EL SUEÑO De las novelas que publicó en esta década, quizá El sueño sea la más compacta y ajustada. Un deleite fuera del canon y sin compromisos con la época. Los lectores de Aira ya están acostumbrados a sus finales arremolinados, en los que el frenesí se apodera del narrador y la historia estalla en mil pedazos. En las últimas cincuenta páginas de sus novelas, ya se comienza a respirar de otro modo, como si el lector también se agitara con la aceleración de la historia. En algunos casos, los destrozos son abusivos, brutalmente repentinos; en otros, pareciera que las esquirlas de la trama dieran contra una pared formando las palabras The end. El sueño termina bien y, ya desde las primeras páginas, adquiere una forma de relato cinematográfico. El centro de la acción es un quiosco de diarios, donde se reúnen los personajes principales. Como si se tratara de una película de Spike Lee, la rutina es quebrada por pensamientos extraños. Mario, hijo del quiosquero, es el protagonista. Su destino es el del héroe de la vida cotidiana, que descubre una trama secreta en la realidad. Más allá de las coordenadas de lo real, que pueden diferir según la lente o la posición, en esta novela la fantasía no impide ninguna actitud. El sueño transcurre en Flores, barrio donde vive el autor desde hace muchos años y del que ha extraído buena parte de lo que escribe, sobre todo en sus últimos libros. El quiosco está apoyado en la pared de un edificio que es un refugio de madres solteras. Enfrente está "el Misericordia", un colegio de monjas que se convertirá en el tren fantasma de esta historia de aventuras. El triángulo es perfecto: madres solteras expulsadas de la sociedad; monjas que, enclaustradas en una realidad propia, inventan, a partir de una vieja revista Para Ti, una fórmula para procrear y salvar el cuerpo de la ira divina. Las primeras buscan el perdón y un techo; las otras, un hijo y la intemperie. En el medio está el quiosco, algo así como un condensador de la realidad: en él se concentran todas las publicaciones que la representan y multiplican de mil maneras diferentes. Pero finalmente, la realidad, como la paciencia, espera que las cosas sucedan para afirmar su identidad. Así es como El sueño, a pesar de sus monjas robots y del profesor Neurus, adquiere verosimilitud. Porque las cosas suceden de la mano de los personajes. Y como éstos son portadores de pensamientos agolpados, dan lugar a tramas desenfrenadas que los convierten en filósofos mundanos. En La liebre, una de las mejores novelas de Aira, los lugareños que conversan en el campo se parecen más a Deleuze y a Guattari que a cualquier gaucho pampeano. La novela da muchas oportunidades para divertirse. Desde las recomendaciones lujuriosas que vociferan las endiabladas alumnas del colegio de monjas hasta las observaciones espacio-temporales de Horacio, el amigo de Mario, con sus improbables teorías. El asegura, por ejemplo, que así como al mirar hacia arriba uno puede ver lo que ya pasó (calculando el tiempo que tarda la luz en llegar a la tierra), al mirar para abajo, desde una terraza, por ejemplo, uno ve las cosas antes de que ocurran. Esta es la realidad de la ficción de Aira, en la que la vida se concentra y forma un todo posible. Y donde lo primero que percibe un personaje antes de ver nada, es que no hay nadie mirándolo. Fabulosa historia mínima que se agranda con la visión que Aira tiene de las cosas y que, en este caso, se emparenta con la celeridad de La vida es un tango, de Copi, o con la prosa desmesurada del francés Daniel Pennac. Dado que los seres humanos, a diferencia de los animales, son contenedores de alucinación, según dice el narrador de El sueño, aquí casi todo está permitido. El casi corre por cuenta del lector. Por Silvia Hopenhayn
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Una novela fuera del canon y sin compromisos con la época
Casi todo está permitido
Por César Aira
(Emecé) - 198 páginas - ($ 12)
ALGUNOS dicen que los libros de Aira son sólo comparables entre sí. Fue él mismo quien se ha encargado de ordenar las cosas de modo tal de darle fuerza a esa idea. Por un lado, su obra, que abarca distintos géneros. Escribió teatro (Madre e hijo), cuento, novela (Ema, la cautiva, La liebre, Los fantasmas, La guerra de los gimnasios), nouvelles (El llanto, La prueba, La costurera y el viento, Los dos payasos), diario (Diario de la hepatitis) y ensayo (trabajos sobre Copi, Arlt y Rimbaud). Por el otro, su imagen: Aira ha diseñado esmeradamente su propia estrategia de marketing (casi un código de honor). Ninguna editorial ni medio de comunicación puede tentarlo tanto como para hacerle perder su autonomía. El establece las reglas, así como lo hace en la loca realidad de su ficción. Suele publicar sus novelas en Emecé, como es el caso de esta última, El sueño, y las nouvelles y otros textos menos centrales de su producción en editoriales más pequeñas, entre las cuales la rosarina Beatriz Viterbo Editora es su favorita. Doble vida editorial con la que parece sostener una política de sí mismo, donde importan más los pasos que la huella que se deja.