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CLARIN, Domingo 04 de abril de 1999

 

RELATO DE CESAR AIRA
Fábula y delirio

El congreso de literatura
Por CESAR AIRA
(Tusquets) 126 páginas

A pesar de haber escrito ya una veintena de libros, éste, El congreso de literatura, es el primer libro que César Aira me dedica. ¿Por qué? ¿Cómo saberlo? ¿A quién puede importarle? Más que preguntas y cuestiones, la dedicatoria me propone lecturas. El libro, que ya había leído, se hipertrofia, crece con las relecturas que vienen a devolverme cierta vaga idea que tengo de la literatura.
    Más allá de la crítica, de las vertiginosas apreciaciones teóricas, del gusto, de la virtud del que escribe, de la inocencia perversa del que lee, el libro en sí, la novela, es un juguete sobrenatural, una mezcla algorítmica de realidad e irrealidad, buscada y alcanzada. El congreso de literatura nos cuenta la aventura de un Sabio Loco, gemelo intelectual de un pirata inventor leonardesco, escritor e ingeniero en genética, que se dedica a la obtención de tesoros y clones y, como si eso no le bastara, a las bellas letras. En ocasión de un congreso de literatura en la ciudad de Mérida, en Venezuela, no sólo se enriquece "infinitamente" con la extracción de una especie de Tesoro de los Tesoros, sino que además intenta clonar al escritor Carlos Fuentes, con la intención acotada de dominar el mundo con un ejército de intelectuales "superiores" y poderosos. A tal fin, crea un adherente maniquí de avispa, un monstruito clónico también que, al mediodía, venciendo todas las fortalezas inexpugnables de la intimidad de las celebridades, "supo" extraerle una célula para la sospechosa clonación. Así, desde el inicio, en la mullida apariencia de facilidad de lo verosímil, se suceden escenas que el mismo narrador despeja bajo la denominación extraordinaria de "azares", "posibilidades de traducción" o simplemente "traducciones".
    Se trata de una fábula central a la que se añade una multiplicidad de "traducciones". Y traducciones de traducciones que el narrador va contando como letras de alfabeto hasta no poder más, colmar el vaso de espuma, obtener infinitas traducciones. Traducciones que dejan imaginar la literatura como una fábrica perpetua de traducciones. Para Aira, parece que no fueran otra cosa que un indiferente secreto. Algo así como el secreto de la vida misma, cuya fórmula, vuelvo a conjeturarlo, parece ser la inconstante mezcla, pero el matiz justo, alcanzado, de realidad e irrealidad.
    Fábula y fantasía se bañan en la idea de permanecer el tiempo que dura un libro, y captar una luz o señal de la lengua en ese otro lugar: la traducción. Como si fuera necesario, y de hecho lo es, interrogar constantemente, al leer, esa otra lengua que al escribir es otra libertad desconocida: un habla. ¿No somos acaso una traducción constante, incluso ya no de saberes o cosas inteligibles, sino de sensaciones oscuras, crudas, llamadas "dolor", "remordimientos", "penas"? Ahora bien, la clonación es como un fractal de la traducción. ¿Por qué fractal? Sin duda por el aspecto irregular del fractal; sin duda por su carácter casual. Es decir: monstruoso, a su manera; con una capacidad azarosa y monstruosa de infinitos lados. No se obtienen iguales, se obtienen "gazapos" de clones; y no son "símiles", sino "traducciones". El clonador está en la montaña; en las nieves eternas que rodean Mérida. ¿A quién le dedica la obra el clonador? A su lector: a esa conjetura acotada e infinita de posibles lecturas y relecturas. A ese vacío de clon. Puede llamarse: la concisión de lo extenso, de lo uno. El narrador mismo lo dice hacia el final: "...Yo sabía que con los clones es así: uno son todos". Pero se trata en todo caso de una traducción especial que me atrevería a llamar la "traducción vidente", contraria a la "traducción ciega", que explica el narrador del libro: "...La que se hace trasponiendo mecánicamente las lenguas, sin pasar por el contenido..." La traducción vidente, a mi entender, está emparentada con las metamorfosis, dado que en ellas hay -como lo sabía el poeta Ovidio- un gesto mítico y meditable. El gesto soberbio de la propia naturaleza artificial cuando opera el cambio. Un arte, una estética de indiferencia sutil que parece contornear o subrayar cada acción, cada transformación, con inexplicable olvido: con amnesias. El sabio que narra dice: "¿Cómo se puede tener tanta amnesia en una sola vida? ¿No es un punto a favor de la teoría de la reencarnación?" En efecto, el olvido, las amnesias, son la matriz de la posibilidad, de la poesía. Aunque el narrador odia "las neblinas poéticas", trabaja la materia de las infinitas invenciones, y el modo no finito de la reencarnación.
    Y así, el contenido de cada traducción vidente practicada por Aira, a cada capítulo, a medida que vamos leyendo la novela, vuelve "meditable" cada cambio; cada "pensamiento" pasa a la acción, pasa al sueño imposible del arte.
    Para acercarnos más aún al afecto de esta teoría genética de Aira, nos queda un subterfugio, una razón más: atraer o imaginar la traducción genesíaca o jeuneussíaca, la innumerable génesis de juventud del aventurado Raymond Roussel. Roussel se atrevió como pocos en la colonización genética de la literatura: llegó a crear una literatura de provisión, más que personal, hoy lo sabemos, única, verdadera. Fue el borgiano precursor de Risset y Foucault, en materia de "traducciones videntes". La más rousseliana de las escenas en el Congreso de Literatura es el montaje de la obrita de teatro del científico loco sobre la estructura azarosa del mismísimo congreso.
    Como nos explica el ingeniero, se trataba de "una actividad marginal, de asistencia optativa, que se hacía fuera del marco de las sesiones; consistía en la puesta en escena de una de mis comedias, por parte del grupo de Teatro Universitario de la Facultad de Humanidades: Eva". En esa obrita, a mi juicio, parece residir la punta de secreto del libro y de toda la obra de Aira: ¿qué es la imaginación? Y el narrador murmura: "La mera idea de la existencia de Adán y Eva, de la humanidad (la especie) reducida retroactivamente a una sola pareja, da pie por sí sola a la genética. Yo diría que es el extremo al que puede llegar la imaginación en ese campo. La genética es la génesis de la diversidad. Pero si no hay gente sobre la que pueda desplazarse la diversidad, ésta revierte sobre sí misma, se enrosca en su particularidad general, y ahí nace la imaginación".
    En todo caso: ¿qué es la imaginación sino lo que nace de la imposibilidad para hablar del amor; la gracia sofocada, la maravilla que se manifiesta a través de complejas traducciones en perspectiva?

ARTURO CARRERA

 

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