Ironía sobre las versiones oficiales del pasado NOTICIAS SECRETAS DE AMERICA Ahora bien, este apasionante libro de Eduardo Belgrano Rawson
no es historia novelada, ni es novela histórica en el sentido
usual de la expresión. Noticias secretas de América carece de unidad temática, salvo que se considere como tal a
la Historia misma en su riqueza, diversidad y multiplicidad de
puntos de vista. No obstante, Belgrano Rawson se propuso una novela,
sin lugar a dudas. Con un estilo muy elaborado y por momentos deslumbrante, alguien
que no se sabe bien quién es relata una serie virtualmente infinita
de episodios a un interlocutor indefinible. Diríase que el autor
teje una trama con hilos que animan cada uno la historia -verdadera,
obstinadamente verdadera- que le toca, pero que no se conjugan
para demostrar un sentido tal vez oculto, sino para sugerir un
nuevo sentido. Además, como cada fragmento es tributario de su
tiempo y toma contacto con fragmentos de otras épocas, el entramado
provoca un efecto de anacronismo que ubica al discurso, de por
sí, en las antípodas de la historia oficial. Para el autor de
No se turbe vuestro corazón (1975), El náufrago de las estrellas (1979) y Fuegia (1991), la verdad no necesariamente demanda la revisión de lo
dicho (esto es, la revisión de lo mismo) sino la dilucidación
artística de todo aquello capaz de maravillar al único contemporáneo
del texto, al lector. Resultado de una investigación ardua, trabajosa y exhaustiva,
esta novela es también una suerte de aluvión de relatos que tienen
que ver con la gestación de una mentalidad (por eso arranca con
la escuela y los horrores de una pedagogía dura, sin anestesia)
y con los desenlaces y fracasos omitidos o piadosamente edulcorados.
Si hubo una batalla, Belgrano Rawson se pregunta con humor y desparpajo
cómo murieron los soldados que no pronunciaron palabras inolvidables.
Si un general demente dejó el centro del escenario donde lo bañaron
las luces de la Historia -cualquiera sabe cuándo sus actos están
destinados a la posteridad-, Belgrano Rawson lo persigue para
saber qué hizo después, de qué trabajó, en qué espantosa soledad
y rodeado de memorias en fuga se despidió del mundo. Desde el fusilamiento de Martín de çlzaga frente a los colegiales,
que debieron estallar en aplausos luego de la descarga, o las
iniciativas pedagógicas de Belgrano, de Rivadavia y de San Martín
(el narrador, al evocar parcialmente los reglamentos disciplinarios
del Ejército de los Andes, llega a la conclusión de que "para
el propio Libertador, la brecha entre lo escolar y lo castrense
no debe haber sido muy ancha"), desfilan la mayor parte de los
grandes próceres de la historia argentina, además de una legión
de personajes incidentales y pequeños. Y como un viento feroz
la ironía los despeina. En la novela de Belgrano Rawson se conjugan Baden Powell, el inventor
de los boy-scouts, con José Martí, o el cacique Yanquetruz en una noche de ópera
en el Colón con las heridas memorables del general Necochea (tal
vez el militar mejor herido de la historia). Aparecen de perfil
Carlos María de Alvear y la pluma insidiosa del manco Paz. Las
peripecias asombrosas de Brown o de Bouchard y de otros profesionales
de la guerra dan cuenta de la crisis de ese particular mercado
laboral, que obligaba a transitar caminos insólitos. Y sirve de
ejemplo la vida de Benigno Villanueva, que de jugar a la pelota
en la calle de los Mandingas terminó como mariscal ruso y con
el nombre cambiado, Benigno Villanokoff. Novela de finales y abandonos, todo parece llegar necesariamente
al recuerdo de San Martín en el exilio, a la memoria del Indio
que recoge varios hilos de la trama y se deja transitar, a su
vez, por la evocación de algunos episodios propicios para el amor.
Pero el libro es mucho más. Es una novela de momentos fugaces,
amena y compleja, que se inscribe en un proyecto literario tan
original y ambicioso como logrado en su realización. Esta entrega
de Eduardo Belgrano Rawson es una sólida respuesta a los principales
interrogantes de la ficción actual, y abre un camino promisorio
que vale la pena transitar. Jorge Landaburu
La Historia también es un relato
Por Eduardo Belgrano Rawson
(Planeta)-449 páginas-($ 20)
HASTA el más arduo tratadista debe apelar a ciertas artes -aunque
mínimas- de narrador. Lo inverso, el narrador que se nutre del
trabajo de los historiadores, también vale.
