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Luis
Chitarroni comenta sobre la nueva obra de Aira.
El olvido y la creación
El
congreso de literatura
Por
CESAR AIRA
EN la nueva novela
de Aira, el hilo de Macuto lo salva de la pobreza. ¿A quién?
La pregunta es difícil de contestar. Al narrador, podemos decir
educadamente, no a César Aira. A César Aira -que trabaja,
traduce, vive de eso-, no. El narrador de El congreso de literatura
es escritor e inventor (como Arlt, sin ir más lejos), "el
sabio loco del comic". Invitado a un congreso de literatura
en la pequeña ciudad de Mérida, intenta hacer clones de
Carlos Fuentes para dominar el mundo con un ejército de intelectuales
poderosos. Después de que el narrador se ha presentado, averiguamos
que ha escrito una pieza teatral cuyo título (En la corte
de Adán y Eva), resulta de la combinación de los de
dos obras de Mark Twain. En esa pieza también está presente
un motivo de Madre e hijo, obra de César Aira...
Desde El llanto, creo, con una simplicidad creciente,
los narradores y protagonistas de las novelas de César Aira son cada
vez más César Aira (por lo menos parcialmente), y eso se explica
no tanto por la creación de un personaje que narra sino por la definición
de un estilo discursivo.
Debe de haber muy pocos escritores con la capacidad analítica
y la aptitud racional de Aira. Esa capacidad y esa aptitud consienten el
desarrollo y la paradoja. Por un lado, la habilidad para dar curso a largos
períodos especulativos, teóricos y filosóficos; por
otro, la destreza reactiva que puede anularlos. No importa que unos impongan
lo digresivo y otros irrumpan con invenciones fantásticas o disparatadas:
afirman juntos esa continuidad o continuo que Aira persigue obsesivamente.
Casi veinte años atrás, otra novela de Aira,
Ema la cautiva, había causado un exabrupto, el exabrupto sutil,
casi fantasmal, que una aparición de esta índole podía
provocar en un medio sofocado y sofocante. Escrita con una distraída
elegancia, Ema... imponía ya una cauta performance
estilística que se dejaba definir mejor por sus rechazos que por
sus adhesiones. El rechazo incluía tanto la aptitud de la primera
persona del singular para narrar una historia como la polifonía acompañante,
suplente o sustituta, según la cual un solo hecho o dos alcanzan
y muchas voces, moduladas de acuerdo con alguna sospecha del autor acerca
de la locución y las características vocales del que contaba,
sobraban para amplificar un relato de dos páginas y convertirlo en
una novela de doscientas. Veinte años después, Aira es ecuánime:repudia
tanto las costumbres de la novela popular como las tentaciones de la vanguardia.
Ahora bien, mientras leía El congreso de literatura,
conseguía otro libro de Aira, el único de los editados que
me faltaba leer (creo): La trompeta de mimbre. Empezó entonces
una pequeña aventura muy airana que consistía en leer una
obra maestra dentro de otra haciendo de cuenta que tales cosas son fantasías
indignas de Occidente.
Uno de los relatos de La trompeta de mimbre es un viaje
desmemoriado por las lecturas infantiles y juveniles, que roza la falta
de recuerdos sin estrenar nunca la amnesia total, y que me obligó
a detenerme en una afirmación reveladora: "Y es por eso que
soy tan decidido enemigo de la memoria, ese barroquismo; si por mí
fuera, no la usaría nunca...".
La decisión de Aira de "no volver atrás"
sintetiza una pasión. Una pasión narrativa y ensayística
porque, si bien es ostensible en las novelas, los ensayos son los que insinúan
su definitiva felicidad. Desde Borges, el ensayo argentino se ampara en
el precio -no en el valor- de una idea y en la oportunidad de repetirla
a lo largo de todo el texto, incluidas la notas al pie. Los ensayos de Aira
revelan otra condición, además de no tener notas al pie. En
ellos se ve aparecer una elaboración que establece, sin hacerse evidente,
el registro de cualquier circunstancia o simulacro de pensamiento:es la
que borra como secundaria -y por lo tanto obvia- la demoledora explicación.
En la medida en que el olvido es "la única sensación
pura", como se sostiene en La costurera y el viento, el relato
progresa o regresa sin alarmas a pesar de la omisión de transiciones
convencionales. Esta conducta prevalece en El congreso de literatura
y solicita nuestra lectura, nuestro agradecimiento y nuestra felicidad.
Luis Chitarroni
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