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A Osvaldo Raúl Valli
“Para volver a nacer, antes tienes que morir”
Salman Rushdie,
Los versos satánicos
I
Por la tarde había estado pescando desde la barranca y la piel se le había
enrojecido. De seguir así para el verano estaría totalmente bronceado.
No pensó en la crema y el ardor de esa noche, en la piel reseca como la de sus
hermanos que no podían humectar debidamente, en lo tirante que tenía los
muslos y los antebrazos y en el escozor permanente de los hombros. Tampoco que no
había pescado nada y que había perdido tres plomadas.
—Es inevitable— había comentado su madre cuando lo vio llegar con las manos
vacías—, nunca vas a ser pescador.
Él pensó que sus hermanos tampoco habían aprendido rápido y no
respondió.
La casa de madera y chapas se alzaba cerca del río, sobre la barranca, a un
costado del molino y entre algunos árboles que de tanto en tanto, cuando alguna
tormenta demasiado fuerte llegaba del este, se desgajaban con un estallido seco.
Quedaban algunos restos por allí. Los usaban permanentemente en la cocina y
para calentarse en invierno. Desde hacía tiempo los inviernos eran fríos
y tormentosos, con pesadas nubes que llegaban durante días y que iban cubriendo
el cielo sucio. Cuando las miraba para descubrir las misteriosas figuras que encerraban
pensaba que debían frenarse contra las montañas del poniente y que por
eso permanecían allí sobre la llanura.
—Me arden los hombros— se quejó durante la cena.
—No hubieses estado tanto al sol— respondió su madre con tono ausente.
—¿No hay crema?
—Arriba del mueble.
—¿Y cuándo vienen Mario y José?
—Uno de estos días.
Los hermanos mayores habían partido tres noches antes con rumbo desconocido.
Sólo comentaron que iban a buscar comida y, eventualmente, algún lugar
mejor para vivir, protegido de los vientos.
Terminó de comer y llevó el plato hasta la pileta. Del otro lado de la
pared se escuchó un ruido que pronto se hizo un murmullo sordo y lento que se
desplazaba rodeando la casa. Miró a la mujer y se dirigió hacia la puerta.
—Dejá, no salgas. Vamos a dormir— dijo ella.
—Pero el ruido
—El ruido siempre está ahí. Vamos a dormir.
—¿Y Mario y José?
—¿Qué pasa?
—¿También están ahí afuera?
—Afuera, claro.
—¿Con el ruido?
—Ajá. Pero ellos son más grandes y saben cuidarse. Vos todavía tenés
que crecer y aprender.
Se sentó de nuevo y observó cómo ella lavaba las cosas. Pese a lo
que había dicho su voz sonó tranquila. Afuera el murmullo seguía,
constante, como ocurría desde hacía tiempo. Siempre había querido
saber qué lo originaba pero alguno de sus hermanos o su madre se lo impedían.
"Más adelante" le decían, "cuando crezcas". Esas negativas
lo hacían pensar y lo llenaban de curiosidad. Además, había comprendido
que el ruido no era del río, que ni siquiera cuando se había encrespado
durante la gran creciente hizo tanto alboroto. Este era un ruido más lento y
tal vez un poco menos ruidoso, que se mantenía siempre igual hasta que desaparecía.
Cuando sus hermanos se despidieron él les preguntó si iban a buscar el
ruido también. Creía que venía con el viento, flotando en el aire
del anochecer.
—Si lo encontramos lo traemos— había dicho Mario.
—Capaz nomás— había agregado José.
Su madre no había dicho nada. Les había dado un beso a cada uno y nada
más. "Cuídense del sol" les gritó cuando ya se marchaban
entre los árboles.
Desde esa madrugada había anidado en él la esperanza de que sus hermanos
regresaran con el ruido a cuestas y se lo mostraran. También tenía esperanzas
en que pudiesen encontrar comida. Lo que podían pescar, en las épocas en
que el tufo nauseabundo del agua desaparecía, no les alcanzaba. A veces el olor
era reconocible porque se veían los peces muertos contra la costa, pero en ocasiones
llegaba con el viento sólo el tufo. No tener una referencia concreta para comprender
de dónde venía lo intrigaba. Además, en esas ocasiones debía
abstenerse de pescar y apenas si lo dejaban, a regañadientes, salir de la casa.
El olor solía durar tres o cuatro días y después, tan misteriosamente
como había llegado, desaparecía. Se preguntó si sus hermanos lo encontrarían
y si lo traerían junto con el ruido.
Le volvían a arder los hombros y los muslos. Tomó más grasa de pescado,
a la que llamaban comúnmente "crema", y se untó la piel. Pese
a que cada día se acostumbraba un poco más, se seguía cuarteando y
separando en finas arrugas que con el tiempo se profundizaban y comenzaban a despegarse.
Cuando estaba seguro de que la piel nueva estaba debajo él mismo ayudaba y se
sacaba, en tiras translúcidas, la piel muerta. A veces le dolía y entonces
dejaba que la piel cayera por sí sola.
Sus hermanos no regresaron al otro día ni al otro ni a los siguientes. Él
no comprendía el transcurrir del tiempo y un día al volver a la casa, después
de haber estado en la costa viendo los peces muertos, encontró a su madre llorando.
—¿Qué pasa?— le preguntó ansioso mientras la abrazaba—, ¿qué
tenés?
Ella lo tomó por la cintura y permaneció sentada.
—Nada, nada, ya va a pasar— murmuró.
—¿Por qué llorás?
—Por nada.
Permanecieron un rato así, en silencio, y luego él volvió a preguntarle
y entonces ella le dijo que sus hermanos aún no habían regresado.
—Pero hace poco que se fueron, ya van a volver— dijo él.
Desde más allá del llanto ella lo observó, y luego dijo con una sonrisa
amarga que le estiraba los labios:
—No, hace mucho. Hace demasiado y a lo mejor no vuelvan más.
Recordó la sonoridad de esas palabras, que tantas veces había escuchado
y pronunciado él mismo en otro contexto y por separado. De pronto se habían
abierto paso en su cerebro con una fuerza y un colorido novedoso, que lo impactaron.
Nunca más dijo para sí mismo y cerró los ojos, abrazado a la
mujer que lloraba nuevamente.
Trató de asir firmemente la imagen. Pensó que "nunca más"
era una llanura que no tenía límites y que se ondulaba cambiando de colores
hacia el horizonte lejano. Una llanura como la que nacía allí junto al
río y que se estiraba lenta hacia el oeste, hacia las Montañas Azules.
No había nadie en la llanura, sólo un pájaro ardiendo que volaba silencioso
y recto. Cuando pasó sobre él las llamaradas lo enceguecieron. El cielo
se iluminó y luego se apagó. El llanto de su madre lo hizo regresar y abrió
los ojos.
—Van a volver. Vas a ver que ellos van a volver. Son grandes y se saben cuidar y
van a traer el ruido también— dijo repitiendo las palabras a que estaba acostumbrado.
La mujer no contestó.
Pasó el tiempo y un día, al amanecer, la tierra se movió. Fue un sacudón
inesperado que resquebrajó la pared que daba al oeste. Luego del primer movimiento
siguieron otros de menor intensidad. El mundo gruñía y se revolvía
sobre sí mismo como en los orígenes. Vivían en una época de cambios.
En la semipenumbra del amanecer él vio los ojos asustados de su madre y no pudo
evitar asustarse también.
—¿Qué pasó?
—Nada. Un remezón nomás.
—La tierra se mueve.
—No, ahora ya no. Ahora está otra vez quieta y se va a quedar así, ya vas
a ver. Ya pasó.
—¿Y por qué se movió?
—Debe estar enojada.
—¿Con el ruido y el olor?— preguntó sin acordarse que hacía tiempo
que no llegaba el olor, pese a los pescados que desfilaban por el río.
—O con nosotros, quién sabe.
Se levantaron y la mujer se asomó por la puerta. Afuera la barranca y el río
seguían como el día anterior, aunque tal vez el agua estaba más sucia
que de costumbre. Un eucaliptos se había desgajado y dos ramas gruesas descansaban
ahora parte en tierra y parte barranca abajo.
—¿Y ahora qué vamos a hacer?
—Lo de siempre. Todo sigue igual.
—Pero la tierra se movió...
—Sí, como a veces te movés vos también cuando dormís. Es natural.
¿No viste los árboles, con el viento?
Permaneció mirándola un momento. Siempre había admirado la capacidad
de respuesta de su madre. Podía contestar cualquier cosa que preguntara. Eso
lo hacía sentir seguro, protegido.
—¿Y cómo sabés que me muevo cuando duermo?
—Porque a veces yo no duermo y te miro. O porque me despierto y me fijo si estás
bien tapado.
Ella hablaba mientras ordenaba las cosas que se habían caído con el temblor.
Él estaba quieto, parado al lado de la mesa.
—¿Mario y José no van a volver más, no?
La mujer se detuvo y luego lo miró. En la penumbra del cuarto no se distinguían
sus lágrimas.
—A lo mejor sí y a lo mejor no. Pero no hay que pensar en eso. Hay que seguir.
No preguntó más.
Esa tarde la pasó mirando el río, al lado de la rama del eucaliptos. Su
madre no quería que saliera con la cabeza descubierta y le había hecho,
hacía ya mucho tiempo, un sombrero de lona. Su reflejo en el agua daba la impresión
de corresponder a un ser monstruoso de gran cabeza. Nunca antes el río le había
traído tantos pensamientos. Veía su imagen desdibujada por el agua en movimiento,
tronchada de vez en cuando por el cuerpo blanquecino de algún pez que flotaba
panza arriba, en un lento fluir hacia alguna parte. Se preguntó dónde iría
tanta agua y tantos peces y si su imagen también se iría desgastando hasta
desaparecer. El río siempre lo había atraído con su permanente fluir,
deslizándose sobre la llanura. ¿Estarían también en el río
sus hermanos? ¿Se habrían caído y estarían tan blancos como los
peces? Recordó el color rojo intenso que tenían sus cuerpos cuando se marcharon
y se sonrió sin ganas.
Cuando el sol comenzó a descender desentumeció las piernas y caminó
hacia la casa. Su madre estaba remendando ropa.
—¿A dónde van los peces, mamá?— le preguntó al entrar, sacándose
el sombrero.
—Aguas abajo.
—¿Y dónde queda eso?
—Lejos. El río desemboca en otro río más grande y éste en otro
y por último todos van a parar al mar.
Se le abrieron lo ojos de admiración.
—¿Y dónde queda el mar?— insistió.
—Muy lejos, para abajo. Hay que seguir el río por la costa muchos días
hasta llegar.
—¿Y cómo sabe uno que llegó?
Ella detuvo un instante la aguja y lo miró. Con un ligero encogimiento de hombros
dijo "lo sabe", y siguió cosiendo.
—¿Pero y cómo es el mar para que uno sepa?
—Grande, con mucha agua.
—¿Estuviste alguna vez ahí?
—No, nunca. Pero tu papá me hablaba de él... Él lo conocía bien.
—No me acuerdo de papá.
—Eras muy chico cuando... cuando se fue.
—¿Como Mario y José?
—Sí— asintió ella—. Como Mario y José.
Luego de un momento de silencio, en que él aprovechó para asombrarse una
vez más de la destreza que su madre tenía para coser y arreglar la ropa
que él rompía con tanta facilidad, le preguntó si sus hermanos habían
ido al mar.
—No creo que hayan llegado, pero puede ser.
—¿Ellos están allá ahora, nocierto?
—A lo mejor sí.
—A mi también me gustaría ir.
—Queda muy lejos. Hay que caminar mucho para llegar.
—Pero me gustaría ir lo mismo.
—Bueno, a lo mejor cuando seas más grande.
—¿Y si voy me voy a encontrar con ellos?
—¿Con quiénes?...
—Con Mario y José.
Ella tragó saliva, dudó un instante y luego afirmó con la cabeza.
—Sí, seguro que sí.
II
La luz era un eco difuso en la memoria, la vida en la costa se desarrollaba con absoluta
simpleza. Por la mañana la mujer salía de la casa, daba un paseo y luego
regresaba. Con los ojos cargados de sueño él la veía salir y se preguntaba
porqué. Siempre volvía con las manos vacías, como si no hubiese encontrado
lo que buscaba o como si no buscara nada. Cuando regresaba ella se lavaba la cara
en la pileta y se terminaba de sacar las lagañas. Luego del lavado sus ojos
claros parecían crecer un poco. Le sonreía con ese gesto acostumbrado que
a él le gustaba y lo invitaba entonces a levantarse y lavarse. Pero él
prefería el chorro del molino.
Afuera había generalmente pocos cambios. Algún que otro árbol que
se había desgajado, las periódicas crecientes del río que invadían
la costa, las bajantes que dejaban mucha más playa para caminar y buscar cosas.
Lo que más le llamaba la atención era la bajante. Había comenzado
un tiempo atrás como todas las bajantes que había podido observar, pero
luego de un período prudencial el río había seguido empequeñeciéndose.
La tierra avanzaba cada día un poco más sobre el surco ocre donde se deslizaba
el agua.
El barro de la costa exhalaba el olor de los peces muertos, pero con el correr de
los días se había ido atenuando.
—Debe ser la costumbre— le dijo ese día a su madre.
—¿Qué cosa?
—Que no se siente el olor.
—Sí, puede ser.
Desde la barranca el río se veía como un pálido reflejo de épocas
mejores. Había perdido la fortaleza que tanto admirara en las tardes sentado
en la barranca, con los pies cerca del agua cobriza. Se entretenía observando
su propia figura reflejándose en el mundo líquido del río. Era sedante
dejarse llevar por los reflejos espejados. Sentía que viajaba aguas abajo, hacia
los ríos más grandes y el mar del que le había hablado su madre. Imaginaba
cómo podía ser, lo soñaba como una llanura en permanente movimiento,
un lugar en donde seguramente lo estaban esperando sus hermanos. Y acaso también
su padre. Pero desde que el agua comenzara a bajar y un barro oscuro y de reflejos
rojizos apareciera en las orillas, sus sueños del mar habían desaparecido
trocados por la árida superficie que surgía y que cada día se blanqueaba
un poco más al sol.
El cambio en la geografía se debía a cambios en el clima, pero eso no lo
supo en seguida. Acaso secretamente lo intuía cuando veía a su madre observar
el cielo en busca de nubes cargadas de lluvia y temperaturas más agradables.
Pero los días pasaban y las nubes no aparecían. El cielo se mantenía
sucio, un poco más luminoso algunas veces, un poco más apagado otras. Pero
siempre sin nubes. O con una bruma constante a la que se habían acostumbrado
y con la que confundían el cielo real de antaño.
Con el sombrero de lona gastada permanecía casi todo el día en la costa.
Los peces muertos habían ido desapareciendo misteriosamente, tragados por la
tierra espesa, confundidos con el polvo que comenzaba a cubrir el lecho.
—No andés por ahí— le decía su madre cuando lo veía acercarse
al borde de la barranca. "No tomés mucho sol" agregaba luego, "que
no está bueno".
—¿Por qué no?— preguntaba él.
—Porque no. Además que sin pescados no hay grasa y la piel se te va a resecar.
No había pensado en eso. Sentía la piel enrojecida y tirante y a veces
le dolía. La saliva que se pasaba por las partes doloridas no era más que
un paliativo. La quemazón regresaba al rato y le parecía que en cualquier
momento la piel le podía estallar. Pero la curiosidad puede más que la
razón. Cuando notó que el río comenzaba a bajar y que la costa se
ampliaba se le iluminaron los ojos. Si bajaba lo suficiente tal vez podría encontrar
las plomadas que había perdido. De esa manera cuando el río volviera a
su ancho normal podría seguir pescando. O aprender a hacerlo. Desde que sus
hermanos se habían ido a buscar el ruido la comida no abundaba y a veces le
dolía el estómago.
Cuando estuvo en la casa al mediodía, le preguntó a su madre por Mario
y José.
—¿Por qué preguntás?
—Porque me acordé hoy, mirando el río.
—¿Mirando el río?
—Sí. Me acordé lo que me dijiste de que el río iba hasta otro río
más grande y después al mar.
—¿Y entonces?
—Vos dijiste que allí iban a estar Mario y José.
—A lo mejor. No me acordaba que te había contado esas cosas— sonrió mientras
terminaba de comer y se paraba.
—¿Vamos a ir al mar algún día?
Ella lo miró desde su poca altura y dudó un instante:
—A lo mejor.
—Porque si no vienen hay que ir a buscarlos.
—Si no vienen es porque no pueden.
Él se marchó sin decir nada. Estaba confundido, triste y enojado consigo
mismo. Era una sensación rara. ¿Ella estaba molesta por lo que él
había dicho? ¿Era él el culpable? Hacía tanto que no veía
a sus hermanos... Antes, cuando todavía estaba el río crecido, los recordaba
mirándose a sí mismo reflejado en el agua. Comenzaba por asomarse al espejo
ocre de la superficie y se concentraba. Al rato la imagen se distorsionaba y aparecían
algunos rasgos nuevos, de José o de Mario o de ambos a la vez, que le sonreían.
Él les preguntaba entonces si estaban bien y ellos respondían que sí,
que lo extrañaban. Charlaban un rato y cuando él preguntaba porqué
no volvían ellos ponían caras tristes y decían que no podían.
Él les preguntaba dónde estaban y ellos respondían que en un lugar
en donde se juntaban los ríos. "¿En el mar?" preguntaba él.
"Sí, ¿cómo sabés?". "Mamá me contó"
respondía contento porque tenía más información que ellos. Y
agregaba: "Mamá sabe muchas cosas". "Sí, sabe mucho".
El diálogo casi nunca duraba más. Los rostros se diluían y aparecía
su propia imagen reflejada. A veces el diálogo se cortaba por un grito de su
madre, llamándolo para comer o para que salga del sol. Otras porque un pescado
pasaba sobre los rostros y rompía el hechizo. O porque él se desconcentraba
y se ponía a pensar en otras cosas.
La primera vez que vio los rostros mirándolo desde el río se asustó
porque pensó que se habían ahogado y que estaba viendo sus cuerpos. Pero
cuando se decidió a tocar el agua con un palo vio que sólo eran sus imágenes.
Entonces pensó que estaban en el mar y que como todo era agua podían llegar
para saludarlo.
Cuando le dijo ese día a su madre que había visto a Mario y a José
a ella se le cayeron las cosas que tenía en las manos.
—Qué decís— exclamó agitada.
—Que vi a Mario y José en el río.
Ella corrió hasta la orilla y se asomó. "¿Dónde, dónde?"
le gritó. Él le indicó el lugar en donde había estado y le contó
lo de las imágenes. Ella pareció enojarse primero y amenazó con pegarle
pero luego lo atrajo hacia sí y lo abrazó.
—Te quiero— le dijo—. Te quiero mucho.
—Yo también mamá.
Había tenido que hacer un esfuerzo para no llorar. No supo porqué, pero
sentía algo que subía y le hacía arder la garganta.
Después de esa vez había charlado con ellos muchas más, pero nunca
había vuelto a decírselo a su madre. Era un secreto que guardaba y que
a veces le dolía por las ganas de contarlo que tenía. Pero pensaba que
a su madre no le gustaba oír esas cosas, o que no le creía. Entonces callaba.
Luego los reflejos se fueron haciendo cada vez más espaciados hasta que comprendió
que el río estaba cambiando. Había más peces muertos y menos agua,
hasta que quedó apenas un charco sucio que apenas se deslizaba entre los restos
de cosas muertas. Pero aún era suficiente como para que no se pudiera cruzar
a la otra orilla. Era una suerte que tuviesen el molino cerca de la casa y que hubiese
agua para beber.
Había estado buscando plomadas toda la tarde y se había alejado de la casa.
Sabía que nunca había pescado por esa zona pero el misterio y la excitación
de saberse caminando por el lecho del río lo hacían continuar. Había
muchas cosas asomándose en el barro: pedazos de plástico, envases, ollas,
hilos, ramas. Sin darse cuenta se había ido internando aguas arriba y en un
recodo había dejado atrás la barranca sobre la que se alzaba la casa. De
tanto en tanto se sacaba el sombrero para ventilarse la cabeza. Sudaba mucho y se
imaginaba la cantidad de agua que iba a tomar cuando volviera.
Caminaba absorto cuando lo vio. Primero se asustó y sintió cómo se
le aceleraba el pulso y la respiración y le zumbaban los oídos. Era una
mancha más recortándose sobre el cielo. La mancha era delgada y subía
recta en el día sin viento. A cierta altura se disgregaba y desaparecía
tragada por la suciedad más grande del cielo. Se dio vuelta y comenzó a
correr. Recién entonces comprendió cuánto había caminado. La
barranca de su casa estaba dos recodos aguas abajo. Corría tratando de encontrar
las partes del suelo más lisas cuando de pronto estuvo en el aire con un escozor
cada vez más fuerte que le subía desde una rodilla. Le estalló el
dolor en el cerebro y tuvo que apretar los dientes para no gritar. Cuando abrió
los ojos llorosos vio que estaba en el suelo y que tenía escalofríos a
lo largo de la pierna derecha. Miró hacia todos lados y descubrió con qué
había tropezado. Un metro más atrás sobresalía un cilindro. La
tierra se había agrietado con el choque y unas líneas blandas escapaban
hacia los costados del tubo. No debía de tener más de diez o veinte centímetros
en su parte visible. Con la pierna semidormida se acercó. Lo movió. Momentáneamente
el tubo era más importante que la visión. Trabajó un rato hasta que
el cilindro quedó libre. Debía tener cincuenta centímetros en total,
y observó que la parte que había estado enterrada era más gruesa que
la otra. Una capa de polvo verde la cubría.
Se puso de pie y continuó su camino. Llevaba el tubo en la mano y de tanto en
tanto lo sacudía para limpiarlo. El golpe lo había hecho olvidar del humo
en el horizonte y el susto.
Cuando trepó la barranca vio que su madre estaba buscándolo. Tuvo que aguantarse
dos cachetadas antes de poder decir algo, lloroso y confundido.
—Hay humo— explicó varias veces hasta que ella entendió.
—¿Que hay qué?— preguntó aún agitada.
Se sorbió los mocos y lo repitió.
—¿Dónde?— se había puesto pálida.
—Para allá— señaló.
—¿Lejos?...
—Más o menos. Estaba del otro lado del río y se veía poco.
Ella tragó saliva antes de preguntarle, tratando de permanecer calma, si había
visto a alguien. Negó con la cabeza.
—¿Seguro?— insistió.
—Sí. No vi a nadie. El humo nomás.
Su madre pareció liberarse de un peso. Le pasó un brazo sobre los hombros
y lo condujo a la casa. "¿Te lastimaste?" le preguntó cuando
notó que rengueaba.
—Me tropecé.
Ella asintió y lo dejó un momento para ver la herida. La rodilla sangraba
un poco y estaba llena de tierra.
—Te diste un buen golpe. Hay que lavarla.
Él la dejó hacer sin decir nada. Luego le dijo que había tropezado
con el tubo. Ella lo miró al descuido y él notó que una sombra cruzaba
por su semblante nuevamente enrojecido.
—¿Qué es?— preguntó él.
—No sé. Un tubo nomás.
A él le pareció que su madre sabía pero no insistió. Cuando la
herida estuvo limpia él metió el tubo en el agua de la pileta.
—¿Qué hacés?
—Quiero lavarlo para ver qué es.
Cuando logró sacarle la tierra pegada y parte del polvo verde vio que en cada
extremo había un trozo de vidrio. Se lo mostró a su madre. Ella asintió.
—¿Qué puede ser?— volvió a preguntarle.
—Un catalejo— dijo ella con tono abatido.
—¿Un catalejo? ¿Y para qué sirve?
Ella lo tomó y lo estuvo observando antes de contestarle.
—Para mirar. Sirve para mirar lejos, a las cosas que no pueden verse a simple vista.
Estos son vidrios de aumento— aclaró señalándole los extremos.
Él lo tomó nuevamente y se lo llevó a los ojos.
—Tenés que cerrar uno y mirar con el otro. Pero no creo que funcione. La parte
más fina siempre tiene que estar cerca del ojo.
—¿Y cómo sabés?
—Tu papá tenía uno.
Él giró y la apuntó. Pareció no haberla escuchado. Lanzó
un chillido de satisfacción.
—Te veo toda deformada y sucia.
Ella sonrió sin ganas: "Deben ser los lentes, no yo".
Pasó el resto de la tarde jugando con el tubo y tratando de que mejorasen las
imágenes. Cuando se acercó la noche vio que su madre escudriñaba el
horizonte hacia el norte, más allá de los árboles. Se acercó
y le tomó la mano en silencio. Ella se la apretó suavemente.
—Quiero que me prometas una cosa— dijo ella en un susurro.
—¿Qué cosa?
—Que nunca más vas a ir para allá.
—Pero
—Nunca más, ¿me entendés? Es peligroso.
—Sí.
—Y quiero que me prometas otra cosa también.
Ahora él la miró a los ojos y notó que los de ella brillaban con la
llegada de las primeras sombras.
—¿Qué cosa?
—Que si llega a pasar algo vas a caminar hacia el sur, siguiendo el río.
Sintió que tragaba saliva.
—¿Hacia el mar?
—Sí, hacia el mar, aguas abajo. Nunca hacia el norte.
—¿Por qué?
—Porque sí. Cualquier cosa que pase tenés que ir hacia el sur.
—¿Y vos?
Ahora fue ella la que tragó saliva. Pudo ver el movimiento de su garganta y
percibió la zozobra en su voz cuando le dijo "yo no importo, pero vos tenés
que ir hacia el sur si a mí me pasa algo. ¿Entendiste?".
—Sí— murmuró. Un cosquilleo le subía hasta los ojos.
Lejana, como sumida en un mundo particular, ella habló nuevamente:
—Algún día me voy a ir.
Él no contestó.
III
"El río se está yendo" le había dicho a su madre un tiempo
antes, "se va para abajo".
Nunca habían visto una bajante así. El agua fluía hacia el sur dejando
aparecer más y más costa a medida que pasaban los días. Había
comenzado un tiempo atrás y no parecía querer detenerse. Muchas cosas aparecían
en el barro, restos de un mundo agonizante. Siempre lo había intrigado qué
habría bajo el agua y ahora el río le daba la respuesta: un espacio cautivante
y misterioso que lo atraía con fuerza creciente.
—¿A dónde va el agua?— le había preguntado nuevamente.
—Hacia el sur, hacia otros ríos más grandes y después al mar.
—¿Y por qué va para allá?
—Porque para allá está el declive de los campos.
—¿Pero y por qué se va el agua?
Con un leve encogimiento de hombros ella le dijo que seguramente era porque no llovía
desde hacía mucho tiempo.
—Hace mucho que no llueve— reiteró—, entonces el río no tiene más
agua. Se está secando.
—¿Y si no llueve más?
—¿Qué pasa?
—¿Qué va a pasar con el río si no llueve más?
—Se va a seguir secando hasta que no haya más agua. Pero para eso falta mucho
todavía.
Él había permanecido callado, pensativo como ocurría siempre que su
madre le explicaba algo nuevo. "¿Y qué va a pasar si no llueve más
y se queda el río sin agua?" se preguntaba, curioso y un poco angustiado
al mismo tiempo. No tenía respuesta, y diariamente la buscaba en las márgenes
cada vez más altas y anchas del río moribundo.
En sus búsquedas había encontrado una serie de objetos. Pero el descubrimiento
más importante afloró una mañana temprano, cuando recién se había
levantado y estaba observando los cambios ocurridos durante la noche. Una cosa blanquecina
asomaba apenas del agua calma. Comprendió que estaba aferrada al fondo porque
al rato de mirarla con insistencia notó que permanecía quieta.
—Hay algo en el río. Algo nuevo— exclamó al regresar.
—¿Cómo es?— le preguntó su madre sonriente al ver la excitación
de su hijo.
Separando las manos él le enseño el tamaño. "Es de color blanco",
aclaró.
—No sé qué puede ser— dijo pensativa—. Tal vez una madera.
—Pero las madera flotan y eso está quieto. Debe estar agarrado al fondo.
—Vamos a ver.
Caminaron hasta la costa y luego bordearon la barranca, hacia el sur.
—Es eso de ahí— le señaló.
La mujer miró la superficie que apenas asomaba del agua.
—Parece hormigón. Pero no estoy segura— aclaró pensando en un saurio que
increíblemente hubiese aparecido allí.
—¿Qué es hormigón?
—Un material para construir casas y edificios. Es muy duro, como piedra.
—¿Es pesado?
—Sí.
—Entonces no puede flotar.
—No, claro. Si esto es un pedazo de hormigón debe estar apoyado en el fondo—
contestó tratando de dar una respuesta sencilla y no tener que explicarle que
lo pesado también podía flotar.
En los días siguientes el objeto fue quedando al descubierto. Aparecieron dos
lonjas ligeramente curvadas que avanzaban y se hundían más adelante, dejando
entre ambas una especie de hueco lleno de agua. Nunca había visto algo similar.
Había sido una suerte que apareciera. La prohibición de ir hacia el norte
era una tentación muy grande. De no haber descubierto esa construcción
aguas abajo tal vez hubiese regresado aguas arriba. ¿Quién podía estar
haciendo fuego allá lejos? Era una pregunta sin respuesta. Y era un misterio
demasiado poderoso para substraerse.
Lo intrigaba el objeto. Con el paso de los días el río fue bajando más
y lo que originalmente habían sido dos lonjas separadas se fueron acercando
hasta unirse, seis o siete metros más adelante. Cuando vio eso corrió nuevamente
a llamar a su madre.
—Ahora cambió de forma— le dijo otra vez excitado.
Ella necesitó unos segundos para comprender de qué estaba hablando.
—¿Cómo es?— trató de ganar tiempo.
—Se unieron las dos partes.
—Es porque bajó más el río. Ya estaban así debajo del agua.
—Pero ahora es diferente. Y es muy grande.
La tomó de la mano y la condujo. En cuanto la mujer vio la forma comprendió
de qué se trataba.
—¿Qué es mamá?
—Una lancha— exclamó—. Un lancha que se hundió.
Pero era una lancha realmente grande. Debía de tener motor; nadie habría
podido moverla con remos.
—¿Un barco para llevar gente?
—Más o menos. Pero no tanto como un barco.
—Pero es grande.
—Sí. Es bastante grande.
Guardaron silencio unos minutos. Había demasiada magia en ese naufragio como
para expresarla con palabras. Luego preguntó si en ese barco podrían llegar
hasta el mar.
—No, no creo— dijo ella—. No vamos a poder reflotarlo. Parece muy pesado.
—¿Porque es de hormigón?
—Sí. Y porque está lleno de agua.
La conversación había terminado allí. Curiosamente él no había
preguntado cómo un barco podía ser de hormigón. El río continuó
su descenso. La poca agua que aún fluía se espesó por la cantidad
de peces muertos. Sus panzas blancas y sus ojos vidriosos semejaban una lamentación
que irremediablemente se perdía en el vacío del entorno. Luego los peces
también desaparecieron y todo no fue más que polvo.
Cuando todo el casco y no solamente las bordas quedó a la vista la mujer comprendió
que eso no era hormigón sino una película de resina plástica. La embarcación
era de madera. La habían reforzado con el plástico, que semejaba cemento
por el color que adquiría en contacto con el agua. La embarcación estaba
escorada y se alcanzaba a distinguir, emergiendo del agua que había quedado
almacenada, parte del motor. Las costillas estaban sujetas con grandes tornillos
de bronce, cubiertos de cardenillo. Había sido un trabajo cuidadoso. Verlo ahora
en ese estado deplorable daba lástima, pero indicaba el aspecto del mundo en
que intentaban sobrevivir.
—Es un barco muy grande— le dijo a su madre el día en que la tierra se había
secado lo suficiente como para caminar hasta la proa.
—Sí, es grande. Seguramente tenía techo y ventanillas antes de hundirse.
—Tiene motor y todo— continuó él como si no la hubiese escuchado.
Ella sonrió.
—Sí, pero no sirve. Estuvo mucho tiempo bajo el agua.
—¿Como el catalejo?
—Sí, pero es diferente.
—¿Y si lo limpio tampoco va a funcionar?
—No, porque hace falta combustible, que acá no hay.
Había estado a punto de decir que ya no debía haber en ninguna parte pero
se contuvo. No quería más preguntas, pero aclaró: "Acá sólo
hay agua, por suerte".
—¿La del molino?
—Sí.
—Porque el río ya no tiene más— dijo él.
Ambos sabían que no era así, que el río aún no había muerto.
Pero la perspectiva de su extinción definitiva era tan real que bastó para
que ninguno volviera a hablar hasta que terminaron de almorzar.
IV
Una tarde la tierra volvió a temblar y pareció que llegaba el fin del mundo.
Se desgajaron varios árboles y parte de la casa se cayó. Ellos estaban
afuera, junto al molino, por lo que se salvaron de ser aplastados.
Todo había ocurrido de pronto. Comenzó a moverse el suelo con un retumbar
sordo que parecía venía de todos lados al mismo tiempo. Fueron pocos segundos
pero bastaron para que el mundo cambiase otra vez. Una grieta se había abierto
en el lecho del río y la poca agua que quedaba desapareció. Cuando ya parecía
que el río nunca más volvería a la superficie, la grieta pareció
colmarse y el agua nuevamente siguió su curso. Había quedado una especie
de lago en el lugar de la grieta, más o menos al centro de la hondonada que
era ahora el lecho.
Después de la visión del humo aquella tarde no se había vuelto a aventurar
hacia el norte. El atractivo que el río crecido había perdido al llevarse
las imágenes de sus hermanos y su propio reflejo lo había recobrado ahora
con la posibilidad de caminar sobre su lecho, encontrando cosas, y en las visitas
al lanchón.
Había limpiado el catalejo lo suficiente como para entretenerse acercando los
objetos y las plantas achaparradas que había al otro lado del cauce. Los vidrios
también estaban manchados por dentro pero algo se veía. Nunca hubiese creído
que el mundo podía crecer al mirar por un tubo. Se lo había preguntado
a su madre y ella le había contestado que las cosas permanecían del mismo
tamaño pero que él las veía más grandes.
—¿Por qué?
—Porque los vidrios son de aumento, ya te dije.
Él se quedó tranquilo un rato y luego continuó la serie de preguntas
que inevitablemente hacía todos los días:
—¿Papá tenía uno también?
—Sí, uno de color amarillo.
—¿Y se veía como en éste?
—No, se veía mejor porque aquel estaba nuevo y cuidado. Además éste
estuvo mucho tiempo bajo el agua.
Entonces hizo la pregunta que siempre tenía rondándole la cabeza:
—¿Papá está en el mar, no?
Ella lo miró y luego de un instante que a él le pareció eterno asintió
con la cabeza.
—Sí, creo que sí. Algún día todos vamos a estar ahí.
—¿Y nos vamos a encontrar?
—Seguro— sonrió ella, y él se puso a mirar nuevamente hacia el río
vacío, pero sin el catalejo.
—¿De qué era el humo, mamá?
—No sé. Gente, supongo.
—¿Y por qué dijiste que era peligroso?
—Porque sí. La gente es peligrosa a veces.
—¿La gente que hizo ese humo?
—A lo mejor no, pero puede ser.
—¿Y si vienen para acá?
—Si ellos vienen para acá no sé. Ya vamos a ver.
Desde que había divisado el humo su madre había cambiado. Cuando hacía
fuego para cocinar cuidaba de que no escapara el humo.
—Mamá...— le dijo una tarde.
—¿Sí?...
—Vi algo para aquel lado...
Había señalado aguas arriba. Ella dejó de hacer lo que estaba haciendo,
"¿algo como qué?".
—No sé. Era algo chiquito que se movía. Lo vi con el tubo.
—¿Por el lado donde viste el humo?
Él asintió.
—Vamos a ver. Traé el catalejo.
Ella se mantenía calma pero él percibía que una agitación creciente
le hacía temblar la voz. Caminaron hasta el borde de la barranca y ella le pidió
que le indicara con certeza dónde había visto el movimiento. En el aire
quieto el sol resaltaba sobre el cielo sucio. La mano titubeante se deslizó
abarcando el horizonte y luego de dos o tres intentos se detuvo.
—Para allá.
La mujer siguió con la mirada el brazo extendido y le pidió el catalejo.
Buscó un rato sobre la línea brumosa y no vio nada. "¿Estás
seguro?" le preguntó, aunque sabía que su hijo no mentía. Después
del reto no podía estar bromeando. Dijo que sí, que estaba seguro.
—No veo nada... Los vidrios están demasiado sucios y me hacen confundir. ¿Qué
viste? ¿Gente, humo?
—Había algo que se movía... Cosas. Muchas cosas que se movían.
—A lo mejor fue tu imaginación. Ahora no veo nada.
Regresaron en silencio. De pronto ella le preguntó, mirándolo de frente:
—¿Cuándo fue que viste los movimientos?
—Ayer.
—Por Dios, ¿y recién me decís hoy?
Había estado caminado sobre el barro endurecido cuando al llegar a una zona
aún húmeda tuvo que desviar y subir en parte a la barranca. Se había
entretenido allí con el catalejo hasta que de pronto notó que sobre la
línea del horizonte algo se movía. Primero pensó que podía tratarse
de algún animal, aunque hacía mucho que no veía uno salvo los peces
muertos. Pero luego vio que eran muchas las cosas que parecían moverse allá
lejos. No supo porqué tuvo miedo, un temor que se convirtió en sudor. Sintió
frío. Bajó el catalejo y trató de ver a simple vista pero había
demasiada bruma en el horizonte o los movimientos eran realizados demasiado lejos
como para prescindir de ayuda. Esa noche no se lo dijo a su madre porque temió
un nuevo reto, porque en cierta medida se había vuelto a alejar hacia el norte,
aunque no tanto como la otra vez. Ahora había llegado hasta el primer recodo.
Había regresado a la carrera, temeroso, inquieto por el peso de la visión.
Pero sabía que en algún momento tendría que contarlo. Aún si
su madre lo retaba.
Al día siguiente ella regresó a la barranca. Cuando volvió a la casa
y él supo que algo había pasado.
—¿Viste algo?— le preguntó sabiendo de antemano la respuesta.
—Sí. Es gente. Mucha gente— dijo ella.
—¿Y vienen para acá?
—Sí.
Había varias líneas de humo que subían un tramo verticalmente y luego
se dispersaban. A simple vista podían confundirse pero con el catalejo no. Era
un campamento. Gente en movimiento. Gente que abandonaba un lugar para buscar otro.
Gente que se acercaba. Eso fue lo único que se le ocurrió pensar: que bajaban
hacia el mar.
—¿Qué vamos a hacer?— preguntó él esa tarde, inquieto desde que
la noticia había sido confirmada.
—No sé. En cuanto vean el molino van a venir.
—¿Y no les podemos dar agua y que después se vayan?
—Sí. Pero esa es gente que escapa, y la gente que escapa siempre es peligrosa.
—¿Y de qué escapan?
—Del miedo, de la enfermedad, de la muerte— dudó—. De muchas cosas. La gente
que escapa es gente desesperada.
—¿Y van al mar?
—Es lo único que pueden hacer.
—Vos dijiste que vaya al mar si pasaba algo.
—Sí, pero sólo si pasa algo.
—¿Y va a pasar cuando ellos lleguen acá?
—Espero que no.
—¿Y por qué querés que vaya al mar si pasa algo?
—Porque es el único lugar en donde puede haber ayuda.
—¿Con Mario y José?
—Sí, también con ellos.
Permanecieron un rato en silencio. Él vio cómo ella se acercaba al molino
y lo ponía en funcionamiento accionando la palanca. Un chorro de agua fresca
brotó del extremo del caño y se derramó sobre la tierra. Tantas veces
había caído allí que había formado una hollada. Burbujeaba con
un sonido alegre y luego escapaba por su camino habitual, una especie de arroyo en
miniatura que iba hasta la barranca y caía desde allí al río.
De espaldas a su hijo la mujer se sacó la blusa descolorida y comenzó a
mojarse las manchas rojizas que tenía sobre los hombros. El color contrastaba
con el tono amarillento de la piel. El agua se deslizaba sin mojar la piel. Ella
se frotó los hombros y luego comenzó a hacerlo con las pantorrillas.
—¿De qué son esas manchas?
—Del sol, supongo. Estuve tomando mucho sol éstos días.
—Pero vos nunca tomás sol sin la camisa.
—Será que pasa a través de la ropa entonces.
Él guardó silencio. Luego preguntó, mientras la enfocaba con el catalejo,
si le picaban o le dolían.
—Me molesta verlas nomás, pero no siento nada.
—Entonces no son del sol. A mí me duelen las mías.
—Habrás tomado más sol que yo. Te pasaste todo el día en el río
ayer y antes de ayer.
Él se calló, sabiendo que era cierto.
Al anochecer refrescó y tuvieron que abrigarse. Por lo general la temperatura
se mantenía templada en invierno y verano, pero había comenzado a cambiar
el clima. Y así como las temperaturas el río se había ido quedando
sin agua hasta convertirse en ese charco pestilente de ahora.
Esa noche no hubo luna y a través del cielo manchado se pudieron ver algunas
estrellas. Sentado afuera él pensó que el cielo era una especie de océano
en donde también se unían todas las cosas. "El viento y el agua y
las estrellas, todo está allá ahora" imaginó.
Su madre lo llamó desde el interior de la casa en ruinas.
—Ya voy— contestó.
—¿Qué estás haciendo?
—Mirando las estrellas.
—¿Se ven hoy?— preguntó ella mientras salía.
Miró hacia lo alto y se quedó un rato callada. Luego dijo algo sobre la
belleza.
—Sí— respondió él.
—Hacía mucho que no se veían.
—¿También Mario y José están allá?
Ella lo miró: "¿Por qué preguntás?", le dijo.
—Porque el cielo se parece al mar también.
—Pero vos no conocés el mar.
—Sí. Lo soñé anoche.
—¿Al mar?— sonrió ella.
—Sí. Y era así, con luces, como el cielo.
—¿Y qué más había?
—Gente. Había mucha gente y agua azul. Era muy grande y no se veía la otra
orilla. Y había viento y estaban Mario y José.
—¿Con la gente?
—Sí.
—¿Y hablaste con ellos?
—No, porque no me vieron. Estaban mezclados con la gente. La gente entraba y salía
del mar y cuando salían tenían luces en el cuerpo.
—Fue un sueño lindo.
—Sí.
Permanecieron un momento en silencio y luego él le preguntó si caminando
hacia el sur se llegaba al cielo y las estrellas.
—No sé— le dijo su madre—. A lo mejor sí. ¿En tu sueño cómo
llegaste al mar?
Él puso cara de concentración y luego se encogió de hombros:
—No sé. Cuando soñé ya había llegado.
Ella no respondió. Se había quedado pensativa; luego de un rato entró
en la casa.
Él volvió a mirar la oscuridad. Hacía meses que no se podían
ver las estrellas y siempre lo había sorprendido el misterio de tanta inmensidad
allí arriba. Se preguntó si sus hermanos y las demás personas estarían
allá, en el mar de luces. Recordó la promesa que le hiciera a su madre
con respecto a ir hacia el sur si había problemas. Pensó en la gente que
habían visto aguas arriba y un sorpresivo temor lo inundó. ¿Habría
problemas si esa gente llegaba hasta la casa? ¿Tendría que caminar hacia
el sur, siguiendo el río, hasta llegar al mar? ¿Y si esa gente seguía
el mismo camino, se encontrarían lo mismo? Miraba hacia el cielo siempre sucio
y se preguntaba si nunca había sido diferente, más luminoso, con más
sol. El mar que había visto en su sueño no era así; era de una profundidad
azul, con luces de colores que brillaban en la oscuridad. El que había soñado
era un mar diferente a ese que veía, pero esa noche había algo especial.
Acaso una profundidad mayor, un llamado. El cielo adquiría de pronto una dimensión
jamás soñada para el mar. Se sintió acongojado.
—¿No vas a dormir?
La voz de su madre le pareció parte del océano cósmico en el que se
hallaba suspendido.
—Sí, dentro de un rato.
—Son hermosas las estrellas, ¿eh?— inquirió ella desde el interior de la
casa.
—Son lindas, sí.
—¿Te hacen pensar?
—Sí, pensaba en el mar.
—¿El mar de tu sueño?
—No, en el mar del cielo.
Luego de un silencio ella murmuró "a mí también, cuando chica,
me parecía el mar".
—¿Conociste el mar?
—No, nunca pude ir. Pero había visto fotos y soñaba con esas fotos. Yo
también me inventaba mares y océanos y
—¡Pero esto no es un invento, mamá!— la interrumpió él—, ¡Es
real! El mar está allá arriba...
Ella se apuró a responderle, sorprendida por la interrupción:
—Sí, yo también sé que es real y que es hermoso.
Al rato él le preguntó qué pasaría si la gente que habían
visto llegaba hasta allí.
—No sé. A lo mejor nos tenemos que esconder.
—¿Es gente mala?
Ella dudó un instante:
—La gente que escapa siempre es peligrosa.
Estuvo aún mucho rato afuera, mirando las estrellas y los peces de colores que
cruzaban el firmamento. Cuando el cansancio lo venció y el cielo comenzó
a ser el mismo de todas las noches entró en la casa. Su madre dormía. Se
desvistió en silencio. Hacía frío y se tapó con cuidado, como
lo hacía su madre cuando lo despedía por las noches. Mientras se dormía
pudo escuchar, a través de las paredes de madera, el crepitar de los eucaliptos
con la brisa nocturna.
V
Hasta entonces nunca había visto gente en movimiento, y el espectáculo
lo sorprendió. Se podían ver ya a simple vista, el horizonte palpitando
como si un ejército de hormigas abandonara la guarida. De tanto en tanto se
detenían y las delgadas columnas de humo se mezclaban con el cielo gris. Luego
proseguían la marcha, siempre hacia el sur. Cuando su madre estuvo segura de
que pasarían por allí le dijo que se esconderían para evitar problemas.
—¿De qué escapan, mamá?— había vuelto a preguntar él, sin
poder comprender porqué tanta gente caminaba junta.
—De la muerte. Todos se están muriendo y se quieren salvar.
—¿Y vos cómo sabés?
—Porque le pasó lo mismo a tu padre.
—¿Se quedó en el mar?
—Sí.
—¿Y por que decís entonces que hay que ir al mar si pasa algo?
—Porque ahora las cosas pueden ser diferentes.
—¿Y por qué no vamos nosotros?
—Estamos muy lejos y no llegaríamos.
—¿Cómo puedo llegar yo entonces si
—No sé, por favor, no preguntés más. No sé. Sólo sé
que allá puede estar ahora la salvación, pero no sé nada más.
Yo nunca fui pero sé que está muy lejos.
Luego de un silencio prolongado él volvió a preguntar: "¿Y no
podemos ir con esa gente?".
—No, pueden estar enfermos y contagiarnos.
Cuando además de las formas difusas comenzaron a distinguirse los colores la
mujer juntó unas pocas cosas y decidió que deberían marcharse.
Se internaron entre los árboles alejándose de la costa, con la esperanza
de que la multitud permaneciera junto al molino y no se adentrara en los campos secos
de la llanura. A medida que avanzaban hacia el oeste el cielo sucio fue cambiando
de tonalidad. De un gris humo fue virando hacia un naranja apagado. En el horizonte,
sobre la línea de montañas que se recortaban entre la bruma, el cielo era
de un rojo vivo. Pocas veces habían visto anocheceres de luz roja, pues casi
nunca se acercaban a los campos del oeste. Siempre se habían mantenido en los
alrededores de la casa, vueltos al naciente, entre los árboles.
Caminaban entre los últimos arbustos y algunos paraísos escuálidos
cuando se le ocurrió preguntar algo de lo que en seguida se arrepintió:
—¿Nosotros también estamos escapando, mamá?
—Ahora sí— contestó ella jadeando por la caminata y los bultos que llevaba.
—¿Somos malos como ellos, entonces?
—No, jamás seremos como ellos. Nosotros escapamos de ellos porque ellos
son los malos.
—¿Y cómo sabés que ellos son los malos si no los hemos visto de cerca?
—Porque sí.
El tono cortante no admitía réplica.
La luz se había intensificado durante la caminata pero ahora comenzaba a declinar.
Decidieron quedarse allí, en el borde del campo, donde comenzaba la llanura.
Tendieron las mantas y se sentaron con los bolsos alrededor. Tenían provisiones
para tres o cuatro días. Deberían tomar el agua indispensable pues de lo
contrario los recipientes se les acabarían en poco tiempo. Ahora sólo restaba
esperar que la muchedumbre cruzara rápido.
Venían caminando lentamente, arrastrando bolsos y botellones, con algunos animales
esqueléticos cubiertos con alforjas y bultos de colores. Había mujeres,
niños y hombres en el grupo, mezclados y con la suciedad compartida como rasgo
común. Con el catalejo pudo observar la barba de los hombres, hirsuta, cubriendo
las bocas y gran parte de los rostros. Parecían irradiar cierta luminosidad
lechosa. En algunos el halo se notaba más que en otros. Era un fulgor que parecía
provenir de la piel, atravesando los harapos con que se cubrían. Verlos así,
con la lentitud de los años y la espera, producía una impresión ambigua.
Por un lado sus cuerpos doblegados y andrajosos recordaban los ejércitos antiguos.
Y por otro lado esa imagen en movimiento daba la impresión de constituirse en
un último gesto de amarga victoria, en una débil pero clara mirada de esperanza.
Si algo había en esos ojos hundidos y oscuros que apenas se veían a través
de los cabellos hirsutos era justamente un hálito de fe inquebrantable.
Recortada contra el firmamento la caravana parecía una comparsa gigantesca.
Sobre el marco fantasmal de la llanura y el río moribundo se delineaba con sus
enseres, sus animales, sus pertenencias ridículas en medio del vacío. Él
los observaba mudo de asombro, escondido entre los árboles. Veía cuando
se detenían y subían las líneas de humo en el espacio. Veía cómo
se movían con lentitud y torpeza, cómo bebían de vez en cuando de
los odres que portaban los animales. No podía conciliar lo conversado con su
madre y lo que veía. ¿Podían esas personas ser peligrosas? Vistas
a la distancia parecían pobres seres enfermos y temerosos que gente aguerrida
y belicosa. Se lo hizo saber a su madre ese día, cuando regresó.
—No quiero que te acerqués a ellos— le contestó ella en forma brusca.
—No me vieron.
—Mejor. Pero no vuelvas por allá.
—No parece gente mala. Parecen enfermos. Tienen la cara llena de arrugas y
—¿Los viste ya tan cerca?— inquirió ella.
—Los vi con el tubo.
—¿Pero ya están cerca?
—Sí.
—Entonces no van a demorar mucho— culminó diciendo para sí misma.
Luego, como recordando, le preguntó qué estaba por decirle cuando lo interrumpió.
—Que parece que les sale luz del cuerpo— murmuró.
—Es porque están enfermos.
—¿Y se van a morir?
—Sí. Por eso no quiero que te acerqués. Podés contagiarte.
—¿Y si llegan al mar van a contagiar a los demás también?
—No sé. Tal vez no. Allá las cosas pueden ser diferentes.
Al otro día el ejército podía verse a simple vista. Iban dejando una
estela de tierra en suspensión que demoraba en asentarse. Él los observaba
agazapado entre los árboles. No había hecho caso a la petición de
su madre. Encontraba en esa gente un atractivo que lo cautivaba con una fuerza inmensa.
No le importaba saber que estaban enfermos y podían contagiarlo. Había
algo de mayor peso: la imagen del lento desfilar sobre los campos, la imagen de un
pueblo en movimiento siguiendo el curso de un río muerto. La atmósfera
que emanaba de esas visiones lo había embriagado lo suficiente como para contradecir
a su madre.
El cielo se había ido cubriendo de un tono dorado que luego viró a rojo
sangre. La luz que escapaba de los cuerpos se fundía con el rojo y parecía
licuarlo. Allí la luz era amarillenta, con ocasionales desbordes de un naranja
vivo que pronto se volvía rojo como el cielo. Algunos mugidos comenzaban a escucharse
en el aire calmo.
Parecían marchar en forma uniforme, bordeando la margen este. En esa costa había
pocos árboles y se los podía seguir con facilidad. Antes de que llegaran
frente suyo supo que habían descubierto el molino porque un movimiento sorpresivo
animó al conjunto. Escuchó algunos gritos. Un grupo se separó de la
caravana y descendió hacia el cauce. Lo hacían con una especie de trote
cansino, en diagonal, como los perros. Los demás siguieron caminando hasta ubicarse
justo enfrente.
Cuando el grupo que trotaba se metió en el agua barrosa tuvo un escalofrío.
De pronto sintió miedo por la cercanía. Los enfocó con el catalejo
y observó, enormemente ampliadas, sus facciones macilentas cubiertas de excoriaciones.
Algunos destellos escapaban entre las ropas. Recién cuando escuchó sus
voces nuevamente, ya cruzado el lecho, tuvo coraje como para dejar de mirar. Echó
a correr esquivando los eucaliptos y los arbustos, agachado por temor a que lo vieran.
Las voces se escuchaban cada vez más cerca.
Llegó jadeando hasta donde estaba su madre. Ella lo abrazó y le dijo en
un susurro que hablase solamente lo necesario y por lo bajo. Asintió y se apretó
contra ella.
—Ya llegaron— murmuró agitado—. Están en el molino.
Ella hizo un gesto con la mano y dijo "habrá que esperar acá, no podemos
hacer nada".
—¿Se van a meter en la casa?
—Por las dudas no vamos a volver más ahí.
—¿Y qué vamos a hacer?
—No sé. Ya veremos cuando se vayan.
Cuando se calmó y se separó notó las manchas rojas y la piel tirante,
con grietas que la surcaban en sentido longitudinal. En algunas partes amenazaban
con abrirse.
—¿Te duelen ahora?— le preguntó.
—Me pican un poco— reconoció ella—. Seguramente porque no las mojo.
Iba a preguntarle porqué no lo hacía cuando comprendió que no tenían
agua suficiente.
En el horizonte el sol declinaba envuelto en vapores rojos y naranjas. Era la única
hora del día en que el cielo parecía limpio y claro. Comenzaba a refrescar
y se abrigaron dentro del refugio de ramas que habían armado. Si llovía
se mojarían sin remedio pero las tormentas de agua eran cada vez más raras.
Antes de acostarse bebieron un líquido frío y espeso que la mujer había
preparado durante el día. Algunas legumbres le daban algo de sabor. No podían
arriesgarse a encender fuego. La brisa les trajo algunos sonidos aislados, risas
y gritos. En la penumbra parecían lamentos de fantasmas.
—¿Entendés lo que dicen?— le preguntó ella al oído.
—No. Hablan raro.
—Puede ser otro idioma.
—Sí— dijo él, que nuevamente percibía el miedo.
Al rato no pudo evitar preguntarle, en voz muy baja, si sus hermanos se habían
ido porque estaban enfermos. Como su madre no le contestara volvió a hablar:
—¿Ellos tenían la luz en el cuerpo también?
—No. No cuando se fueron.
—¿Pero estaban enfermos?
—A lo mejor. Ahora dormí y no pensés en eso.
—Ellos también tenían manchas, yo me acuerdo.
—No sé. Dormite por favor. Hasta mañana.
El sueño tardó en llegar. Recién pudo cerrar los ojos cuando se apagaron
las últimas voces.
Habían pasado ya dos días cuando, por la noche, al llegar la brisa, no
escucharon nada. La calma, después de esas noches en donde se dormían oyendo
gritos y risas, los asustó. La noche anterior la algarabía había sido
inusual y escucharon más gritos que de costumbre.
—¿Se habrán ido?— preguntó él entonces.
—Ojalá. Pero pueden estar cerca.
Tuvieron un sueño intranquilo, poblado de espectros barbudos y sucios. Cuando
la primera luz del amanecer doró los árboles que enmarcaban la llanura
él dijo que habría que ver si se habían ido.
—Mejor esperamos hasta la tarde. Si entonces no escuchamos nada vamos a ver.
Cuando había pasado el mediodía se encaminaron hacia la casa. La calma
era total en el día sin viento. Habían recorrido la mitad del trayecto
cuando ella reprimió un grito.
—¿Qué pasa?— preguntó él asustado y enarbolando el palo que traía.
Por toda respuesta su madre le señaló algo entre los arbustos. Él
se acercó despacio, con el palo en alto. Desde el suelo, en una posición
grotesca, lo miraban dos ojos fijos y amarillentos. Debajo de ellos se asomaba una
lengua oscura y debajo ya no había nada. Algunos colgajos señalaban la
zona en donde la cabeza había estado unida al cuello de un hombre.
—Por Dios...— dijo ella por lo bajo.
—¿Qué hacemos?
—No la toqués y sigamos.
Una mezcla de miedo y valentía le agitaba el pecho. Tomó con firmeza el
palo y caminó con más cuidado. La sensación que experimentaba era
nueva y esa novedad parecía darle más energías. Era el primer contacto
directo que tenía con la muerte y, fuera de la impresión del primer momento,
ahora lo animaba una especie de curiosidad infantil. Sentía que ese bullir era
hacerse hombre. Su madre caminaba detrás, en silencio.
VI
De la casa sólo hallaron ruinas. El lugar había sido devastado. Se habían
salvado los árboles más gruesos, los eucaliptos y algunos paraísos
ya bien arraigados en el terreno. Los demás habían desaparecido, seguramente
convertidos en leña a juzgar por los restos de fogones. Del caño del molino
salía un chorro de agua espumosa que caía en el pozo de tierra. Debía
estar funcionando desde que llegara la caravana. En medio de la destrucción
eran los únicos seres vivos. Cuando asimilaron lo ocurrido se abrazaron.
Lo que más los impactó fue el olor de los cuerpos. Había mujeres,
hombres y niños tirados en una amplia zona que abarcaba desde el río hasta
los árboles. Algunos mostraban signos de golpes, por lo que pensaron que la
gritería de la última noche había sido una batalla entre facciones
antagónicas. Otros parecían haber muerto naturalmente y eso los asustó
más. Por las dudas no se acercaron a los cuerpos. Cuando terminaron de recorrer
el lugar la mujer se acercó al chorro y se mojó las manchas. Él la
miraba sin decir nada.
—¿Querés mojarte vos también?— le preguntó ella con una sonrisa
difusa en los labios pálidos.
—Después. Ahora voy a mirar si se fueron.
Se dirigió hacia la barranca, ahora descalzada en muchas partes. Apuntó
con el catalejo hacia el sur y fue siguiendo la línea del río. En el horizonte
creyó ver movimientos y columnas de humo, pero había demasiado polvo en
suspensión.
—¿Los ves?— preguntó su madre.
—Me parece que sí.
—¿Lejos?
—Más o menos. ¿Te parece que volverán?
—No creo. Ya tienen lo que buscaban. Deben haber cargado agua para varios días.
—¿Y ahora qué vamos a hacer?
—Irnos a otro lado. Esto debe estar contaminado.
—¿Por los muertos?
—Y por los vivos que se fueron.
—¿Y nosotros?
—¿Nosotros qué?
—¿Estaremos también contaminados?
—No sé. Pero por las dudas vamos a irnos. Sólo vamos a venir a buscar agua
y nada más.
—¿Y con los muertos qué hacemos?
—Nada. No hay que tocarlos.
Él también se mojó y tomó agua. Entre sorbo y sorbo le preguntó
a su madre si los muertos que también se habrían ido al mar.
—A lo mejor sí— dijo ella.
—¿Y Mario y José se van a enfermar también?
—No, porque ellos ya son grandes y saben defenderse.
Buscaron un lugar para construir el refugio. No podían arriesgarse a permanecer
allí. Acordaron que sólo irían al molino dos veces por día para
buscar agua y nada más.
Días más tarde encontraron dos cuerpos más. Él estaba haciendo
su recorrida habitual sobre el lecho seco cuando divisó dos cosas que sobresalían
del agua barrosa. Se acercó con cuidado y a una docena de metros sintió
el olor fuerte y dulzón de la carne podrida. Alguna ropa cubría los cadáveres
que flotaban, hinchados, a punto de reventar.
El río había adquirido una tonalidad amarillenta en los últimos tiempos.
Daba la impresión de que se había espesado, que fluía con más
lentitud que antes. Los pastizales también tenían un tono acorde.
—Se está muriendo la tierra— le dijo a su madre mirando la llanura.
—Sí. Falta agua.
—¿Se acabará también la del molino?
—No, no creo— dudó un momento—. No ahora al menos.
—¿Y si se acaba?
—Si se acaba buscaremos en otra parte.
Las manchas rojas en el cuerpo de la mujer parecían crecer cada día, cubriendo
la superficie, tiñendo la piel, agrietando brazos y piernas. Él miraba
cómo se humectaba el cuerpo, cómo evitaba rascarse cuando la picazón
y el agua no bastaban. Muchas veces había mirado su propio cuerpo pero no lograba
descubrir nada. Se preguntaba de dónde habría sacado su madre las manchas
y porqué no tenía él también. Una vez se lo había preguntado
y ella contestó que no sabía.
No supo en qué momento comenzó a sospechar que su madre no conocía
las respuestas a todas sus preguntas. Comenzó a temer el día en que le
preguntara algo y ella no supiera qué contestarle. Pensó que ese día
debería partir, aunque no supo porqué. Tal vez porque ambas cosas lo preocupaban
demasiado. O porque desde hacía tiempo pensaba en el mar, en que le gustaría
conocerlo y que deseaba, pese al temor, iniciar la marcha. Poco a poco fue olvidando
el miedo sufrido durante la incursión de los bárbaros. Así como habían
llegado se habían marchado y fuera de los restos no habían dejado nada.
No había vuelto a soñar con sus hermanos cuando una mañana se despertó
sobresaltado. Sudaba un agua fría y vio que su madre aún dormía. Algo
había pasado y no sabía qué. Pensó que podía tratarse de
un ruido. Sin moverse, con la cabeza alzada y un codo apoyado en el suelo, miraba
a su alrededor buscando entre la maleza y los árboles. Hacía tanto que
no veían y escuchaban un animal que casi había olvidado la sensación
que experimentaba.
Dos o tres días después volvió a despertarse con la misma angustia.
Ahora sabía que había algo cerca, que lo despertó el ruido. Escuchó
con atención por si lo podía descubrir, agazapado entre los arbustos, mirándolo.
Luego de un rato se cansó y estaba por cerrar los ojos y seguir durmiendo cuando
vio que algo se movía detrás de un eucaliptos. Inexplicablemente contuvo
un grito. Detrás del árbol apareció una figura que al acercarse coincidió
con lo que recordaba de Mario. Lo observó con ojos desorbitados y sólo
se tranquilizó cuando Mario le sonrió con la mueca con que solía festejar
sus propias bromas.
—¿Cómo estás?, le preguntó Mario con su voz de siempre.
—Bien. ¿Y vos? ¿Dónde estuviste? ¿Y José?
Sin darse cuenta había estado hablando en voz baja, para no despertar a su madre.
—Calma, calma. Vamos por parte. José anda por ahí; tal vez uno de estos
días se acerque a saludarte. Juntos estuvimos en el mar y...
—¿Conocieron el mar?— lo interrumpió.
—Sí".
—Me acuerdo. Me lo habían dicho en un sueño, en el río.
—Sí, cuando el río todavía tenía agua. Yo también me acuerdo.
—¿Volvieron para quedarse?
—No, nos vamos de nuevo. Allá se está mejor. Tendrían que venir.
—Mamá dice que es peligroso, que el camino es muy largo.—Mamá está
enferma.
Fue a contestar algo pero se quedó callado. Mario siguió hablando:
—Por eso vine, para avisarte.
—¿Y de qué se enfermó?
—Bueno, de lo que se enfermó todo el mundo. De la peste.
—¿Por eso le crecieron las manchas rojas?
—Ajá.
—¿Y vos y José también se enfermaron?
—Sí".
—¿Y por eso fueron al mar?
—Sí. Y también porque es el único lugar a donde se puede ir.
—¿Y uno no se puede quedar acá, al lado del río, con los árboles?
—No mucho. El río ya no es río y los árboles están muriendo de
a poco. Acá no va a quedar nada.
—¿Y mamá y yo?
—Tampoco. No te olvidés, hay que irse.
No pudo preguntar más porque la imagen de su hermano se diluyó y porque
un sopor inmenso lo hizo recostarse nuevamente. Cuando despertó el sol estaba
alto y su madre no estaba. La escuchó andar por los alrededores.
—¡Mamá!— la llamó dando un salto.
—¿Qué pasa?
—Hablé con Mario.
—¿En sueños?
—No, estuvo acá, al lado. Fue hoy temprano.
—No lo escuché— dijo ella sin darle importancia.
—Me despertó a mí nomás. Dijo que vos estabas enferma y que había
que ir al mar.
Ella sonrió y no contestó. Las marcas rojas en su cuerpo habían comenzado
a tornarse más oscuras. Luego de un rato ella le dijo que todas esas eran sólo
fantasías, que sus hermanos no podían ir porque estaban muertos desde hacía
mucho tiempo y que ellos también se iban a morir.
—Pero yo no quiero morirme— dijo él sintiendo que comenzaba a lagrimear.
—Yo tampoco. Pero todos nos vamos a morir algún día.
—¿Por la peste?
—¿De dónde sacaste eso?
—Mario me contó.
—Bueno, sí, por la peste— dijo ella tragando saliva.
—¿Es una enfermedad?
—Sí.
—¿Por eso la gente que pasó iba al mar? ¿Para curarse?
—Iban porque no sabían qué hacer en donde estaban. Pero no hay cura en
ninguna parte.
—¿Y tampoco en el mar?
—Tampoco.
Se enjuagó algunas lágrimas.
—Pero Mario dijo que
—Mario no puede haber dicho nada porque no estuvo acá. Mario está muerto
como todos los demás. Como todos los que pasaron por acá. No queda nadie
con vida en ninguna parte, ¿no entendés?
No contestó. Sentía que su madre había perdido la capacidad de dar
respuestas. Que estaba solo y que eso era peor que la enfermedad y la falta de respuestas.
Se alejó despacio. Bajó la barranca hasta el lecho seco y caminó sobre
la tierra blanca de sal. Aferraba el catalejo y de tanto en tanto se detenía
y miraba a través del tubo. Salvo la tierra y los arbustos calcinados no se
veía nada. Ya no lloraba pero sentía correr las lágrimas por dentro.
Habría deseado que nunca llegara ese día. Habría deseado hacerse hombre
de otra manera, en otro lugar inclusive. Sentía que la desolación de la
llanura se le iba metiendo adentro y que lo iba desolando a él también.
Si en el mar tampoco estaba la salvación no la hallaría en ninguna parte.
Casi sin darse cuenta el mar se había convertido en una imagen recurrente de
sus pensamientos y sueños. Lo imaginaba como vivía la planicie seca y los
eucaliptos desgajados por las tormentas. Lo imaginaba como había vivido la llegada
y partida de los harapientos y el miedo que trajeron sus rostros barbados y desnutridos.
Lo imaginaba como una realidad, no un sueño. Pensó en la charla que tuvo
con Mario. Le había asegurado que el mar era la única posibilidad. Tal
vez debiera intentarlo. Tal vez debía ir hacia el sur.
Se había sentado sobre el casco de la embarcación que afloraba sobre el
lecho. No había caminado mucho. Necesitaba despejarse, tomar distancia frente
a los últimos cambios. Necesitaba desesperadamente volver a encontrarse en medio
de esa devastación de cielos sucios y ocasos de luz roja.
Mirando el paisaje reseco tuvo la impresión de un nuevo cambio. Una especie
de pálpito, de inspiración repentina que le contrajo el vientre y le sacó
el aire. Sólo había experimentado algo similar cuando la tierra tembló
por primera vez.
Emprendió el regreso. Caminaba rápido y pronto echó a correr. Una
urgencia impostergable lo impulsó sobre el lecho seco y luego subiendo la barranca
e internándose en los pastizales. Supo antes de llegar cuál era el cambio
y no se sorprendió al constatar que su madre no estaba. Había partido,
como Mario y José, sin dejar rastros.
VII
Tengo que estar tranquilo y pensar con claridad porque todo está bien
y yo me siento bien y no hay problemas se repitió una vez más cuando
se levantó. Recién comenzaba a amanecer y el sol apenas iluminaba la suciedad
del cielo. Iba a ser un día caluroso. Ya desde temprano se distinguía hacia
el río un vapor espeso y ocre que subía en volutas y manchas más o
menos parejas.
Salió de bajo el montón de ramas y se restregó los ojos. Le picaba
el cuerpo por haber dormido directamente sobre el suelo. Dando vueltas en sueños
se había salido de la manta y había despertado sobre la tierra áspera,
cubierta de hebras que le habían marcado la piel en varias partes.
Sacó de entre las ramas el catalejo y se dirigió hacia el río. Al
pasar ante el cúmulo de tierra que protegía simbólicamente los restos
de su madre se detuvo un momento pero luego siguió su camino. Todas las mañanas
iba hasta el río y oteaba el vacío hacia el norte en busca de otro ejército
que fuera al mar. Esa sería la salvación. El mundo cambiaba demasiado rápido.
Ahora la tierra ya no se movía pero el río se había secado y una vez
había llegado un viento azul que había destruido y manchado todo lo que
había. El viento y la tierra habían terminado por secar el río, que
ahora apenas si algunos días podía largar un vapor mustio, como indicando
que bajo el polvo todavía quedaba algo de humedad. El molino había quedado
dañado luego del viento y tuvo problemas para conseguir que saliera agua. Las
aspas se habían estropeado y la estructura, en general, estaba a un paso de
venirse abajo.
Había buscado a su madre varios días pero todo había sido inútil.
La razón le decía que no podía haberse alejado mucho pero sin embargo
no hallaba su cuerpo en ninguna parte. Terminó creyendo que había caído
al río, que aún podía cubrir a una persona. Como luego vino el viento
y tapó lo poco que quedaba no se preocupó más en buscarla. Pero su
imagen lo atormentaba en sueños. Se le aparecía junto a sus hermanos y
le hablaban en una lengua extraña que no comprendía. Había una palabra
que se reiteraba y que, debido acaso a la musicalidad o debido a su propia necesidad,
terminó por relacionarla con el vocablo "mar". Me hablan del mar
porque ellos están ahí. Tengo que ir, tengo que reunirme con todos.
Pero luego no aparecieron más.
Días antes había estudiado con detenimiento la llanura, ahora azulada hasta
el horizonte, y no había descubierto ningún movimiento revelador. En las
márgenes tampoco. Sabía que no debía permitir que el desasosiego lo
inundara porque eso terminaría por sumirlo en la impotencia. Sentía el
peso de la soledad y pensaba lo que haría si no aparecía nadie, si ningún
ejército de harapientos llegaba buscando el mar, si nadie le daba fuerzas para
seguir. Tengo que estar tranquilo se repetía entonces para no dejarse
ganar por el miedo.
Había adelgazado, y la flacura comenzaba a dolerle en la piel floja y en los
huesos que parecían crujir cuando se movía. Acaso por esa situación
límite en que se hallaba es que recordó una tarde algo que su madre le
había dicho, seguramente más para terminar una discusión estéril
que por auténtico convencimiento: "Rezá, rezále a Dios".
"¿Quién es Dios, mamá?", había preguntado él,
asombrado al saber que había alguien más además de ellos en ese mundo
cambiante de todos los días.
—Dios es todo lo que ves— dijo ella con un gesto abarcante.
—¿Todo esto? ¿La tierra y el agua y las plantas y nosotros? ¿Todo?
—Sí, todo esto que ves. Todo es Dios.
—¿Y por qué le tengo que rezar a él?
—Porque te puede ayudar a comprender las cosas. Mejor que yo todavía.
—¿Puede escuchar la tierra y el agua?— había preguntado entonces mirando
incrédulo el suelo y pensando en que tal vez fuese un error pisarlo.
—Sí, todas las cosas escuchan si se les sabe hablar.
Ahora pensaba que nunca había logrado comunicarse con las cosas y que en aquel
momento había intuido que le faltaba conocer la forma para hacerlo. Ahora pensaba
que Dios no podía ser ese río seco y esa llanura azul que se extendía
marchita hasta el horizonte. Dios no podía estar en esos pastos mustios y menos
todavía en su propio cuerpo enflaquecido. Acaso Dios estaba en el mar, con los
demás, con Mario y José y su madre y esa comparsa de hambrientos que había
visto desfilar. Acaso Dios fuese el mar, finalmente. Pero no esa tierra yerma y desolada.
Mientras pensaba en esas cosas había tomado la decisión de esperar el paso
de otro grupo sentado en la barranca, cerca del barco. Se había ubicado con
las piernas un poco colgando y un poco apoyadas sobre la tierra que bajaba hacia
el lecho, las manos apoyadas sobre el suelo y el catalejo descansando al lado. Tenía
que esperarlos. Sabía que en algún momento otra gente aparecería buscando
el mar y que lo llevarían y se salvaría y volvería a encontrarse con
su familia. En el mar están todos y está también Dios y todos están
bien, seguro que sí, todos bien.
El cielo fue cambiando de color. De un gris humo fue pasando a un naranja fuerte
y luego a un rojo ardiente cuando el sol estuvo arriba, cayendo vertical, y luego
volvió a degradarse hasta el fuego azulado en el poniente, más allá
de la llanura, contra las montañas. Le dolía pensar que acaso sus hermanos
lo habían olvidado. A lo mejor mamá tenía razón y ellos
nunca vinieron.
Había comenzado a refrescar. Se envolvió con la manta gastada que tenía
para dormir y enfocó nuevamente el horizonte brumoso del norte. Nada. Ningún
movimiento sobre la tierra, ningún hilo de humo elevándose al firmamento.
Debería seguir aguardando. En silencio, la figura dormida del barco parecía
acompañarlo.
Con los ojos cerrados imaginó el oleaje rumoroso y constante, la arena dorada
de la playa donde estaban todos conviviendo, el cielo azul y limpio, puro, que los
iluminaba y protegía. Nunca había visto el mar y de pronto le pareció
tan real que no quiso abrir los ojos para encontrarse con la realidad del lecho sin
río y la llanura sin pasto. Siguió tejiendo sueños y pensamientos
en donde estaba con su madre y sus hermanos mirando el océano azul verdoso,
infinito, que se extendía hasta el horizonte. Había comenzado a declinar
el sol y refrescaba. Pronto aparecerían las primeras estrellas en el otro océano
y se imaginó que eran islas de luz que tachonaban un oleaje fabuloso. ¿Habrá
gente también en aquellas islas del cielo? ¿Estarán también
mirando el mar y se preguntarán por mí? Estiró una mano hacia
el catalejo y lo atrajo bajo la manta. A lo mejor si pienso mucho en el mar pueda
llegar sin caminar. Estoy cansado para caminar, muy cansado, y el mar está lejos
pensó y se detuvo en una estrella pequeña y brillante que parecía
titilar, como guiñándole un ojo. El sol había caído y una leve
brisa llegaba desde el poniente. La estrella palpitaba con un ritmo pausado y de
tanto en tanto cambiaba su coloración, tornándose roja o azul o amarilla.
Bajo la manta se rascó los brazos doloridos. Un picor intolerable se expandía
por ellos y su cuerpo desde hacía varios días y sin agua no podía
calmarlo. Pensó en acercarse al molino pero desistió. Sentado frente al
espectáculo del universo en ebullición se estaba mejor. Hacía frío.
El viento soplaba lastimero entre los árboles descoloridos. Con los ojos cerrados,
tiritando bajo la manta como tantas otras noches, se acompañaba con el lento
respirar de la estrella. Un suave rumor de olas cósmicas lo acunaba en silencio.
Santo Tomé, setiembre de 1988.
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