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“Un instante cualquiera
es más profundo y diverso que el mar”.
Jorge Luis Borges,
1964, II.
Se desviste lentamente. Acomoda con cuidado
la ropa sobre el banco que se extiende a un costado, del otro lado de la pasarela
de madera. Respira con calma, con seguridad, con cierta velada satisfacción
curiosa, casi estudiada, como si la hubiese practicado en mil oportunidades similares
durante mucho tiempo antes de este momento. Pero internamente sabe que este momento
es único, total; sabe que después ya no habrá momentos así, sino
una sola y pura continuidad de silencios e imágenes desfilando a sus costados
en cámara lenta. Sabe que toda su vida va a sintetizarse allí, justamente
allí, en ese lugar y en ese momento, a los ojos de todos. Tal vez por eso la
lentitud de sus movimientos, el silencio coreado desde las tribunas, la calma, la
visible seguridad que irradia su cuerpo al doblar la ropa y colocarla sobre el banco
de madera del costado. Sí, tal vez por eso la lentitud, aunque también
desea que ya todo hubiese terminado, que ya todo hubiese pasado para siempre, que
ya todo hubiese quedado atrás, en la distancia del recuerdo y la evocación
ocasional de alguna tarde junto al fuego o de una foto desteñida y marchita.
Quizás por eso también cierra los ojos lentamente, como si fuese lo último
que hace en vida. Y quizás por eso también es que espera lenta, calmosamente,
como si estuviese aletargado, encerrado en un capullo sobre el piso naranja. Con
los ojos cerrados y el cuerpo lustroso y laxo bajo el sol del estadio.
–¡Papá!ó el grito quedó flotando en la siesta, a un costado de
los árboles–. ¡Papá, quiero ser corredor!
Un poco más allá, bajo la sombra providencial de un paraíso, el padre
escudriñaba el horizonte. La experiencia de años le decía que pronto
habría agua. Y mucha. El cielo se mostraba oscuro hacia el norte y estaba pesado
desde hacía algunos días. Además, andaban por allí los aguaciles,
las chicharras. Y los gritos del muchacho, que corría de un lado a otro durante
todo el día. Y sí, tenía que llover nomás. Aunque más no
sea para detener esas carreras monótonas y cansadoras, incluso para él,
que sólo miraba desde bajo esa sombra tupida y fresca del paraíso.
"...edor", alcanzó a oír nuevamente, cuando el muchacho lo sintió
al alcance de una reiteración de la frase. El estribillo consabido se perdió
pronto cuando el muchacho continuó la marcha uniforme ócomo el calor, como
la siesta, como la tierra que se extendía infinita y tersa hasta el horizonteó,
dando vueltas al potrero, levantando nubecitas de polvo con cada nueva zancada ágil,
veloz, elástica. Le brillaba el cuerpo de vez en cuando, cuando el sol le daba
de refilón en la espalda sudada, en medio de una curva o en la recta del otro
lado del alambrado.
Se había quedado pensando el viejo. ¡Corredor!... Pero si era cosa de broma.
¿Y cómo se le habría ocurrido? ¡Y allí, en el campo, carajo!
Pero si parecía una cargada del mocoso... Corriendo al pedo todo el día,
esquivando las vacas, saltando los alambres enrollados sobre el suelo –¡bien
podía colocarlos de una vez por todas en los postes en lugar de esquivarlos!–,
remojándose cada tanto en el tonel cortado por la mitad que se apoyaba manso
contra la pared del establo.
La voz lo alcanzó de lleno otra vez. La dejó pasar, como a las otras, como
hacía todos los días desde aquel no tan lejano que lo había agarrado
de sorpresa el primer grito sonriente del muchacho diciendo que lo que deseaba ser.
¡Qué diablos! Lo que menos podía esperarse.
Como siempre, aquel día hizo como que no lo escuchaba, como si la voz hubiese
ido para otro lado, y se concentró en lo primero que se le presentó a la
vista. La tormenta del norte. Sí. Tenía que venir el agua nomás, en
cualquier momento. Hasta los pájaros ya andaban con el pico abierto por allí
pidiendo agua en silencio. ¡Corredor!...
(Cierra los ojos para concentrarse, no para mostrar temor o abandono. Sólo
para concentrarse, para estudiar palmo a palmo lo que hará durante los próximos
diez segundos, para analizar el suelo milímetro a milímetro, pulgada por
pulgada, para que después, cuando sólo él cuente, nada pueda detenerlo.
Cierra los ojos para oírse a sí mismo por dentro, desde adentro, para adentro.
Cierra los ojos para poder mirar mejor luego hacia afuera, cuando los diez segundos
estén lanzados al espacio y él sea sólo uno más de los siete
en línea, con la misma meta, con el mismo suelo, con las mismas alas en los
pies. Cierra los ojos para escuchar su propio corazón y su respiración
tranquila, para sentirse antes del esfuerzo, para probarse y convencerse nuevamente,
una vez más, de que él puede, carajo, que nada malo puede pasar, que sólo
son diez segundos y que nada más importa, que sólo son él y seis tipos
más a los costados, pero nada más ni antes ni después: sólo el
instante, la certeza abismal y aterradora de ese instante que se estira como un elástico
hacia adelante, como en cámara lenta. Cierra los ojos y descansa la mente para
poder después utilizarla en el esfuerzo máximo, para poder apoyarse en
ella cuando sea necesario. Cierra los ojos para no mostrar, también, que el
temor un poco se le ha metido dentro, pero sólo un poco, como ocurre siempre
ante lo desconocido. Cierra los ojos para que la vista se le acostumbre más
rápido a esa oscuridad enceguecedora que le va a horadar las entrañas y
a destruirle los músculos durante diez contados segundos, como si fuese una
descarga eléctrica, como si fuese una explosión inaudible de luz en un
pasillo. Cierra los ojos para pensarse a sí mismo ya en movimiento, estudiando
los pasos y los giros de cintura, analizando hasta el límite de lo minucioso
el espacio que deben barrer los hombros en cada zancada, midiendo la inclinación
de todo su cuerpo, enfocando la meta cada vez más cerca. Cierra los ojos para
ver mejor la cinta cortante de ese horizonte ansiado desde siempre, durante años,
en cada entrenamiento, en cada etapa, en cada jornada de sudor y de dolor acrecentadas
por la espera infinita de una carrera final que no llegaba nunca, hasta el día
de la notificación por correo, el día del "sí, lo esperamos",
el día del comienzo del fin. Cierra los ojos porque sabe que después de
los diez segundos no habrá nada más, sólo oscuridad y palmoteos aislados
de un público que no comprende la verdad detrás de la máscara de los
músculos en tensión y el sudor manando como un grito del cuerpo torturado.
Cierra los ojos para no verse a sí mismo allí sobre la pista, sólo
en compañía, recorriendo la distancia prefijada a medida que su cuerpo
se va destruyendo, se va desarmando, se va desgajando con cada zancada. Cierra los
ojos para no ver la muerte reflejada en el rostro de los demás competidores).
El auto lo había dejado justo frente al edificio. Había alcanzado
a bajar la valija en el momento en que el vehículo arrancaba, mezclándose
con los otros, más veloces y más lentos, que destruían el silencio
del campo que había abandonado hacía solo un par de días y que aún
llevaba dentro de sí, como una marca imborrable.
"La ciudad es distinta" le habían dicho desde el primer día en
que expresó su deseo de entrenar "más en serio". Y allí,
de pié junto a su valija, había podido observar lo diferente que era, con
sus calles asfaltadas, los semáforos en las esquinas, las plazas con plantas
y flores pero sin paraísos. Incluso, allí mismo, delante de sí, leía
las diferencias entre uno y otro lugar en los rasgos de ese edificio centenario con
el nombre óy la categoría también, luego lo sabríaó escrito
en el mismo cemento con que fuera revocado.
En realidad, asistir a la escuela secundaria no había sido su ideal original,
pero sí, en cambio, había sido una premisa insospechada que su padre especificaría
al conseguir el dinero para dejarlo partir. "Y si no hay escuela tampoco hay
deporte" había sido más o menos el tipo y el tono de la frase paterna,
que aún merodeaba por alguna parte de su cabeza cuando bajó del auto allí,
justo frente a lo que desde ese día sería su nuevo hogar: la escuela en
donde estaría interno mientras durasen los estudios.
Había entrado en la penumbra del hall, donde vio a un grupo de chicos que lo
observaba con curiosidad y diversión al mismo tiempo. A poco de estar allí
parado, un tanto desorientado, había llegado un señor que lo condujo a
una oficina cercana, donde había tenido que dar sus datos y esperar hasta que
la empleada óesa rubia, que sería su primer "gran amor" de los
catorce años, expresado mudamente en las estudiadas miradas de los recreosó
encontrase la inscripción realizada con antelación por su tío, ese
que vivía allí mismo, en la ciudad grande y con mucho humo.
La vida nueva comenzaba. Y con ella, las matemáticas que al final no le entrarían
en la cabeza y las letras que sí; las corridas de los recreos, en derredor del
patio central, y luego, cuando él se lo dijo al profesor de gimnasia, afuera,
en el parque de a tres cuadras más al oeste. Y, después, llegaría
también la época del aparatito ese que tenía una aguja que se movía
muy rápido, y que marcaba el tiempo justo que él hacía y que cada
día era una rayita menos.
El tiempo transcurrido en un segundo puede ser una eternidad, todo depende
de cuál es el punto de comparación. Eso es justamente lo que experimenta
en éstos momentos, con los ojos cerrados y su cerebro proyectándole miles
de imágenes facetadas, retazos de información, secuencias de su vida ósu
propia vidaó. Y los ojos cerrados son la señal que necesita, son e aliciente
final, lo último antes del fin. Así lo había pensado y así se
lo habían hecho saber años después los entrenadores, cuando luego
de la escuela y los estudios se quedó allí, a probar suerte, en la ciudad.
"Nada es fácil, muchacho", habían comenzado a decirle. "Pero
lo que es más difícil, lo que más desgasta y que nadie parece comprender,
son los últimos segundos de lucidez antes del final, en la llegada. Esos son
los instantes finales de la vida. Lo que viene después, si hay después,
es otra cosa, totalmente diferente. Otra vida". Y él lo había aprendido
así, con los ojos cerrados y la concentración máxima. Ahora cada músculo
está en su lugar, cada respiración lo alimenta como debe ser, cada secuencia
de su vida se estira en el cerebro como una banda elástica y esponjosa, un trozo
de espuma informe sobre el que ráudamente desfilan, proyectadas, las imágenes
tantas veces sentidas y vividas. Esa que ve allí, detrás de los párpados,
es su otra vida. Ya no es la que vive ahora, sentado al lado de la pista, porque
él ahora ya está del otro lado, casi en la meta. Ya no puede detenerse,
ya no puede regresar al pasado de entrenamientos y esfuerzos. Ahora, mientras comienza
a mover con lentitud los brazos y las piernas, mientras se levanta con suavidad del
banco para precalentar, siente por dentro que está inmerso en un movimiento
ajeno a su persona, en algo que parece comandarlo desde afuera, en algo que, paradojalmente,
ya está realizado de antemano. Es como si fuese a recorrer nuevamente la pista,
ahora en cámara lenta, para que otros detrás de paneles vidriados puedan
verlo deslizarse suavemente a través del plástico solado naranja hasta
el final de su agonía. Distiende un poco más los músculos de las piernas,
del torso, de los brazos. Poco a poco percibe cómo va entrando en esa zona curiosa
de lucidez adormecida, ese lugar atemporal en donde la vida son sólo diez segundos
escasos, en donde el nacimiento es un disparo y la muerte inevitable, segura, eterna
como la misma carrera, está marcada por un horizonte extendido a la altura del
pecho.
–¿Pero cómo?... ¿De verdad?
–Sí.
–No puede ser. ¡Virgen! Pero estamos en la colimba, viejo. ¡En la co -
lim - ba! ¡Qué pelotudo!
Con una sonrisa entre infantil y nerviosa el otro contestó:
–Es cierto. ¿Qué querés que te diga? Es cierto. Punto.
Podía evidenciarse cierta molestia en su rostro. El otro guardó silencio.
Un sargento pasó a un costado y ambos permanecieron quietos. Sólo el saludo
de rigor y nada más. Podían ponerlos a cebar mate si alguno andaba por
allí con el berretín de tomar unos amargos. Cuando la sombra del sargento
desapareció en un cono de luz, en la otra punta del salón, la charla se
reanudó en otro momento, como si la secuencia que la sustentaba hubiese seguido
deslizándose en silencio durante los segundos de mutismo forzoso:
–Y vos no... ¿No querés?
–Lógico que sí. ¿O me tomaste pro boludo? Lerdo sí, boludo no,
viejo.
–A lo mejor podemos arreglar entoncesó la voz se mantenía baja, casi un
murmullo. Y agregó–: conozco una mina, allá afuera. Es flaca, pero
El sargento ótal vez otroó nuevamente aparece en el cono de luz. La conversación
se detiene, expectante. El sargento también, y grita:
–¡A ver, ustedes! Pongan la pava para unos amargos.
Los músculos se entibian poco a poco. Los movimientos son ahora un tanto
más rápidos que al comienzo. Parecería que todo se fuese acelerando,
desde los espectadores a los jueces y los corredores, sus compañeros de lucha.
Todos viven más rápidamente los últimos instantes. Él ya a abierto
los ojos y escruta su cuerpo, sus movimientos, la pista óesa línea ligeramente
curvada de color naranja, que lo llevará hacia su propia destrucción en
contados diez segundosó, las tribunas a los lados, señalando el vórtice
de fuego de la llegada, allá a lo lejos, a cien metros de distancia. Siente
la orden dada por los altavoces y sabe entonces, recién en ese momento, como
una de esas verdades que durante años nos rondan y que solamente en un instante
determinado se dejan ver, cobrando vida, de una vez y para siempre, a la luz del
intelecto, que comienza a precipitarse hacia el fondo de un pozo, hacia los últimos
instantes de vida. Mira rápidamente hacia arriba, hacia ese cielo soleado que
resplandece como nunca antes, dándole marco al estadio, y se siente pequeño
y débil ante un poder que lo sobrepasa, ante algo misterioso que lo trasciende
como ser humano. Allí, en él, en la pista, en el estadio, en el espacio,
hay algo de infinito, algo de eterno. Es como si todo su ser no fuese más que
una continuidad de algo mayor, de algo turbadoramente mayor que lo alberga óque
lo a albergado desde siempreó, y que ahora se dispone a despedirlo como a una
saeta hacia adelante, solo como los otros seis que lo acompañarán, hacia
la muerte disfrazada de sintética pista naranja. Siente nuevamente en sus oídos
el retumbar lento de la orden dada por los altavoces, siente cómo sus propias
piernas lo llevan hacia el lugar previamente estipulado de la pista, en el carril
cuatro, siente como un sordo fragor fluctuante se eleva del público en el estadio,
siente a sus compañeros de muerte hacer sus mismos movimientos, tener sus mismos
pensamientos, las mismas esperanzas.
Había entrado con paso seguro por el pasillo y había doblado a la
derecha como le indicaron en la puerta de acceso. Allí estaba el gran espacio
cubierto, iluminado por el sol a través de los grandes paneles vidriados de
las paredes. Y allí estaban, también, las personas con las que debía
hablar.
–Nada es fácil, muchachoó le dijeron en cuanto se acercó al grupo
a exponer sus motivos, como queriendo primeriarlo con el impacto del temor o como
buscando hacerle entender que se embarcaba en una carrera de muerte y gloria, de
destrucción física y felicidad contenida que sólo era para unos pocos
elegidos, no para cualquiera.
Después, cuando ya habían visto las pruebas, cuando ya habían tomado
sus tiempos, un poco con desgano, displicentemente, como para dar por cumplido un
trámite estúpido del Club para con los recién llegados, le dijeron
lo otro, eso que se le grabaría en la cabeza hasta el final: "Pero lo más
difícil, lo que más desgasta y que nadie parece comprender, son los últimos
segundos de lucidez antes del final, en la llegada. Esos son los instantes finales
de la vida. Lo que viene después, si hay después, es otra cosa, totalmente
diferente. Otra vida".
Ocupa su lugar lentamente, tan lentamente como hace sólo instantes se
ha desvestido. Se inclina cuando escucha el retumbar de los altavoces y nuevamente
cierra los ojos para no ver al público que se para sobre las gradas, expectante
y ansioso por ver correr las sangre sobre el naranja de la pista, ante la inminente
largada. Espera. Suavemente levanta, despega sus manos del piso, dejando sólo
apoyadas las yemas gastadas de sus dedos. ¿Cuántas veces ha hecho lo mismo?
Sus músculos, calientes, se tensan con el movimiento. ¿Cuántas? Siente
q
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