NOTICIAS SECRETAS DE AMÉRICA El mapa estaba en la cancha de fútbol. Era el más grande del
mundo. Noventa metros, decían. Entrando por la costanera, dabas
pronto con Tierra del Fuego. El otro lado del mapa, o sea la Quebrada
de Humahuaca, llegaba hasta las inmediaciones del arco, pero el
territorio se desplegaba todavía más allá, tal vez hasta Chuquisaca,
puede que hasta Rincón de los Muertos, tal vez hasta Lima, quién
sabe. Esta era una zona difusa, apenas marcada en la cancha con
algunos arroyos de compromiso. Lo mejor estaba en el Sur, con
sus cordilleras nevadas y los lagos azul profundo. A las maestras
podías verlas sobre el Atlántico, de Samborombón para abajo, lo
más lejos posible del Chancho. Es decir, cuando les tocaba poner
en escena sus estampas patrióticas. Ahora estaban ahí desde las
nueve de la mañana, esperando la llegada del Ministro. Una niebla
inoportuna se había posado en la pampa, junto con la humareda
proveniente de la quema. Cuando todo el mundo ocupaba su sitio,
a Atahuallpa le vinieron ganas de mear, lo cual desató un revuelo.
Hubiera sido horroroso que justo cayera el Ministro. *** En el colegio ya no te patrioteaban como antes. Para empezar,
no tenías obligación de pararte cada vez que oías decir San Martín.
Cantabas un himno más light, como regía desde principios de siglo. Lo habían lijado un poco.
¿Qué otra cosa podían hacer? Necesitaban cortarla con los insultos,
como explicó en su momento un operador del Ministro. "Tigres sedientos
de sangre" y todo eso. Culpa del himno el embajador no pisaba
la presidencia, sobre todo los 9 de julio. A decir verdad, tampoco
mostraban mucho aspecto de tigres los vascos y los gallegos que
desembarcaban todos los días frente al Hotel de Inmigrantes, pero
ésta era otra cuestión. Resultaba inútil decirle al embajador
que lo de "vil invasor" no corría para los españoles hermanos.
La letra se refería más bien a los americanos traidores. Había
dos, en principio, que bien podían ser los del himno, unos arequipeños
que terminaron a la cabeza del ejército español. Pero el embajador
no cejaba. Preguntaba esto y aquello. ¿"A sus plantas rendido
un león"? ¿Y eso qué coño significaba? ¿Quién se rindió? ¿De dónde
sacaban tantas mentiras? España jamás se rindió. Ese era el fondo
de la cuestión. Pero esto era ya historia antigua. Cuando pasó lo del himno, los
viejos ogros desalmados estaban en otra cosa. Ahora tenían el
Club Español y la Sociedad de Socorros Mutuos. Incluso habían
organizado una suscripción popular para regalarle un buque de
guerra a España. Pensaban mandarlo a Cuba para aplastar a los
insurgentes. Era lo último que les quedaba en América. Por otra
parte lograron que volara la estrofa del león rendido. ¿Qué más
podían pedir? Organizaron una fiesta monstruosa para agradecer
el gesto del Presidente y el nuevo himno fue interpretado por
una orquesta de mil instrumentos. *** ¿La verdad? Los colegiales porteños ya no la pasaban tan mal,
o al menos les iba mejor que durante los días de la Mazorca, cuando
las escuelas de Buenos Aires llegaron a depender de la policía.
Los planes educativos del Restaurador nunca fueron demasiado rumbosos.
Meter a los pobres en el colegio le parecía autoritarismo de baja
estofa, lo cual no dejaba de sonar delicioso en su boca. "Esto
sólo les quita tiempo para buscarse el sustento y ayudar a sus
padres", escribía desde Southampton a su amiga Pepita Gómez, una
estanciera pudiente que vivía en la calle Potosí. Se ve que el
tema le continuaba picando. Aunque estaba a punto de perder la
granja por deudas, todavía se mostraba con ánimo para repasar
sus antiguas ocurrencias. ¿De qué sirve la escuela?, se preguntaba.
Sólo para llenar la cabeza del pobrerío con apetitos incontrolables,
camino que fatalmente te conducía a la vagancia y al crimen.
El Chancho controlaba todo cerca de Cabo Polonio. Salvo el
olor a basura quemada, no molestaba mucho aquel efecto brumoso.
Disimulaba ciertas imperfecciones. A dos o tres mamarrachos les
daba un toque fantasmagórico. A Namuncurá, por ejemplo, lo había
arreglado la hermana. Bueno, más bien parecía un travesti. Mientras
tanto, el Chancho barría la escena con su perfil de aguilucho.
De pronto captó una brocha olvidada en las Cataratas, ante lo
cual cruzó el Uruguay en dos saltos y procedió a retirarla. Siguió
un intervalo tranquilo, con algunas desgracias menores (a Beresford
se le salían las botas, a Pizarro se ]e venía el yelmo sobre la
cara). Estaba programado que el Ministro haría su ingreso por
Humahuaca. Unos gauchos de Güemes le saldrían al encuentro. En
eso la Chela advirtió que Gonzalo de Abreu estaba mal ubicado.
"Corrélo para Tucumán. ¿No ves que está en Catamarca?", le gritó
a la de tercero. Los vecinos miraban desde la calle. La escuela
era el orgullo del barrio. Pero se estaba arruinando el tiempo.
Un aire frío disipaba la bruma. Casi podía leerse el cartel que
atravesaba la entrada. "Bienvenido Señor Ministro." La vieja de
Castellano apareció con un termo. Era chocolate caliente. "No
te volqués encima", te dijo. No la pasabas tan mal bajo tu poncho
de mazorquero. En cambio los indios diaguitas estaban medio morados.
"Que se jodan por boludos", murmuró el almirante Brown. "Ellos
mismos se la buscaron." Ahora el cartel de la puerta podía leerse
completo: "Instituto Moderno de Buenos Aires. 1925".
Por eso la presidencia estaba tan apurada. Era urgente aflojar
con el himno. ¿Hasta cuándo los argentinos seguirían haciendo
el papel de pendejos? ¿Acaso los españoles no estaban poniendo
en el diccionario los americanismos y eso? Pero el plan de meter
mano en el himno desató un escándalo en el Congreso. Al final
el Presidente firmó un decreto que suprimía las partes duras.
Con dos cuartetas ya estaba bueno, dijo el Zorro del Desierto.
En adelante deberías conformarte con eso. ¿A qué remover las heridas?
El gesto fue celebrado con un banquete. Al cabo de tanta ausencia,
los españoles podían volver a la Casa Rosada a brindar por la
libertad.
Eso les pasa de puro jodidos, rezongó el embajador en privado,
algo que, a su juicio, les venía a los argentinos desde la época
en que odiaban a los españoles como a nadie en el mundo y les
daban el mote de sarracenos. En pocas partes de América ese sentimiento
fue tan intenso. Los paraguayos, por dar un caso, se mostraron
mucho más fríos. Recién a veinte años de terminada la guerra se
les había ocurrido buscar un poeta en Montevideo que pudiera escribirles
el himno. Contrataron a Pancho Acuña de Figueroa, un traductor
de La Marsellesa que venía de hacer el himno uruguayo. Desde su Oda al Silfo de Montevideo, Acuña era el poeta de moda. Pero en el Paraguay cayó mal que ni
siquiera se tomara el trabajo de conocer el país. Todavía faltaba
la música, pero aquella gente llena de sentido común no quería
perder un minuto para el estreno. Ya que compartían el mismo poeta
decidieron cantarlo con la música del himno uruguayo, aunque otras
veces usaban el himno argentino que también le iba como anillo
al dedo. Finalmente los paraguayos tuvieron SU propia canción
de la patria con el auxilio de Francois Sauvageod de Dupuis, un
francés contratado por Asunción para organizar sus bandas de música.
Del trabajo de Sauvageod no pudo salvarse ni una corchea, pues
todo fue reducido a cenizas cuando los brasileños quemaron la
capital. Eso fue al acabar la guerra de la Triple Alianza. Allí
se perdieron los últimos papeles que le quedaban al Paraguay.
Para entonces, a decir verdad, apenas veías carpetas en los archivos,
ya que todo el papelerío sobrante terminaba en manos del Cabichuí. Este era el diario que aparecía en el frente. Funcionaba en una
carreta y el gobierno le remitía hasta las leyes escritas de un
solo lado. Lo malo fue que tampoco llegaron a publicar la letra.
Cien veces habían estado a punto de hacerlo, pero siempre surgía
otra urgencia. Así que luego de la derrota el himno cayó en el
olvido. Un día se descubrió que en veinte años nadie había vuelto
a cantarlo. Cuando por fin entendieron que la letra no estaba
en ninguna parte, se lanzaron a la tarea de reconstruirlo. Fue
preciso visitar a los viejos y sacarles los versos con tirabuzón
e incluso hacerlos cantar un poco para ir rehaciendo la partitura.
En el Paraguay resultaba difícil tomarse las cosas a la tremenda.
Al embajador español nunca se le hubiera ocurrido quejarse del
himno. Vista desde Asunción, la guerra con los sarracenos parecía
una desmesura, tal vez un malentendido, una mera guerra civil
que se hubiera podido arreglar de otra forma. En realidad, los
paraguayos habían tenido mil atenciones con la Patria Vieja. Recibieron
la revolución con calma y después nadie tuvo que rectificarse.
Se quitaron por ley sus apellidos indígenas y pronto hicieron
lo mismo con la nomenclatura guaraní de sus pueblos, que reemplazaron
por buenas palabras en castellano. Nada que ver con los yanquis,
como recordaba oportunamente un embajador veterano. Luego de haberse
sacado de encima a Inglaterra, esos tipos no hacían más que criticar
el idioma y vivían amenazando con pasarse al ídish.
En cambio las Provincias Unidas debieron reconocer por decreto
que no hay enemigos para siempre. La reconciliación tardó demasiado.
La guerra había durado una eternidad. Desde la primera deportación,
la vida de los colonos se había vuelto un calvario. Los primeros
en ser fletados fueron los funcionarios del rey. ¿La verdad? No
se la vieron venir. Los rebeldes los habían invitado al fuerte
a conferenciar con la Junta. Los españoles creyeron que iban a
restituirles el mando. Por eso llegaron en coche y con bastones
de puño de oro, que era su insignia de autoridad. En cambio fueron
conducidos al muelle con escolta militar. Fue una procesión dolorosa
en mitad de la noche, como cuadraba al entierro de la administración
colonial. Un buque inglés aguardaba para llevarlos a las Canarias.
Tenía severas órdenes de hacer un viaje directo. Prohibido recalar
en Montevideo o tocar cualquier otro punto de América. En pago
de aquel servicio, al capitán Bayfield le permitieron desembarcar
todo el r apé que traía. También pudo bajar cien mil pesos en
géneros y llevarse otro tanto en mercadería local, siempre libre
de impuestos. El trueque con Bayfield fue muy sencillo porque
su consignatario de Buenos Aires integraba la junta rebelde. Se
llamaba Juan Larrea. Este le aclaró al Capitán que si violaba
el acuerdo no volvería a ver un centavo de la plata que le debía.
A partir de entonces, los colonos se transformaron en parias.
Tenían prohibido desde poner un negocio y casarse con una americana
(salvo que fuera negra) hasta montar a caballo o andar por la
calle de noche. El Indio llegó a echarlos de Lima y repartió sus
mejores fincas entre veinte oficiales del ejército. Los colonos
ya no podían con su alma. Era visible que a cierta gente se le
estaba yendo la mano.
Un español que había vivido en La Habana siguió la remake del himno con lágrimas en los ojos. "Me hace acordar a La Noche de los "Trópicos", le comentó a su mujer. Se refería al estreno de la sinfonía de
Moreau Gottschalk en el Teatro Tacón de La Habana. Entonces habían
participado cuarenta pianos, ochocientos ochenta músicos y una
batería de tambores tocados por negros. Moreau Gottschalk era
un músico de Nueva Orleáns que según Chopin iba camino de convertirse
en el mejor pianista del mundo. En esa gira por Sudamérica tocó
en Santiago y en Buenos Aires. Pero aquí agarró la epidemia de
cólera y luego la guerra del Paraguay, de modo que su concierto
no llegó a compararse con el que dieron los españoles.
La cirugía del himno sirvió para sellar la paz. Se venía
el Centenario y era preciso abuenarse para que uno de los Borbones
llegara a presidir los festejos y el pendón de Castilla volviera
a pasear por los bulevares. El embajador estaba radiante. Los
españoles llevaban cuatrocientos años de guerra y manifestaban
cierta fatiga. Julián Juderías, un madrileño que se había pasado
la vida defendiendo el honor de los españoles, anunció que había
llegado la hora de silenciar a los perros que vivían ladrando
contra el pasado de España. ¿Acaso no habremos hecho algo más
en la vida que arrasar civilizaciones enteras?, reflexionó Juderías.
Resolvió salir al cruce de aquellos campeones de la mala leche,
que en vez de conquistadores heroicos sólo veían degenerados que
andaban llevando la sífilis de aquí para allá, sin molestarse
en tomar una nota mientras demolían Tenochtitlán. Se dedicó a
escribir un libro destinado a pulverizar la Leyenda Negra, probando
de entrada que España recién empezó a quemar sus herejes cuando
en París faltaba la leña de tanta bruja incinerada. Luego demostró
en dos patadas que la conquista de América fue una empresa típicamente
caballeresca, digna de aquellos cultos adelantados que entre poema
y poema se despachaban con algún tratado sobre el arte de las
batallas.
Mientras tanto, aquí comenzaba a reverdecer una vieja discusión:
¿quién debería contarte la verdad de la milanesa? Es decir: ¿a
quién podía tocar el papel de hacerte amar a la Patria más que
a tu propia vida sino a la señorita Chela? ¿Podías pensar en alguien
mejor que tu abnegada maestra para revelar los viejos entretelones?
¿Era posible, entonces, que arrojáramos nuestras criaturas a extranjeros
sospechosos? Porque eso era lo que estaba ocurriendo. Las colectividades
abrían escuelas todos los días y reservaban un lugar más que modesto
al pasado criollo. Los párvulos de la Boca sabían más de Giuseppe
Garibaldi que del Negro Falucho. La respuesta oficial brotó como
un rayo: al despuntar este siglo, únicamente ciudadanos autorizados
podían dedicarse a enseñar la auténtica y excitante historia de
los padres de la República.
Con tanta polémica al fuego, hasta el idioma de la Iglesia
cayó en la volteada, cuando el ministro de Educación se mandó
contra los latines durante la presidencia del Zorro. Osvaldo Magnasco
provocó la furia de medio país al arremeter de pasada sobre la
sagrada figura de los bachilleres. Menos Licenciados en griego
y más técnicos en Lechería. ¿Qué pretendía el Ministro? Que la
acabaran con tanto colegio al pedo. A ver si entendías de una
vez por todas que la filosofía no basta. Podías recitar de memoria
el Código Triboniano, pero para soldar una sembradora debían llamar
a un gringo. Sin embargo Magnasco era un latinista fino, capaz
de pasar al castellano hasta la última "Oda" de Horacio. Pero
había tenido la tonta idea de criticarle al Generalísimo su traducción
de La Divina Comedia. ¿Qué necesidad hay de meterse con el tipo más importante de la
República?, le reprochaba su esposa. "Está plagada de errores",
refunfuñaba Magnasco. "Eso te pasa al meterte con autores intraducibles",
añadió comprensivamente. Los acólitos del Generalísimo jamás se
lo perdonaron, mientras los diarios aprovechaban para remover
el cuchillo. Al final los diputados destrozaron el proyecto y
el Zorro echó su ministro a las fieras.
Era funesto meterse con eso. Los flacos de las mejores familias
tenían que leerlo de corrido. Si pretendías ser abogado, la mitad
de tu carrera se la llevaba el latín. Sólo ingresabas en la Academia
si dabas tu conferencia (mínimo cuarenta páginas) sin comerte
una sola declinación. Por eso convenía empezar cuanto antes. Los
chabones del Colegio eran conscientes de la envidia que desataban.
Andaban chapurreando a Virgilio hasta al salir de paseo. Tan insufribles
como sus colegas ingleses de Eton, pasaban los jueves y los domingos
de uniforme reglamentario: levita, sombrero de copa y chaleco
blanco. Llegaban caminando por el bajo y hasta los crotos de la
ribera los contemplaban maravillados.
Pero aunque tuviera padrinos tan poderosos, el latín estaba
realmente muerto y sólo faltaba echarlo a la fosa. Incluso los
alemanes, que adoraban las cosas viejas, decían que precisabas
alma de acero para sortear su mortal aprendizaje, a cambio de
beneficios más que dudosos. Los latinistas palidecían como si
acabaras de vomitar por el inodoro la llave del saber humano.
Rogaban al menos que se mostrara cierto respeto por la madre del
castellano. La tribuna se meaba de la risa. ¿La madre de quién?
¡Si cualquiera sabía que la madre del castellano era el vasco!
La ola abolicionista provocó unos cuantos incendios. En Santiago
de Chile las discusiones tomaban estado público y era preciso
llamar a la policía. Los canallas de la barra puteaban a Tito
Livio y tachaban a Cicerón de homosexual ignorante. Los latinistas
empezaron a batirse en retirada, pensando que había una conspiración
destinada a transformar su lengua en algo tan triste e ingrato
que con sólo vertir su nombre sacudirías de horror a los niños.
A la cabeza de los herejes figuraba el infaltable Vicuña Mackenna,
que acusaba a los jesuitas de haber torturado con el latín hasta
a los indios del Paraguay. Para Vicuña todo estaba muy claro.
Aún te cruzabas en plena selva con guaraníes que hablaban latín
de corrido pero que no sabían una palabra en la gloriosa lengua
de la conquista.
La Pepa, que las pasaba negras para mandarle un giro todos
los meses, no tenía tiempo para estas divagaciones. Cada vez le
resultaba más arduo pasar la gorra por Buenos Aires. De los parientes
de Rosas sólo recibía desplantes. Los Anchorena, que le debían
hasta la última vaca, ahora se referían a él como si hablaran
del capataz. Urquiza, su viejo amigo, también le había cortado
los víveres, eso que Rosas ya no le decía loco traidor y en cambio
le mandaba cartas muy respetuosas donde se la pasaba llamándolo
señor presidente y alabando su sabiduría y virtud. De modo que,
fuera de algún amigo, apenas le quedaba un puñado de mujeres que
aportaban todos los meses. Rosas le remitía un recibo a la Pepa
para cada contribuyente. Una vez le propuso a su amiga que se
cobrara una comisión y dedujera sus gastos, pero ella no se dignó
a contestarle.
La verdad es que Rosas se fue con lo puesto. Fuera de la
Pepa y de su granja alquilada, sólo le quedaba Manuelita en el
mundo, ya que Juan Bautista apenas contaba. ¿Contaba Pedro Rosas
y Belgrano, el hijo que tuvo el General con una de sus siete cuñadas?
Contaba hasta cierto punto: su testamento no hablaba de ningún
hijo adoptivo. ¿Y los cinco bastardos que tuvo con su amiga Eugenia
Castro? Esa era una tribu insufrible de mangueros empedernidos.
Una vez mandó algunas líneas con un pequeño regalo: "Querida Eugenia:
Estos tres pañuelitos son para vos, otro para Canora y otro para
el Soldadito". Las dos chicas de Rosas trabajaban de sirvientas,
mientras que Adrián era pocero y otro muchacho era peón en Tres
Arroyos.
También le quedaban dos peones que trabajaban por hora, un
par de lecheras Jersey, doscientas cincuenta gallinas y un chancho
eternamente dispuesto a fugarse. Era una pampa de utilería ubicada
en los aledaños de Burgess Street. El ex dueño de la Argentina
la había redecorado con palenques de roble y estratégicas enramadas.
Ahora, barbudo y prácticamente sin pelo, recorría a grandes zancadas
su propiedad. Algún cazador furtivo se arrimaba cada tanto a los
cercos para espiar al nuevo landlord, que siempre andaba de espuelas y boleadoras en la cintura, acompañado
por un negrito que corría detrás con el mate. Esta era la imagen
que difundían sus enemigos de Buenos Aires, pero unos chilenos
que pasaron por Southampton cuando Rosas orillaba los sesenta,
se las vieron con un caballero a la inglesa, sin rastros de chiripá
ni chaleco rojo. Lo de la barba era cierto, pues sólo se afeitaba
los sábados por razones de economía. Tenía un ama de llaves llamada
Mary y soñaba que pronto le llegaría una carta rogándole que volviera
para salvar a la Patria.
El Restaurador conservaba un grupo de seguidores en Buenos
Aires que aún deliraban con eso. Desde su partida de la Argentina,
ellos venían bregando para que tomara pasaje en un buque y simulara
dirigirse al Pacífico. Proyectaban desembarcarlo cerca de Cabo
Polonio, donde otro buque lo haría llegar hasta Lobería. Allí
debía estar todo listo para el salto a Buenos Aires. Pero Rosas
no quiso saber palabra. Dicen que su apego a la autoridad era
tan grande que nunca se hubiera mezclado en un golpe militar.
Los franceses podían llamarlo Calígula y acusarlo de planificar
el degüello de todos los europeos del Plata, pero tanto el Restaurador
como el Foreign Office sabían que eso era una estupidez. Para
los residentes británicos de Buenos Aires, su caída fue una calamidad.
Una vez nada más, podría decirse, había estado a punto de
perder la paciencia y de pasar a degüello a los residentes ingleses.
Fue cuando el Foreign Office pretendió convertir a Montevideo
en un protectorado británico. El sitio ya llevaba nueve años.
De no ser por la Royal Navy, Rosas ya lo habría terminado. Nadie
comprendía muy bien lo que sucedía allí dentro. Casi todos los
residentes eran de afuera. La defensa corría por cuenta de los
italianos, los británicos y los franceses. Pero el jefe de la
ciudadela era un general argentino, enemigo jurado del Restaurador.
Codo a codo con él peleaban todos los exiliados de Buenos Aires.
Por el lado del río no tenían problemas, pues estaban la Royal
Navy y los franceses. La escuadra del viejo Bruno tampoco representaba
un peligro, pues los ingleses le tenían prohibido que se moviera
del fondeadero. Al irlandés le bullía la sangre. Aunque había
eliminado rápidamente a la flota montevideana comandada por Garibaldi,
ahora los ingleses lo tenían neutralizado. Al primer cañonazo
que disparara contra Montevideo, le hundirían todos los barcos.
Entre los franceses y los británicos las cosas también andaban
de culo. Cuando los barcos de Le Predour asediaban Buenos Aires,
el gerente de Baring Brothers exigió a su propio gobierno que
declarara la guerra a Francia. Pero ésta sólo quería vender sus
cositas en Buenos Aires a la manera de los ingleses. El Restaurador
decidió darle el gusto. Fue cuando el general La Valle, bien equipado
por los franceses, se hizo presente con un ejército dispuesto
a despedazarlo. Pero el Restaurador concedió esto y aquello y
los franceses dejaron colgado a La Valle a la vista de la ciudad.
Luego se reavivó la pelea entre los ingleses y Buenos Aires, de
modo que no es posible decir que Rosas pretendiera degollar a
éste o aquél. En medio de las intrigas siempre caía el agente
de Baring a reclamar algún pago.
Los únicos que mantenían la calma eran Rosas v el embajador.
Ya eran bastante amigos. Una noche terminaban de cenar en Palermo
cuando pasó una banda de música. Detrás marchaba una muchedumbre
gritando mueras a los ingleses, justo cuando el Restaurador explicaba
que resultaba tonto arriesgar a los residentes británicos por
las macanas del almirantazgo. Sobre la pared de la sala desfilaban
las sombras de las antorchas. El Restaurador preguntó qué pasaba.
Están festejando el aniversario, explicó el coronel de turno.
Qué aniversario ni nada, se dijo el embajador. Pero guardó un
precavido silencio. No quería darles el gusto de mostrarse interesado.
Al final no pudo contener la lengua y preguntó acerca de las banderas.
La ciudad estaba embanderada de arriba abajo. El Restaurador replicó
que nada tenía que ver con eso. Eran cosas del pueblo. Al embajador
le parecía raro. En ningún otro aniversario había visto banderas.
La gente ni recordaba las invasiones, pero ahora andaban como
unos desaforados cagándose en Inglaterra. Rosas estaba encantado.
No podía creer que su gente gritara eso, explicó delicadamente
mientras ordenaba las damas sobre el tablero.
Al día siguiente el embajador lo llevó al Calliope a ver Captain Steve. El barco estaba apostado en el río con el resto de la flota británica.
El guardiamarina Macleish tenía un grupo de teatro, lo cual significaba
una forma interesante de escaparle al suicidio. Llevaban alrededor
de tres años fondeados en el mismo lugar. El Restaurador había
ignorado tres convites anteriores para ver Lottery Tickett, John Bull y El posadero de Abbeiville. Pero ahora estaba contento. Hubo un aperitivo con poesía. El embajador
le tradujo al oído. Era una noche con mucho clima. El Restaurador
se dejó arrastrar por las soledades brumosas de los poemas. "Alguna
vez debo ir a ese sitio", se dijo entornando los ojos. No soplaba
una pizca de viento. Pudo sentir la lozana hierba en los pies
descalzos y hasta rozó con los dedos el pulido huevo de un mirlo
y terminó por perderse en la sosegada noche.
"Este barco revienta de putos", murmuró el coronel de turno
cuando bajaban al bote. Por una vez el Restaurador prefirió guardarse
sus mordaces comentarios. Casi había llegado a tragarse que la
cultura junta a los pueblos.