿La verdad? Los colegiales porteños ya no la pasaban tan mal, o al menos les iba mejor que durante los días de la Mazorca, cuando las escuelas de Buenos Aires llegaron a depender de la policía. Los planes educativos del Restaurador nunca fueron demasiado rumbosos. Meter a los pobres en el colegio le parecía autoritarismo de baja estofa, lo cual no dejaba de sonar delicioso en su boca. "Esto sólo les quita tiempo para buscarse el sustento y ayudar a sus padres", escribía desde Southampton a su amiga Pepita Gómez, una estanciera pudiente que vivía en la calle Potosí. Se ve que el tema le continuaba picando. Aunque estaba a punto de perder la granja por deudas, todavía se mostraba con ánimo para repasar sus antiguas ocurrencias. ¿De qué sirve la escuela?, se preguntaba. Sólo para llenar la cabeza del pobrerío con apetitos incontrolables, camino que fatalmente te conducía a la vagancia y al crimen.
     La Pepa, que las pasaba negras para mandarle un giro todos los meses, no tenía tiempo para estas divagaciones. Cada vez le resultaba más arduo pasar la gorra por Buenos Aires. De los parientes de Rosas sólo recibía desplantes. Los Anchorena, que le debían hasta la última vaca, ahora se referían a él como si hablaran del capataz. Urquiza, su viejo amigo, también le había cortado los víveres, eso que Rosas ya no le decía loco traidor y en cambio le mandaba cartas muy respetuosas donde se la pasaba llamándolo señor presidente y alabando su sabiduría y virtud. De modo que, fuera de algún amigo, apenas le quedaba un puñado de mujeres que aportaban todos los meses. Rosas le remitía un recibo a la Pepa para cada contribuyente. Una vez le propuso a su amiga que se cobrara una comisión y dedujera sus gastos, pero ella no se dignó a contestarle.
     La verdad es que Rosas se fue con lo puesto. Fuera de la Pepa y de su granja alquilada, sólo le quedaba Manuelita en el mundo, ya que Juan Bautista apenas contaba. ¿Contaba Pedro Rosas y Belgrano, el hijo que tuvo el General con una de sus siete cuñadas? Contaba hasta cierto punto: su testamento no hablaba de ningún hijo adoptivo. ¿Y los cinco bastardos que tuvo con su amiga Eugenia Castro? Esa era una tribu insufrible de mangueros empedernidos. Una vez mandó algunas líneas con un pequeño regalo: "Querida Eugenia: Estos tres pañuelitos son para vos, otro para Canora y otro para el Soldadito". Las dos chicas de Rosas trabajaban de sirvientas, mientras que Adrián era pocero y otro muchacho era peón en Tres Arroyos.
     También le quedaban dos peones que trabajaban por hora, un par de lecheras Jersey, doscientas cincuenta gallinas y un chancho eternamente dispuesto a fugarse. Era una pampa de utilería ubicada en los aledaños de Burgess Street. El ex dueño de la Argentina la había redecorado con palenques de roble y estratégicas enramadas. Ahora, barbudo y prácticamente sin pelo, recorría a grandes zancadas su propiedad. Algún cazador furtivo se arrimaba cada tanto a los cercos para espiar al nuevo landlord, que siempre andaba de espuelas y boleadoras en la cintura, acompañado por un negrito que corría detrás con el mate. Esta era la imagen que difundían sus enemigos de Buenos Aires, pero unos chilenos que pasaron por Southampton cuando Rosas orillaba los sesenta, se las vieron con un caballero a la inglesa, sin rastros de chiripá ni chaleco rojo. Lo de la barba era cierto, pues sólo se afeitaba los sábados por razones de economía. Tenía un ama de llaves llamada Mary y soñaba que pronto le llegaría una carta rogándole que volviera para salvar a la Patria.
     El Restaurador conservaba un grupo de seguidores en Buenos Aires que aún deliraban con eso. Desde su partida de la Argentina, ellos venían bregando para que tomara pasaje en un buque y simulara dirigirse al Pacífico. Proyectaban desembarcarlo cerca de Cabo Polonio, donde otro buque lo haría llegar hasta Lobería. Allí debía estar todo listo para el salto a Buenos Aires. Pero Rosas no quiso saber palabra. Dicen que su apego a la autoridad era tan grande que nunca se hubiera mezclado en un golpe militar. Los franceses podían llamarlo Calígula y acusarlo de planificar el degüello de todos los europeos del Plata, pero tanto el Restaurador como el Foreign Office sabían que eso era una estupidez. Para los residentes británicos de Buenos Aires, su caída fue una calamidad.
     Una vez nada más, podría decirse, había estado a punto de perder la paciencia y de pasar a degüello a los residentes ingleses. Fue cuando el Foreign Office pretendió convertir a Montevideo en un protectorado británico. El sitio ya llevaba nueve años. De no ser por la Royal Navy, Rosas ya lo habría terminado. Nadie comprendía muy bien lo que sucedía allí dentro. Casi todos los residentes eran de afuera. La defensa corría por cuenta de los italianos, los británicos y los franceses. Pero el jefe de la ciudadela era un general argentino, enemigo jurado del Restaurador. Codo a codo con él peleaban todos los exiliados de Buenos Aires. Por el lado del río no tenían problemas, pues estaban la Royal Navy y los franceses. La escuadra del viejo Bruno tampoco representaba un peligro, pues los ingleses le tenían prohibido que se moviera del fondeadero. Al irlandés le bullía la sangre. Aunque había eliminado rápidamente a la flota montevideana comandada por Garibaldi, ahora los ingleses lo tenían neutralizado. Al primer cañonazo que disparara contra Montevideo, le hundirían todos los barcos.
     Entre los franceses y los británicos las cosas también andaban de culo. Cuando los barcos de Le Predour asediaban Buenos Aires, el gerente de Baring Brothers exigió a su propio gobierno que declarara la guerra a Francia. Pero ésta sólo quería vender sus cositas en Buenos Aires a la manera de los ingleses. El Restaurador decidió darle el gusto. Fue cuando el general La Valle, bien equipado por los franceses, se hizo presente con un ejército dispuesto a despedazarlo. Pero el Restaurador concedió esto y aquello y los franceses dejaron colgado a La Valle a la vista de la ciudad. Luego se reavivó la pelea entre los ingleses y Buenos Aires, de modo que no es posible decir que Rosas pretendiera degollar a éste o aquél. En medio de las intrigas siempre caía el agente de Baring a reclamar algún pago.
     Los únicos que mantenían la calma eran Rosas v el embajador. Ya eran bastante amigos. Una noche terminaban de cenar en Palermo cuando pasó una banda de música. Detrás marchaba una muchedumbre gritando mueras a los ingleses, justo cuando el Restaurador explicaba que resultaba tonto arriesgar a los residentes británicos por las macanas del almirantazgo. Sobre la pared de la sala desfilaban las sombras de las antorchas. El Restaurador preguntó qué pasaba. Están festejando el aniversario, explicó el coronel de turno. Qué aniversario ni nada, se dijo el embajador. Pero guardó un precavido silencio. No quería darles el gusto de mostrarse interesado. Al final no pudo contener la lengua y preguntó acerca de las banderas. La ciudad estaba embanderada de arriba abajo. El Restaurador replicó que nada tenía que ver con eso. Eran cosas del pueblo. Al embajador le parecía raro. En ningún otro aniversario había visto banderas. La gente ni recordaba las invasiones, pero ahora andaban como unos desaforados cagándose en Inglaterra. Rosas estaba encantado. No podía creer que su gente gritara eso, explicó delicadamente mientras ordenaba las damas sobre el tablero.
     Al día siguiente el embajador lo llevó al Calliope a ver Captain Steve. El barco estaba apostado en el río con el resto de la flota británica. El guardiamarina Macleish tenía un grupo de teatro, lo cual significaba una forma interesante de escaparle al suicidio. Llevaban alrededor de tres años fondeados en el mismo lugar. El Restaurador había ignorado tres convites anteriores para ver Lottery Tickett, John Bull y El posadero de Abbeiville. Pero ahora estaba contento. Hubo un aperitivo con poesía. El embajador le tradujo al oído. Era una noche con mucho clima. El Restaurador se dejó arrastrar por las soledades brumosas de los poemas. "Alguna vez debo ir a ese sitio", se dijo entornando los ojos. No soplaba una pizca de viento. Pudo sentir la lozana hierba en los pies descalzos y hasta rozó con los dedos el pulido huevo de un mirlo y terminó por perderse en la sosegada noche.
     "Este barco revienta de putos", murmuró el coronel de turno cuando bajaban al bote. Por una vez el Restaurador prefirió guardarse sus mordaces comentarios. Casi había llegado a tragarse que la cultura junta a los pueblos.

 

 

 

"Noticias secretas de América", publicado por Planeta, 1998. © 1998 B.Rawson. ©1998 Planeta

 

BELGRANO RAWSON
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