Fuegia Al Norte no había montañas ni bosques sino estepas con buenos
pastos y un río llamado Agrio. Los canaleses raramente llegaban
ahí, pues era dominio de los parrikens. Estos detestaban a los
canaleses, le tenían horror al agua, se habían olvidado de navegar
y comían poco pescado. Se relamían, en cambio, por un insignificante
conejo llamado coruro, debido a lo cual eran conocidos como "tragacoruros"
por sus vecinos del Sur. Cuando les resultó evidente que habían echado mano a los mejores
campos del mundo, los criadores de toda la isla resolvieron cruzar
sus mediocres ovejas con padrillos europeos. Para entonces ya
nadie soñaba con transformar a los lugareños en sus pastores perfectos.
En realidad, a los parrikens les sobraban condiciones para el
puesto: corrían treinta kilómetros de un tirón, podían dormir
al sereno en invierno y resistían sin probar bocado como el más
bruto de los galeses. Pero nada aborrecían más en el mundo que
el trabajo de ovejeros, de modo que los criadores olvidaron por
fin el asunto y junto con los padrillos importaron pastores de
Escocia, quienes trajeron hasta los perros. Una tarde pasaron los amigos de Larch por la casa. Primero
lo habían buscado en la playa, pero sólo vieron algunas gallinas
que mariscaban en la bajamar. Revisaron la galería y encontraron
al inglés sobre un charco de sangre, tan tieso como su perro.
Presintieron de inmediato que Beltrán Monasterio había partido.
Antes de marcharse había cortado los testículos de su patrón y
se los había dejado en la boca. Nadie volvió a verlo jamás.
Cierto día llegó a Río Agrio un promotor de espectáculos. Se
llamaba Bongard y venía en busca de algunos caníbales para presentar
en la Exposición Universal de París. Después de bastante trabajo,
logró capturar a una familia de parrikens.
Acostumbrado al acoso de escenógrafos y utileros, Bongard resolvió
que llevaría también a sus perros y sus pieles de guanaco, además
de un kauwi completo y hasta una canoa inservible que halló tirada
en la playa.
Los parrikens hicieron furor en París, aunque no movían un
dedo en favor del espectáculo. Para desilusión de Bongard, se
negaron de entrada a cumplir el programa, según el cual tirarían
al blanco, encenderían fuego con pedernal y plumón de ganso y
tallarían una piragua frente al público. Tampoco hubo modo de
hacerlos armar su propio kauwi, por lo que Bongard llamó a un
carpintero. Aunque luego se declaró satisfecho, el resultado no
era muy claro. El kauwi del carpintero local tenía un aspecto
equívoco, mezcla de wigwam cheyenne con bungalow africano.
Por la mañana, cuando las mujeres barrían el pabellón, los
parrikens estiraban un rato las piernas y curioseaban a través
de las rejas del boulevard Sabathier. Desde ahí se veían los parroquianos
del Café Chaumontel. Un negro antillano lustraba de mesa en mesa.
Los parrikens ardían de curiosidad: no habían visto un negro en
su vida y mucho menos un negro como aquél. El negro pegaba un
corcovo en cuanto ellos sacaban la nariz. Los apuntaba con el
cepillo y sus clientes parpadeaban sorprendidos al descubrir a
los parrikens. Cuando lograba olvidarse de ellos el negro lustraba
con mucho ritmo, tamborileaba con el cepillo y todo el mundo le
festejaba el concierto. Luego los parrikens volvían adentro; más
tarde llegaba la gente y la Exposición cobraba color.
Los caníbales de Bongard ocupaban un sector con palmeras y
un estanque cristalino. Las orillas estaban cubiertas de musgo
y en medio del agua reposaba una flor del Paraguay. Los visitantes
tomaban el té bajo una glorieta celeste. Era una escala encantadora
en pleno pabellón de Sudamérica, siempre que no se pelearan los
perros o que los parrikens dieran la nota con alguna cochinada.
Bongard se deshizo finalmente de los perros y empezó a dejar sin
comer a los parrikens que culearan en público o mearan en el estanque.
Repartió un poncho boliviano a cada uno, para remediar su manía
de soltarse el quillango en el momento menos pensado. Los parrikens
ya no se pasaban las horas tirados. El espectáculo fue mejorando,
hasta que un día Bongard consiguió que los propios caníbales atendieran
las mesas con sus ponchos bolivianos. Pero ya nada alcanzaba para
competir con las funciones de teatro, los desfiles de modelos,
los números de acrobacia y los concursos de orquídeas que se ofrecían
en los demás pabellones. Una tarde tocó la banda del acorazado
Dugueselin y el francés descubrió que sus mesas estaban vacías. Mientras
los fuegos artificiales reventaban el cielo y llenaban de horror
a sus artistas, Alain Bongard decidió que había llegado la hora
de buscar nuevos rumbos. Dedicó una mirada final a su glorieta
celeste y se largó para siempre.
Al día siguiente, el negro del Café Chaumontel esperó inútilmente
a sus enemigos. La Exposición duró hasta el otoño y a su término
se desarmaron los pabellones y se perdió todo rastro de los parrikens.
Al poco tiempo fueron vistos en el puerto de Vigo. Habían oído
que para llegar a su isla era preciso viajar a Montevideo. Se
pasaban el día en el muelle, por si alguien quería llevarlos.
Cuando atracaba algún barco, una mujer se apartaba del grupo y
preguntaba con indecible dulzura: "¿Muntivideu?"
Los criadores tenían sus propias ideas sobre el tipo de ovejas
que requería Sudamérica. Ante todo, se proponían trasladar las
virtudes de la oveja europea a sus salvajes productos malvineros.
Así compraron una gran variedad de carneros que nunca se aclimataron:
no pasaba semana sin que algún padrillo vistoso bajara meneando
el culo por la planchada. El más célebre de todos fue Tiberio,
hijo de Mameluke y Pretty Maid y nativo del condado de Wesley.
Aunque llegó con varios kilos de menos, los entendidos le vieron
todas las condiciones impuestas por el Manual del Ovejero a un
padrillo superior: porte aplomado, cabeza con pelo fino, cuello
imbatible, patas abiertas, lomo generoso y prometedores testículos
.
Los dominios de Tiberio iban desde la cordillera hasta el mar.
Al cabo del tiempo, aquel sitio contaría con embarcadero privado
y un ferrocarril hasta el Atlántico. Tendría también unos imponentes
galpones de esquila y más adelante vendría el teléfono y un convertible
Panhard Levassor que brillaría todas las tardes junto al invernadero.
Pero hasta entonces sólo había dos millones de hectáreas con aquellas
ordinarias ovejas que clamaban por buenos padrillos.
Se llamaba Quartermaster. En setiembre, cuando los gansos negros
entraban en celo, era el mejor lugar de la isla. Los parrikens
partían por las colinas en busca de pájaros, como espíritus mañaneros
entre la bruma. Nadie sabía muy bien adónde se dirigían. Para
el otoño volverían mucho más gordos, con sus collares de huesos
de benteveo. Los de collares más largos serían los más gordos
de todos y algunos traerían collares de cuatro vueltas.
Sus encuentros con los criadores todavía eran pacíficos. Los criadores
parecían inquietos por la soberbia con que cruzaban sus campos.
Los parrikens se veían pasmosamente serenos y tenían una mirada
que corría por el cuello.
Empezó a crecer la sospecha de que el negocio caminaría mejor
con la isla desocupada. Los criadores finalmente se preocuparon
por aquellas figuras que transitaban a peligrosa distancia de
los carneros. Por el momento, los parrikens sólo iban tras los
guanacos, que bajaban hacia la costa en invierno y volvían a la
montaña en verano. Eran demasiados guanacos para la paciencia
de los criadores, cansados de lidiar con los alambres tumbados
y la voracidad de aquellas criaturas. Cuando sacaron la cuenta
del pasto que consumían, redoblaron sus esfuerzos para eliminarlos
y pronto las enormes manadas dejaron sus campos y se perdieron
en la Cordillera del Humo.
Los problemas empezaron al poco tiempo. Los parrikens se comieron
un padrillo Rambouillet y colgaron la cabeza en un alambrado.
Su dueño se lanzó tras ellos y esa misma noche, mientras los bandidos
roncaban, pudo meterles sus perros adentro del kauwi. Estos pusieron
tanto entusiasmo que el dueño del Rambouillet no debió gastar
ni una bala. Pero una semana después aparecieron trescientas ovejas
desgarronadas. Estas cosas se hicieron costumbre. El Grisú vibraba
de historias: alguien había dejado en la costa una vaca marina
adobada con cianuro y los parientes de los finados, como desquite,
le robaron quinientas ovejas y les rompieron las patas. Un parroquiano
enseñó varias fotos que mostraban a los parrikens en plena comilona
sobre una ballena varada. Al parecer la fiesta llevaba unos días,
pues muchos dormían cómodamente entre los pliegues de grasa mientras
otros se alejaban cargados de carne. Un tipo llevaba un pedazo
de lomo sobre los hombros, con la cabeza asomada por un agujero.
Otra foto dejaba ver a dos parrikens boca abajo, comiéndose la
ballena entre un enjambre de perros.
Ya no se ahorraban palabras sobre la falta de devoción, la
estupidez y el desapego al trabajo de aquella gente. Los armadores
ingleses sacaron a relucir otro asunto: toda la isla era un nido
de vulgares rateros de playa. Denunciaron sus costas como las
peores del mundo y los aseguradores doblaron las primas. El caso
del Talismán vino a confirmar este punto. Dos sobrevivientes del
naufragio cayeron en manos de los parrikens. La policía de Río
Agrio halló una tarde a las víctimas en la Ensenada del Negro.
Sólo uno estaba con vida. Los parrikens le habían cortado los
labios.
Con la misma elocuencia que usaban para lamentarse por la crueldad
del clima, la ruindad del suelo, el abandono oficial y la falta
de créditos, los ovejeros pidieron que los parrikens fueran declarados
Calamidad Nacional. Pero su tono quejoso había cambiado. Mandaron
una advertencia al gobierno. Mientras los parrikens siguieran
allí, era de balde que se hablara de paz y progreso.
Bueno: la isla se llenó de fantasmas. Cada tanto, algún forastero
preguntaba por ellos. Periodistas, profesores de historia, gente
por el estilo. Querían averiguar la suerte de Camilena Kippa y
de Tatesh Wulaspaia, mientras tomaban toda clase de notas acerca
de los misioneros de Abingdon o de Beltrán Monasterio. Pero su
principal objetivo era la matanza de Lackawana. Muchos los escuchaban
incrédulamente, convencidos de que a las víctimas se las había
llevado la gripe o sus propias desavenencias. Sostenían que Camilena
Kippa sobrevivía en una caleta perdida junto a un hombre treinta
años más joven. Pero todo era bastante difuso y los forasteros
terminaban el día comiendo una fritada en el Grisú, en compañía
de algún comedido que los llevaría hasta Lackawana.

Camilena Kippa con su madre
La bahía quedaba cerca de Río Agrio y sus visitantes siempre
llegaban con tiempo para ver la bajamar. Había veinte metros de
diferencia entre marea y marea y durante el reflujo Lackawana
se transformaba en un sitio extraño. El fondo del mar emergía
rápidamente y el agua retrocedía por canales profundos. Algunos
capitanes aprovechaban entonces para limpiar el casco y los barcos
tumbados en el barro parecían los restos de una tragedia. Con
un caballo habilidoso se podía llegar sin problemas hasta el islote
Grappler, pero convenía estar muy atento al bramido que anunciaba
el retorno del océano. En el pasado, este islote había sido el
rincón preferido de los lobos forasteros. Al empezar cada año,
los parrikens marchaban a Lackawana para su célebre cacería. Mucha
gente aseguraba que Thomas Jeremy Larch los había agarrado en
este sitio.
De vez en cuando estallaba la polémica. Por algunas semanas,
Los diarios metían bastante ruido. Durante uno de aquellos bochinches,
un cura piadoso escribió a Buenos Aires: "¿De qué sirve remover
todo esto? Ya no resucitaremos a los pobres desgraciados. Y aquellos
que los mataron ya no están entre nosotros, pero ahora convivimos
con sus descendientes. Querido padre: no le temo a la verdad.
Pero prefiero decirla entre líneas, para no faltar a la caridad".
Durante la temporada de esquila, Los criadores triplicaban
su gente. Los fondeaderos se llenaban de cargueros matriculados
en Liverpool. También recibían curiosas visitas, como una goleta
fletada para estudiar el paso de Venus o alguna goleta polar que
huía del pack. El Grisú desbordaba de capitanes gritones que organizaban
almuerzos a bordo. Sólo así alguien podía salvarse del capón a
la parrilla o del infaltable puchero de oveja, a cambio de un
Irish stew o de un Foie de mouton sauce bordelaise. Los capitanes de Liverpool daban pequeños paseos en break hasta Punta de los Apuros. Allí había un torrero con quien charlaban
un rato. Este jamás olvidaba mostrar su trofeo: un reloj con dedicatoria
del Almirantazgo Británico por sus servicios a los barcos procedentes
del Pacífico.
Punta de los Apuros era un paraje siniestro. A lo largo de medio
siglo el torrero había sido testigo de incontables desgracias
que se obstinaban en hacerle recordar. Ahora estaba achacoso y
ya no servía para ese trabajo. Subía despacio par la escalera,
mientras la marejada castigaba su faro amenazando con arrancarlo.
En los contados días sin viento el viejo sacaba una silla al balcón
y daba unos cabezazos al sol. A través del estrecho se divisaba
la Isla de la Mujer y las lanchas a vapor que acechaban a los
veleros. Con tiempo calmo, estos veleros eran arrastrados por
la correntada y únicamente las lanchas podían zafarlos.
Pero la tarifa de los lancheros era extorsiva y los capitanes
tozudos terminaban sobre las rocas. Desde el faro reververaban
los techos de Río Agrio y el imponente contorno del islote Grappler.
El torrero había contemplado este panorama millones de veces,
pero nada sabía de una matanza.
A menudo, en mitad de la noche, era sacudido par los chorlitos
que se estrellaban contra los cristales. Odiaba estos despertares,
porque no hay escena más lúgubre que una tormenta nocturna contemplada
desde la torre de un faro. Pero igual se levantaba, por si la
nubazón ya cubría la linterna. En tal caso no volvía a la cama.
Ponía la pava en el fuego y sorbía un mate tras otro. Su mayor
obsesión era ésta: que la luz matinal le trajera la imagen de
un barco sobre la costa, destrozado por culpa de su faro del carajo.
Alguna gente palidecía al saber que Thomas Jeremy Larch seguía
en la isla, rozagante como un muchacho. A tantos años del episodio
de Lackawana, aún vivía en Río Agrio el matador de parrikens.
Cualquiera podía topárselo par la playa, donde solía pasear con
su perro en los días serenos.
Su mucamo parriken los vigilaba desde la casa mientras pasaba
el plumero. Se llamaba Beltrán Monasterio. A veces dormitaban
los tres en la galería, pero las caminatas sobre la costa estaban
reservadas al perro.
Decían que Beltrán había sido criado por Larch y que se había
vuelto tan fino como un camarero de la Kosmos Li'~e. Era uno de los pocos ejemplares auténticos que aún quedaban en
la isla. Los invitados aprovechaban para estudiarlo a sus anchas
cuando servía la mesa. Beltrán vivía orgulloso de su peinado impecable
y de su cardigan ajustado. Pero los forasteros parecían esperar
otra cosa del último parriken. Cada tanto lo ponían a prueba.
Una vez Larch le rogó que bajara la calavera del aparador, que
tenía junta a sus descoloridos diplomas del British Museum y de la National Geographic. Todos apostaron que Beltrán perdería el aplomo, pero éste agarró
el cráneo tranquilamente, le pasó una gamuza y lo entregó con
delicadeza. El cráneo llevaba una etiqueta pegada: "Tatesh Wulaspaia.
Recuerdo de Lackawana".
Cuando Larch estaba en vena era capaz de seducir a cualquiera
con sus historias del archipiélago. Si alguien pretendía escarbar
su pasado, el propio Larch le facilitaba la cosa con un prolijo
resumen de las fábulas en boga. A través de su boca, la leyenda
negra sonaba ridícula. No daba el tipo de matador. Y sin embargo,
jamás conseguía desvirtuarla del todo. Con el tono reprimido y
suave de algunos tipos violentos, por momentos parecía resuelto
a defender su mala fama. Pero la noche no transcurría en vano
y después de caer en contradicciones flagrantes, iba perdiendo
su aureola y al final sólo quedaba como un viejo macaneador.
Para sus dos vecinos más próximos era solamente un buen compañero
de pesca. Vivían al otro lado del río y admiraban a Larch por
cosas tan simples como su pericia para caminar por la orilla sin
que las truchas lo vieran. Daban por hecho que a los ochenta un
hombre había purgado sus culpas y se había ganado el derecho a
que nadie lo jodiera. El inglés disponía de mucho talento para
tratar con los perros o para tasar de un vistazo una hebra de
lana, de modo que disfrutaban charlando sobre carnadas y ovejas
con una botella en el medio. En cuanto a Beltrán Monasterio, no
le prestaban mayor atención que al zumbido del viento y sólo se
acordaban de él poco antes de retirarse, cuando era preciso llevar
al viejo a la cama. Luego Beltrán se metía en su pieza. Tenía
prohibido tirarse en el piso, de modo que dormía en un catre tendido
con un sobado quillango. Se acostaba vestido y permanecía de espaldas,
con los ojos clavados en el tragaluz. En otros tiempos solía despertarse
en el suelo. Pero ahora tenía un perfecto dominio y ya no le importaba
dormir en lo alto. Sobre el tragaluz se juntaba la nieve. Muchas
veces, a través de los vidrios, veía pasar sus recuerdos. Por
ejemplo, su madre corriendo a los perros mientras se doraba la
carne, o el estrépito de una fogata al revivir en la noche. El
fuego se consumía con ramas muy pobres que debían reponer todo
el tiempo, hasta que repuntaba de pronto encandilando a la gente.
Había un boquete encima del fuego. Cuando empezaba la nieve, Beltrán
miraba los copos que se metían adentro. A menudo resultaba difícil
ubicarse junto a las llamas, pero cuando alguien conseguía un
buen sitio lo dejaban tranquilo. Durante la noche podían pasar
otras cosas. Era normal despertarse con hambre y salir por un
pedazo de carne para poner en el fuego. La carne pendía de un
árbol y cualquiera podía servirse. Otras noches eran muy plácidas
y caía mansamente la nieve y los copos entraban por el boquete
y flotaban sobre el rescoldo.