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A Alejandro Antognazzi
Un día desapareció. Se
fue, se evaporó en el aire, se marchó. Sin una palabra, sin un gesto, sin
llevarse sus cosas, sus libros, sus ropas, sus zapatillas, sólo con lo puesto,
Pedro dejó la casa y se fue.
Los primeros días después de la partida fueron de arrepentimiento.
No sé porqué, porque ninguno había discutido con él y por eso
no había de qué arrepentirse. Pero las ausencias inexplicables traen consigo
esa facultad, la de engendrar misteriosas culpas en los que quedan.
—Pedro se fue— dijo primero Ana con tono ausente.
—Pedro no está más— afirmó con amargura Carlos un
día después.
—Pedro no volverá— agregó Claudia al tercer día
con tono acongojado.
Al cuarto día comenzó el sentimiento de culpa. Evitábamos
en lo posible comentarios que aludieran a Pedro, evitábamos mirarnos, como si
cada uno fuera responsable de su partida.
Yo me iba al patio y me sentaba al sol tibio del otoño y pensaba
en Pedro, en dónde andaría, en qué estaría haciendo, en si él
también gozaba ese sol benigno que bañaba el mundo. Pero después de
un rato me volvía el sentimiento de culpa y buscaba pensar en otra cosa, en
algo que me hiciera olvidar su sonrisa amiga y su pelo negro y sus ojos chispeantes.
Pero no podía. Cuanto más me esforzaba por olvidarlo más firmemente
quedaba su imagen en mi cabeza. Entonces me ponía a mirar el sol con los ojos
fijos y muy abiertos, sin pestañear, hasta que las luces de colores se confundían
con las lágrimas y podía llorar libremente, sin culpas ajenas.
Los primeros días pasaron lentos, y yo pensaba que era por
el silencio. Nadie hablaba ni reía, y aunque ninguno lo nombraba todos sabíamos
que parte de ese silencio blanco era Pedro, él y su sonrisa, sus bromas, su
mal humor de algunas ocasiones.
Hasta la casa parecía darse cuenta de su falta. Había
más espacio, los techos se habían distanciado más del piso y el pasillo
que iba hasta la galería del fondo era más largo. Luego de la partida de
Pedro yo tenía que hacer dos o tres pasos más para salir al patio. Después
regresaba y la casa me cubría con su humedad lechosa y su silencio nuevo. Antes,
en el tiempo de Pedro, la casa siempre tenía ruidos, voces, risas, insultos
a veces, música: Pedro era el alma de la casa o al menos así nos parecía
a todos ahora, en que no estaba y todo había comenzado a cambiar. Hasta yo,
que nunca antes había llorado, ahora lo hacía a menudo porque una pena,
como una congoja inmensa, me agarraba por dentro cada vez que terminaba de comer
y veía el lugar vacío de Pedro en la mesa. Un sentimiento de orfandad había
arraigado en cada uno desde la partida. Y un sentimiento de impotencia también,
por no haberla evitado. ¿Pero quién sabía que Pedro se marcharía
un día? ¿Quién de nosotros había siquiera pensado alguna vez
que Pedro haría tal cosa? Nos habíamos acostumbrado a Pedro y su risa,
y de pronto saber que no estaba más en la casa había sido un cambio tan
grande que aún no lo comprendíamos.
Una mañana Ana se levantó bostezando y dijo que lo iba
a llamar a Pedro para ir de picnic hasta el río. Los demás nos miramos,
temerosos, sin atinar a decir nada. Ana ya se estaba lavando la cara y cuando terminó
y nos vio allí entre las sábanas, a mitad de camino entre el sueño
y la vigilia, volvió a repetir eso de llamarlo a Pedro y fue recién ahí
que se dio cuenta y se echó a llorar y se fue corriendo hasta la cocina. Yo
sentí que las lágrimas también se me venían a los ojos, aunque
no miraba fijo el sol y estaba en la penumbra, y salí corriendo detrás
de ella. Los demás también. Ana lloraba sentada a la mesa y nosotros intentamos
consolarla. Por fin, entre algunos mocos que se le escapaban, dijo que a Pedro le
hubiese gustado ir de picnic ese día, que por la ventana había alcanzado
a ver un sol hermoso.
—Tendríamos que ir nosotros lo mismo— dijo Carlos entonces,
enjugándose él también una lágrima.
—Y hacer como si él también estuviese— aclaró Claudia
con la voz finita que le venía cuando estaba triste.
—Y pensar que en el lugar donde fue está bien, y que también
piensa en nosotros— agregué cuando ya había dejado de lagrimear.
Ana estuvo de acuerdo y dijo que iba a preparar las cosas. Los
demás regresamos al dormitorio y nos vestimos, acomodamos las camas para no
darle más trabajo a Ana (que desde la partida de Pedro había asumido nuevas
responsabilidades) y nos lavamos la cara en el agua helada que salía de la canilla
del baño. A veces pensaba que un día el agua se iba a congelar de tan fría
que estaba, y que cuando a la mañana abriera la canilla no iba a salir nada
o apenas iba a asomarse un cubito redondo como el caño, pero nunca se congelaba
del todo. Ni siquiera en pleno invierno, cuando afuera las plantas se ponían
marrones y la tierra se cuarteaba. El agua seguía saliendo y yo me lavaba la
cara rápido porque si demoraba me empezaban a doler las manos y la frente. Una
vez se lo había contado a Pedro y él me dijo que tenía que lavarme
y secarme rápido, que me dolía la carne por el frío pero que no me
iba a pasar nada. Yo le había preguntado entonces si a él también
le dolía la cara y las manos y me había contestado que no, que él
ya estaba acostumbrado. Por esa y otras razones yo pensaba que Pedro sabía todas
las cosas del mundo y que tenía todas las respuestas. Por eso nunca imaginé
que un día se marcharía sin despedirse.
—¿Se habrá enojado por algo?— pregunté mientras
caminábamos hacia la costa.
Nadie respondió.
—Digo porque se fue sin despedirse. Capaz que hicimos algo mal—
insistí, acongojado por el silencio.
—No sé— dijo finalmente Ana, que llevaba una mochila con la
comida y el botellón de agua.
Cuando llegamos a la costa faltaba poco para el mediodía.
Había una brisa suave del sureste y los cabellos de Claudia brillaban. Nos sentamos
a la sombra de los eucaliptos. El río, abajo de la barranca, se deslizaba lento
hacia el sur, una mezcla de barro y agua espesa en donde se notaban de tanto en tanto
las panzas blancas de los peces muertos. Al verlos ninguno tuvo ganas de zambullirse
y nos quedamos entre los árboles. Muchas veces habíamos ido hasta allí
con Pedro y solíamos divertirnos corriendo por la costa y escondiéndonos
entre las plantas o buscando lagartijas entre los yuyos. Eso era lo que más
nos gustaba porque cuando se asustaban dejaban la cola viboreando en el suelo y se
iban corriendo, y jugábamos con la cola un rato hasta que después nos cansábamos
y nos íbamos para otro lado o volvíamos a la casa, cuando comenzaba a declinar
el sol. Pero ahora Pedro no estaba y comprendimos que aunque pensáramos que
sí, que nos acompañaba como todas las otras veces, en realidad no estaba
y ya nadie tuvo ganas de correr ni de esconderse ni de buscar colas de lagartija.
Comimos en silencio y Ana volvió a llorar cuando terminó.
—Me da lástima que estemos acá y él no esté—
dijo.
Creo que los demás también, igual que yo, sentían
el cosquilleo cerca de los ojos.
Cuando se terminaron los sandwiches permanecimos un rato sin decir
ni hacer nada. Por un momento perdí de vista a los otros, aunque estaban allí
nomás, y me hundí en una modorra que me fue subiendo hasta la cabeza.
Delante el río se movía con lentitud. Las panzas blancas
boyaban aguas abajo y de vez en cuando se atascaban contra alguna rama o un camalote.
El cuerpo marrón del agua me trajo a la mente la pintura descascarada del pasillo
que lleva al patio, el que se había hecho más largo. Hubo un tiempo que
pasaba las tardes observando las manchas de humedad, las raspaduras de la pintura
y esas formas que iban apareciendo, día a día, como por arte de magia.
El río parecía descascararse también, destruirse de a poco. Era como
si se fuera quedando sin fuerzas, como si toda esa agua que fluía hacia el mar
no se repusiera, como si se fuera secando. Me pregunté si los peces se estarían
muriendo por eso. Recordé que antes, en el tiempo de Pedro, las márgenes
estaban cubiertas, había más agua, más verde también. Tal vez
era cierto y el río se estaba muriendo y nosotros nos moriríamos junto
con él, aunque estuviésemos en la casa y no en la barranca. ¿Moriría
también la casa, los pasillos, las habitaciones, las plantas y los yuyos del
jardín? ¿Todo iría desapareciendo finalmente, movido por alguna fuerza
ajena y destructiva?
—Porqué no volvemos— dijo Claudia de pronto, cortando el hilo
de los pensamientos de todos.
No había sido una pregunta, sino más bien una propuesta.
—Todavía falta para la noche— dijo Ana.
—Pero yo me aburro acá sin hacer nada— volvió a la carga
Claudia.
Sentí que la comprendía. Yo también me estaba aburriendo
allí sentado. Por más que contemplase el río los pensamientos que
me sugería esa agua sucia no ayudaban.
—Si quieren nos vamos, total— aflojó finalmente Ana y me sentí
agradecido. No me animaba a decirlo en voz alta, pero yo también quería
regresar.
El camino fue corto. Tal vez el deseo de dejar pronto la costa
nos llevó a caminar más rápido, o tal vez fue la presencia de la noche,
que se había acercado de improviso. El aire se había puesto más fresco
y una ligera brisa mecía el follaje de los árboles.
En los días siguientes cada uno trató de retomar sus
actividades habituales y de ir olvidando lo ocurrido. Claudia regresó a sus
libros, quizás con la secreta satisfacción de haber visto incrementada
su biblioteca con los ejemplares que dejara Pedro. Ana se ocupó de las tareas
de la casa, de las compras, del lavado de la ropa, de los problemas de los más
chicos. Carlos continuó con sus trabajos de siempre. Yo seguí temiendo
que un día el agua se congelara dentro de los caños y que estallaran o
que saliera un cubito cilíndrico de la canilla, pero nada ocurrió. Algunas
veces regresamos a la costa y comimos y nos reímos y jugamos a buscar lagartijas
y hasta en ocasiones creí firmemente que nos estábamos divirtiendo como
en la época de Pedro. Pero él no regresaría más. Lo supe una
mañana en que salí al patio y vi las nubes que comenzaban a poblar el cielo.
Eran blancas y espesas, y durante todo el día fueron cubriendo el azul sucio
a todo lo ancho de la llanura. Al mirarlas uno podía pensar que los cambios
en el mundo aún no habían terminado y que nuevas cosas seguirían ocurriendo.
Por la tarde bajó la temperatura y unos hielitos suaves comenzaron
a caer. Luego, por la noche, las escarchas del comienzo se transformaron en capullos
de nieve y poco a poco el patio se fue cubriendo de blanco. Ana cerró las ventanas,
puso trapos debajo de las puertas y nos llamó a todos a la cocina, que era el
lugar más tibio de la casa porque siempre había un fuego encendido. Luego,
cuando nos acostamos, y mientras yo sentía cómo me iba enfriando, pensé
que tal vez el frío mataría a las lagartijas y que ya no podríamos
jugar en la costa con ellas, y que un día yo también iba a morir como todo
el mundo y que nadie se acordaría más de mí y que cuando me despertara
al otro día nuevamente habría sol y la nieve no sería más que
un recuerdo dulce y lejano, igual que Pedro.
Santo Tomé, marzo 28/ abril 25 de 1991.
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