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"La ciudad es
un témpano del cual las nueve décimas partes están escondidas.
Y la parte visible es diferente para cada viajero...".
Eduardo Abel Giménez,
Quiramir.
Seguramente existen varias formas de entrar, varias puertas de acceso. Yo solamente
conozco una, la puerta por la que entré hace ya varios años. La elección
fue casual o causal, no lo sé; cuando llegué a los bordes de la muralla
descubrí la puerta en ella, una pesada y gigantesca puerta de madera con refuerzos
de bronce. La sombra de las murallas se extendía tras de mí muchos cientos
de metros, hasta las rocas y los primeros vestigios del desierto.
Tuve que golpear la puerta varias veces, durante muchos días. El sonido no llegaba
fácilmente al interior de la Ciudad o, si llegaba, en el mejor de los casos,
se perdía o confundía con los sonidos cotidianos, los ruidos de las calles,
los mugidos de los animales o la música misma de la Ciudad. Por ello, luego
supe, son pocos los extranjeros que acceden a la Ciudad. Menos aún los que logran
entrar, atravesando los muros de piedra que la enmarcan y que, en cierta medida,
le dan ese preciado aire de misterio que generación tras generación ha
embelesado nuestros oídos en las reuniones junto al fuego.
Muchas son las historias de la Ciudad, muchas son las que se cuentan, las que se
tejen y destejen una y otra vez, todas igualmente válidas, reales y ficticias,
depende del narrador o del oyente o de ambos a la vez. También son muchos los
narradores y los oyentes, por lo que se hace difícil en ocasiones determinar
el grado de verismo o falsedad que hay en cada aseveración. También son
muchos los lugares en donde se ubica, en esos interminables conciliábulos junto
al fuego, a la Ciudad. Por ello es que, sin duda alguna, tan pocos viajeros la encuentran.
Algunos la señalan como el Centro del Mundo, materializado en los blancos minaretes;
ortos, en medio de impenetrables selvas vírgenes, en lugares confusos e insospechados;
muchos (los menos), en un vuelo de apasionada filosofía pretenden convencer
a los oyentes de que la Ciudad es el núcleo del Universo; algunos pocos (menos
que los anteriores), la señalan, sin especificar qué clase de vida, como
el punto de partida y de llegada de la vida, y por lo mismo no se ocupan demasiado
en buscarla: tarde o temprano llegarán a ella por la puerta grande. También
existen otros ósupongoó que como yo la encuentran en medio de un desierto
de sal y arena, erigiéndose como una montaña blanca a la luz del sol. Muchos
otros dudan de su existencia y hasta tratan de desmitificar lo que, evidentemente,
ellos mismos mistifican. Con tantas posturas y variantes se hace difícil buscar
la Ciudad. Yo mismo, que errante y vagabundo la ansié durante años, soñándola
a cada instante de las formas más dispares, la descubrí porque sí
cuando ya abandonaba toda esperanza y me entregaba al candente desierto de sal y
arena en el que me había perdido. Sin duda son muchas las historias, tantas
como aventureros, narradores y oyentes hay por allí, tantas como la imaginación
pueda elaborar. Como son todas igualmente ciertas y ficticias (he oído decir
por allí que algunos la encontraron buscando la causa primera, otros que buscándose
a sí mismos) no puedo asegurar qué rama primera en mi historia, en mi particular
visión de la historia de la Ciudad, pero sí puedo asegurar que la he hallado,
solitaria y blanca, en medio de la planicie salitrosa de un desierto de arena y viento.
La primera imagen que tuve al llegar a las murallas (es decir, antes, pues las murallas
que rodean a la Ciudad son muy altas e infranqueables y no dejan ver todo lo que
la Ciudad es), es la de un gigantesco helado de crema, extrañamente rígido
ante los continuos y desgastantes embates de los rayos solares. Es cierto también
que no puede ser vista con detenimiento, pues el brillo excesivo daña los ojos
de los no avezados.
Lentamente, a través de sinuosidades en espiral (luego supe que eran las calles
de la Ciudad), la vista iba subiendo, subiendo, ascendiendo en esa pirámide
de espuma, subiendo hasta una altura difícil de calcular, una altura alucinante
sobre la que se alza, majestuoso e imponente, el Torreón Mayor, desde el cual,
seguramente, se abarca la totalidad de la Ciudad y el vasto panorama del desierto
sin límites que la rodea. Digo seguramente porque nunca, aún, he llegado
hasta él. En realidad creo que nadie ha podido llegar y, si lo han hecho, no
han regresado para contarlo, o regresaron y no saben describirlo. Además, todo
lo que cuento es puramente experiencia personal, por lo que no debe creerse mucho.
Junto con la música, en la Ciudad se escuchan el rumiar o el mugir de los animales
que, libremente, se pasean por las calles y plazas. También se escuchan voces
humanas o cánticos entre los edificios, y por momentos es tan perfecta la armonía
reinante que pienso que todo es una gran melodía cósmica, desde los mugidos
las voces y a las tormentas.
La Ciudad es compleja en su arquitectura. Compleja y blanca, sus dos características
principales, saltan a la vista del extranjero cuando llega. De una blancura exquisita,
propia de las construcciones que enmarcan al Mediterráneo, de una complejidad
total, propia de los laberintos más arduos de recorrer, más arduos de comprender.
En realidad, tratar de comprender a la Ciudad es como querer descubrir de un plumazo
la Causa Eficiente o el porqué del Universo; una utopía en otras palabras.
Si algo he aprendido en éstos años de vida en la Ciudad ha sido justamente
que la Ciudad no se comprende, no solamente por su complejidad, sino también
porque es literalmente incomprensible: la Ciudad simplemente es, nada más.
Es, como muchos quisieron probar en su momento, existencia pura y, al parecer, sin
causa primera ni última. Es presente, aunque otros muchos se hayan empecinado
en hablar de su nebuloso pasado y de su promisorio futuro.
Para mí, un tanto alejado y ajeno a los vericuetos metafísicos, la Ciudad
es lo que es porque sí, sin más explicaciones o dudas extrañas.
No podría, por lo demás, buscar otra verdad que esa, pues me es imposible
hallar algo más que lo que mis sentidos me dicen. Ellos me muestran el blanco
de los muros, la piedra de las callejuelas, la madera de las aberturas. Con ello
me basta para comprender lo indispensable de la Ciudad.
Su geometría es exasperante; arduamente exasperante. Detrás de cada puerta
óme dijeronó hay una plazoleta con una fuente en su centro. La plazoleta,
informe, no reviste complejidad alguna en sí misma, pero sirve de antesala a
una complejidad creciente, que comienza en cuanto el caminante penetra en alguna
de las numerosas callejas que dan a la plazoleta y la fuente.
En la fuente hay permanentemente un chorrito de agua que sube, vertical, y cae en
forma de lluvia. En ella pueden beber los hombres y los animales. Las mujeres, a
las que he visto en poca cantidad, no tienen acceso a las fuentes y solamente pueden
beber de los cántaros que llevan algunos hombres. No sé por qué esto
es así, pero es una de las realidades de la Ciudad, a las que el recién
llegado se ve confrontado: los estamentos sociales, las castas, las clases dentro
de la Ciudad, son tan complejas y tan rígidas o fluctuantes como la Ciudad misma.
Un "desorden organizado" al decir de un caminante al que encontré,
hace algunos años, mientras bebía de una fuente para refrescarme.
Al tiempo de haber ingresado a la Ciudad descubrí, por suerte, que las fuentes
no solamente se ubicaban detrás de las puertas de acceso, como me contaron,
sino que también había en otras plazas, pequeñas e irregulares como
las anteriores, que manchaban cada tanto la fisonomía laberíntica y blanca
de la Ciudad, como para descansar la vista y el cuerpo después de los arduos
caminos por los que se vagabundeaba.
Muchos de los que llegan a la Ciudad lo hacen buscando su centro: el Torreón
Mayor. Dicen que allí está todo lo que se busca, todo lo que cada uno desea,
todas las cosas y todas las imágenes del Universo. Dicen también que allí
está el nacimiento y la muerte, el bien y el mal, el blanco y el negro, y así
sucesivamente, todos los antagonismos, todos los opuestos posibles, que significan,
en otras palabras, todas las coincidencias, fusionadas en una gran síntesis.
(Después de todo, tal vez no estén tan errados aquellos que en las noches
de frío junto al fuego relatan que la Ciudad es el principio y fin de todas
las cosas).
Digo esto con dudas, puesto que nunca he llegado al Torreón Mayor, y ni tan
siquiera a sus cercanías. A pesar de llevar varios años en la Ciudad, en
continua búsqueda del centro luminoso y refulgente en donde se halla óy
que en verdad esó el Torreón, no he podido aún alcanzarlo. Sin duda
las callejas constituyen por su número y configuración un laberinto blanco,
por el que se deslizan, presurosos o lentos, los habitantes y animales de la Ciudad,
en su eterna peregrinación hacia el centro.
No sé de nadie que haya llegado a é. Y si alguno lo ha logrado, seguramente
no ha vuelto: cuentan por allí que las delicias que se brindan en el Torreón
Mayor son tantas que el visitante enloquece de improviso e irremediablemente, y que
luego es devuelto a la Ciudad en ese estado de euforia y resignada concentración
que los caracteriza. No sé si esto es verdad, puesto que cuando paro a alguno
de éstos curiosos personajes óque no abundanó no sale de su mutismo
y, si lo hace, es para tararear canciones incomprensibles para el oído humano.
Queda, pues, la duda en pié.
Muchos otros no saben por qué han ido a la Ciudad. Algunos balbucean que "fueron
atraídos por el poder mágico de las murallas", otros que encontraron
"la puerta abierta" y que por ello entraron. Tan cierto y tan falso lo
uno como lo otro, yo tampoco sé a ciencia cierta por qué busqué la
Ciudad durante años. Ya hora que estoy en ella, dentro del damero laberíntico
de sus calles, comprendo que no puedo salir. Solamente tengo la posibilidad, remota,
vana, de llegar hasta el Torreón Mayor algún día y ver desde allí
la forma o el camino más corto para huir, pero si, como dicen por allí,
enloquezco de gozo y satisfacción antes, seguramente pasaré a engrosar
las filas de escuálidos alucinados por el resto de mis días.
Decir que la Ciudad es un laberinto, que es blanca, que es infinitamente grande como
el Universo o infinitamente pequeña como un átomo es tan cierto como falso.
La Ciudad, como todas las contradicciones latentes que posee, es para cada individuo
de una forma particular, es lo que cada uno quiere ver en ella. No sé cómo
ocurre esto, pero he advertido que cuando, por ejemplo, quiero llevar a alguien a
beber en una de las fuentes, huye despavorido entre las callejas gritando que he
querido romperle la cabeza contra un muro. Seguramente esto es cierto, porque yo
mismo he visto a algunos que beben óque hacen como que bebenó de muros
y pasillos, donde con toda seguridad no existe fuente alguna. Es por lo tanto una
Ciudad subjetiva: cada uno ve lo que desea, totalmente al margen de lo que ve el
otro. Tal vez por ello sea tan difícil llegar al Torreón Mayor a través
de las indicaciones de los demás: cada uno lo ve en distintos lugares, en distintos
puntos de la Ciudad al mismo tiempo. Y tal vez por lo mismo es que se han visto varias
puertas de acceso, aunque no sé con seguridad si el extraño poder alucinatorio
de la Ciudad llega al exterior de sus murallas. Tampoco sé si la Ciudad comienza
recién allí o si en realidad es infinita como dicen y todos estamos, de
alguna u otra manera, inmersos en ella.
Cuando tengo hambre basta con que desee hallar alguna fonda y, luego, con que encuentre
–previamente deseadas también– algunas rupias entre mis ropas. De esta sutil
y rápida manera logro saciar mis necesidades primarias. Con las mujeres no es
tan fácil, porque se deben desear muchos pequeños detalles, desde las uñas
de los pies hasta el largo y color del cabello. He descubierto que los a priori que
cada uno de nosotros tiene, que los conceptos, no tienen razón de ser en la
Ciudad: si el deseo de uno no es precisado con exactitud, se corre el serio riesgo
de engendrar óaunque momentáneamenteó alimentos incomibles o monstruosos
seres de sexo femenino que nos persiguen por las callejas, hasta que el deseo de
que desaparezcan es superior al apetito sexual. Conviene siempre para estos casos
desear rápidamente otra cosa, poner la mente en blanco o, lo que tal vez es
más fácil y lucrativo, desear siempre la misma mujer y los mismos alimentos:
con el correr del tiempo –de los años– se hará tan perfecta la imagen que
de ellos tengamos que no será problema desearlos en cualquier momento y lugar.
Como decía, es peligroso desear las cosas solamente a través de conceptos,
como si fueran abstracciones. La palabra "comida" o la palabra "mujer",
si bien para mí tienen un significado relativamente preciso, con claras connotaciones,
para la Ciudad puede significar muchas otras cosas, que difieren substancialmente
de mis pensamientos. A pesar de todo, esto no deja de tener cierto gusto artesanal
por parte de mí, ya que con toda meticulosidad y precisión debo pensar
qué es lo que realmente deseo en el momento justo.
A veces me pierdo entre las callejas ótodas iguales en su estructura, todas
turbadoramente igualesó y vago observando la mole sempiternamente blanca del
Torreón Mayor, que entonces hace las veces de imán y de oasis para los
que, como yo, no encuentran el significado de su vagabundear por la Ciudad. Al mirarlo
desde diferentes ángulos pierdo en ocasiones el sentido real de la distancia,
y no sé entonces si me acerco o si me alejo. Permanece como un turbador espejismo,
siempre en el horizonte y arriba, casi por sobre la Ciudad, a metros o a kilómetros
de distancia. (Por lo demás nunca he distinguido con precisión su en mis
caminatas, a lo largo de todos estos años, ha aumentado o disminuido su tamaño).
Creo en ocasiones, cuando la claustrofobia me acecha interiormente, que el Torreón
Mayor es una especie de Meca de Nuestros Sueños Mortales, una especie de Ideal
Supremo al que todos queremos llegar pero donde con toda seguridad nunca pondremos
pié. Y este pensamiento, como todas las cosas de la Ciudad, es tan cierto y
tan falso que no puede tener más valor que para mí.
Caminar por la Ciudad es recorrer callejas empedradas a las que se asoman ventanas
y plantas en macetas de tanto en tanto. Es recorrer los vericuetos de paredes blancas,
arribar a fuentes de vez en cuando, descubrir otras personas, más de vez en
cuando aún. Fundamentalmente, la Ciudad, además de otras muchas cosas,
inevitables y turbadoramente subjetivas, es camino, es recorrido, es tiempo: la Ciudad
va cobrando sentido en la medida en que el observador la transita por sus torturadas
callejuelas, por sus plazoletas, por sus fondas y fuentes. Yo, que hace años
que vago por la Ciudad, poco a poco creo descubrir un sentido oculto, algo subyacente
al devenir continuo del tiempo.
La Ciudad también es como un inmenso espejo, que refleja nuestros pensamientos
más profundos y contradictorios; tal vez por ello sus callejas tortuosas, tal
vez por eso lo estúpido y laberíntico de su conformación. Existen
en ella las cosas más inverosímiles y las más naturales; todo en un
gran y difuso manchón de intrincadas callejuelas, algunas que llevan a ninguna
parte (muros de piedra), otras que conducen seguramente al infinito (durante meses
seguí una de ellas, pero temiendo no poder regresar jamás si continuaba
en mi utópica pesquisa, volví sobre mis pasos; aún no sé con
certeza si he retornado, pues los paisajes de la Ciudad son cambiantes como los sueños,
y el camino por el que regresaba era diferente del anterior).
"Nadie se baña dos veces en el mismo río", nunca se puede pasar
en la Ciudad por el mismo lugar: todo cambia. Sólo se mantiene obsesivamente
constante el blanco de los muros y minaretes, el blanco purísimo del Torreón
Mayor.
En ocasiones creo entrever un sentido, algo misteriosamente oculto a los ojos de
los demás y que se me insinúa provocativamente a mí, solamente a mí.
Es como la música que se escucha de tanto en tanto por allí, y que sin
embargo nunca alcanzo: siempre permanece un poco más allá, como a la misma
distancia. Creo que la música es la arquitectura misma de la Ciudad que se ha
diluido en violines y chirridos, truenos y percusión. Es la voz de la Ciudad.
Cuando a veces me pongo a pensar (no siempre se puede en la Ciudad) creo que ella
es en realidad el reflejo vivo de nuestros sueños, que misteriosamente se materializan
entre sus callejas. Creo que es la ruptura del límite entre los reales y lo
imaginario para ser una sola cosa, ambas a la vez, coexistiendo fusionadas en un
único y portentoso organismo: la Ciudad. Creo que a pesar de estar confinada
entre murallas, internamente no posee límites, y que por lo tanto es tan vasta
y tan pequeña como el Universo. Creo que la Ciudad es la suma de todas las perspectivas
posibles, de todos los objetos vistos desde sus más variados ángulos, pero
percibidos solamente a través de un ojo único: el del caminante que recorre
año tras año las callejuelas de la Ciudad. (Esto es imposible, pero en
la aceptación de esa imposibilidad radica curiosamente lo real y trascendental
de la Ciudad). Creo que, de alguna manera, todos estamos en ella inmersos. Tú,
Lector, tú también estás aquí, lo quieras o no. Y si, como yo,
te preguntas algún día cómo salir de aquí, cómo escapar
al torturado damero de intrincadas callejuelas blancas por el que quemamos nuestras
vidas, te podría decir que sólo llegando al Torreón Mayor; pero también
te diría, en caso de que pretendas llegar a él, que yo lo deseo desde hace
años y que no he podido alcanzarlo, y también te diría que intuyo
otros Torreones Mayores, tantos como Ciudades o esperanzas existan. Creo finalmente,
Lector, que la Ciudad es muchas cosas, más de lo que mi imaginación pueda
elaborar, todas igualmente válidas, reales y ficticias, y que también,
de tanto ser cosas, es ninguna. Pero a pesar de ello, si persistes en tu intento,
yo te acompaño. No pierdo la esperanza de arribar algún día al Torreón
Mayor, y comprender entonces, de una vez y para siempre, la vastedad sin límites
de la Ciudad.
Santo Tomé, octubre de 1985.
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