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Plan de Operaciones
(fragmento)
Señores de la Excelentísima Junta Gubernativa de las
Provincias Unidas del Río de la Plata:
Volar a la esfera de la alta y digna protección de V. E. los pensamientos de este Plan, en cumplimiento de la honorable
comisión con que me ha honrado, si no es ambición del deseo, es a lo menos
un reconocimiento de gratitud a la Patria; ella solamente es el objeto que debe ocupar
las ideas de todo buen ciudadano, cuya sagrada causa es la que me ha estimulado a
sacrificar mis conocimientos en obsequio de su libertad y desempeño de mi encargo.
Tales son los justos motivos que al prestar el más solemne juramento ante ese
Superior Gobierno hice presente a V. E. cuando, en atención
a las objeciones que expuse, convencido de las honras, protestó V.
E. que nunca podrían desconceptuarse mis conocimientos, si ellos no llegaban
a llenar el hueco de la grande obra.
En esta atención y cumplimiento de mi deber, sería un
reo de lesa patria, digno de la mayor execración de mis conciudadanos, indigno
de la protección y gracias que ella dispensa a sus defensores si –habiéndose
hecho por sus representantes, en mi persona, la confianza de un asunto en que sus
ideas han de servir para regir, en parte móvil, de las operaciones que han de
poner a cubierto el sistema continental de nuestra gloriosa insurrección– no
me desprendiese de toda consideración aun para con la patria misma, por lisonjear
sus esperanzas con la vil hipocresía y servil adulación de unos pensamientos
contrarios, que en lugar de conducirla a los grandes fines de la obra comenzada,
sólo fuesen causa de desmoronar los débiles cimientos de ella; y en esta
virtud, el carácter de la comisión y el mío –combinando un torrente
de razones, las más sólidas y poderosas, uniformando sus ideas– me estrechan
indispensablemente a manifestarme con toda la integridad propia de un verdadero patriota.
La verdad es el signo más característico del hombre de
bien; la resignación, el honor y la grandeza de ánimo en las arduas empresas,
son las señales más evidentes de un corazón virtuoso, verdadero amante
de la libertad de su patria; tales son los principios que me he propuesto seguir
para desenvolver el cúmulo de reflexiones que me han parecido más conducentes
para la salvación de la patria en el presente plan, sin que preocupación
alguna política sea capaz de trastornar ni torcer la rectitud de mi carácter
y responsabilidad.
El emprendimiento de la obra de nuestra libertad, a la verdad,
es tan grande, que por su aspecto tiene una similitud con los palacios de Siam, que
con tan magníficas entradas, no presentan en su interior sino edificios bajos
y débiles; pero la Providencia que desde lo alto examina la justicia de nuestra
causa, la protegerá, sin duda, permitiendo que de los desastres saquemos lecciones
las más importantes. Porque aunque algunos años antes de la instalación
del nuevo Gobierno se pensó, se habló, y se hicieron algunas combinaciones
para realizar la obra de nuestra independencia, ¿diremos que fueron medios capaces
y suficientes para realizar la obra de la independencia del Sud, pensarlo, hablarlo
y prevenirlo? ¿Qué sacrificios hemos hecho, ni qué emprendimientos,
que sean suficientes para que podamos tributarnos loores perpetuos por la preferencia
de la primacía? ¿Qué planos y combinaciones han formado más laboriosas
áreas, para evitar que se desplome un edificio que sin pensar en la solidez
que debe estribar sus cimientos, queremos levantar con tanta precipitación?
Permítaseme decir aquí, que a veces la casualidad es la madre de los acontecimientos,
pues si no se dirige bien una revolución, si el espíritu de intriga y ambición
sofoca el espíritu público, entonces vuelve otra vez el estado a caer en
la más horrible anarquía. Patria mía, ¡cuántas mutaciones
tienes que sufrir! ¿Dónde están, noble y grande Washington, las lecciones
de tu política? ¿Dónde las reglas laboriosas de la arquitectura de
tu grande obra? Tus principios y tu régimen serían capaces de conducirnos,
proporcionándonos tus luces, a conseguir los fines que nos hemos propuesto.
En esta verdad las historias antiguas y modernas de las revoluciones
nos instruyen muy completamente de sus hechos, y debemos seguirlos para consolidar
nuestro sistema, pues yo me pasmo al ver lo que llevamos hecho hasta aquí, pero
temo, a la verdad, que si no dirigimos el orden de los sucesos con la energía
que es propia (y que tantas veces he hablado de ella) se nos desplome el edificio;
pues el hombre en ciertos casos es hijo del rigor, y nada hemos de conseguir con
la benevolencia y la moderación; éstas son buenas, pero no para cimentar
los principios de nuestra obra; conozco al hombre, le observo sus pasiones, y combinando
sus circunstancias, sus talentos, sus principios y su clima, deduzco, por sus antecedentes,
que no conviene sino atemorizarle y oscurecerle aquellas luces que en otro tiempo
será lícito iluminarle; mi discurso sería muy vasto sobre esta materia,
y no creyéndolo aquí necesario, no trato de extenderlo, pero deduciendo
la consecuencia tendamos la vista a nuestros tiempos pasados y veremos que tres millones
de habitantes que la América del Sur abriga en sus entrañas han sido manejados
y subyugados sin más fuerza que la del rigor y capricho de unos pocos hombres;
véase pueblo por pueblo de nuestro vasto continente, y se notará que una
nueva orden, un mero mandato de los antiguos mandones, ha sido suficiente para manejar
miles de hombres, como una máquina que compuesta de inmensas partes, con el
toque de un solo resorte tiene a todos en un continuo movimiento, haciendo ejercer
a cada una sus funciones para que fue destinada.
La moderación fuera de tiempo no es cordura, ni es una verdad;
al contrario, es una debilidad cuando se adopta un sistema que sus circunstancias
no lo requieren; jamás en ningún tiempo de revolución, se vio adoptada
por los gobernantes la moderación ni la tolerancia; el menor pensamiento de
un hombre que sea contrario a un nuevo sistema es un delito por la influencia y por
el estrago que puede causar con su ejemplo, y su castigo es irremediable.
Los cimientos de una nueva república nunca se han cimentado
sino con el rigor y el castigo, mezclado con la sangre derramada de todos aquellos
miembros que pudieran impedir sus progresos; pudiera citar los principios de la política
y resultados que consiguieron los principales maestros de las revoluciones, que omito
el hacerlo por ser notorias sus historias y por no diferir algunas reflexiones que
se me ofrecen "acerca de la justicia de nuestra causa, de la confianza que debemos
tener en realizar nuestra obra, de la conducta que nos es más propicia observar,
como igualmente de las demás máximas que podrán garantizar nuestros
emprendimientos".
En esta atención, ya que la América del Sur ha proclamado
su independencia para gozar de una justa y completa libertad, no carezca por más
tiempo de las luces que se le han encubierto hasta ahora y que pueden conducirla
en su gloriosa insurrección. Si no se dirige bien una revolución, si el
espíritu de intriga, ambición y egoísmo sofoca el de la defensa de
la patria, en una palabra: si el interés privado se prefiere al bien general,
el noble sacudimiento de una nación es la fuente más fecunda de todos los
excesos y del trastorno del orden social. Lejos de conseguirse entonces el nuevo
establecimiento y la tranquilidad interior del estado, que es en todos tiempos el
objeto de los buenos, se cae en la más horrenda anarquía de que se siguen
los asesinatos, las venganzas personales y el predominio de los malvados sobre el
virtuoso y pacífico ciudadano.
El caso y la fatalidad son las disculpas de la indiscreción
y la flaqueza. El hombre animoso hace salir a luz los ocasos para utilizarlos, y
sus enemigos son los que se rinden al yugo de la fatalidad. El que tiene gran corazón,
espíritu y alma elevada, manda a la fortuna, o más bien la fortuna no es
sino la reunión de estas cualidades poderosas, pero como su brillo amedrenta
al vulgo y excita la envidia, será feliz quien pueda hermanarlas con la moderación
que las hace excusables.
No admiremos la Providencia ni desconfiemos de ella, recordando
que de las fatalidades más desastradas, saca las grandes e importantísimas
lecciones que determinan el destino del mundo. La mano dio luz al sol y a los astros,
y hace girar los cielos, humilla a veces los tronos, borra los imperios, así
como desde el polvo encumbra a lo sumo de la grandeza a un mortal desconocido, demostrando
al Universo que los mortales, los imperios, los tronos, los cielos y los astros,
son nada en comparación de su poder.
Sentemos ante todo un principio: la filosofía que reina en
este siglo demuestra la ridiculez de la grandeza y las contingencias a que está
expuesta. La insubsistencia perpetua y continuada de la corona de España, lo
está evidenciando; la familia real envilecida había ya dejado de serlo
y perdido sus derechos; el 25 de mayo de 1810, que hará célebre la memoria
de los anales de América, nos ha demostrado esto, pues hace veinte años
que los delitos y las tramas de sus inicuos mandones y favoritos le iban ya preparando
este vuelco.
Por mejor decir, no se la ha destronado ni derribado del solio,
sino que se la ha hundido debajo de las plantas; y jamás pudo presentarse a
la América del Sur oportunidad más adecuada para establecer una réplica
sobre el cimiento de la moderación y la virtud.
La familia de los Borbones estaba en el suelo, y ninguno de sus
cobardes amigos acudió a tiempo a darle la mano; no era menester más que
dejarla dormir y olvidarla.
Así, pues, cuando las pasiones del hombre andan sueltas, ¡cuán
horrible, pero cuán interesante, es el observarle! Entonces sale a lo claro
lo más escondido de su corazón; entonces la vista puede seguir por las
vueltas y revueltas de aquel laberinto inescrutable los estragos del odio, los arrebatos
de la ambición, el desenfreno de la codicia, los ímpetus de vanagloria
y los proyectos de engrandecimiento.
Hay hombres de bien (si cabe en los ambiciosos el serlo) que detestan
verdaderamente todas las ideas de los gobiernos monárquicos, cuyo carácter
se les hace terrible, y que quisieran, sin derramamiento de sangre, sancionar las
verdaderas libertades de la patria; no profesan los principios abominables de los
turbulentos, pero como tienen talento, algunas virtudes políticas, y buen crédito,
son otro tanto más de temer; y a éstos sin agraviarles (porque algún
día serán útiles) debe separárseles; porque, unos por medrar,
otros por mantenerse, cuáles por inclinación a las tramas, cuáles
por la ambición de los honores, y el menor número por el deseo de la gloria,
o para hablar con más propiedad, por la vanidad de la nombradía, no son
propios por su carácter para realizar la grande obra de la libertad americana,
en los primeros pasos de su infancia.
A la verdad, me rebajaría de mi carácter y del concepto
que se tiene formado hacia mi persona si negase los obstáculos e inconvenientes
que atropellando mis deseos desconsolaban mi ánimo, aunque concebía algunas
veces medios para allanarlos. Otros, en mi lugar, lejos de confundirse transformarían,
como hace la verdadera destreza, los obstáculos en medios, hollarían los
estorbos, y aun los procurarían para complacerse en superarlos; en fin, yo titubeé
en medio de las mayores dificultades, temiendo el empezar, y ansiando el acabar,
excitado por mi adhesión a la patria, contenido por los escrúpulos y agitado
entre la esperanza del éxito y el temor del malogro.
En esta virtud, habiéndome hecho cargo de todo, resolví
entregarme a la marea de los acontecimientos, porque las empresas arduas siempre
presentan grandes dificultades, y por consiguiente grandes remedios; pues huir cuando
se va a dar la batalla, no sólo es cobardía, sino aun traición; y
en este estado me puse en manos de la Providencia, a fin de que dirigiese mis conocimientos
acerca de la causa más justa y más santa, pues si se malograse el fruto
de mis intentos, la recompensa, creo, quedaría cifrada en la gloria de haberlos
emprendido.
En cuya atención y consecuencia, la sensibilidad y una extremada
energía son los elementos más grandes de la naturaleza y los más propios
para realizar una grande obra, porque entonces los ánimos generosos se desenvuelven
en medio de las más horrorosas tempestades, aumentando sus fuerzas a proporción
de los peligros que los amenazan, y consiguientemente unos hombres de este corazón
son capaces de las acciones más heroicas, y aun de conducir con su política
las tramas más largas y formales donde se cifre la vida de un hombre y el destino
de un estado.
No se me podrá negar que en la tormenta se maniobra fuera
de regla, y que el piloto que salva el bajel, sea como fuere, es acreedor a las alabanzas
y a los premios, este principio es indudable, máxime cuando se ciñe a la
necesidad absoluta como único medio para la consecución de lo que se solicita.
Las máximas que realizan este plan y hago presentes son, no
digo las únicas practicables, sino las mejores y más admisibles, en cuanto
se encaminen al desempeño y gloria de la lid en que estamos tan empeñados.
¿Quién dudará que a las tramas políticas, puestas en ejecución
por los grandes talentos, han debido muchas naciones la obtención de su poder
y de su libertad? Muy poco instruido estaría en los principios de la política,
las reglas de la moral, y la teoría de las revoluciones, quien ignorase de sus
anales las intrigas que secretamente han tocado los gabinetes en iguales casos; y,
¿diremos por esto que han perdido algo de su dignidad, decoro y opinión
pública en lo más principal? Nada de eso: los pueblos nunca saben, ni ven,
sino lo que se les enseña y muestra, ni oyen más que lo que se les dice.
En el orden moral, hay ciertas verdades matemáticas en que
todos convienen, así como todos admiten los hechos incontestables de la física.
Pregúntesenos a cada uno qué figura tiene el sol, y responderemos unánimes
que redonda: pregúntesenos también sobre los bienes de la esclavitud y
males de la libertad, y nos parecerán éstos preferibles a aquéllos,
porque siendo poco numerosos unos y otros, queremos naturalmente la mayor suma de
bienes, de la cual sólo hay que separar una cantidad pequeña de males.
Pero cuando vengamos a los medios de formar la mayor suma de estos
bienes y la segregación más considerable de estos males, entonces falta
la unanimidad, el problema divide las opiniones y los debates comienzan.
Tal sería el estado en que nos encontraríamos, si no
nos uniesen generalmente los intereses de la patria; ¿y quién de vosotros,
señores, sería capaz de poner en cuestión la libertad y felicidad
de ella, no teniendo sino unos conocimientos superficiales de las causas secretas
de la revolución? ¿Acaso se necesitó más fortaleza el 25 de mayo
de 1810 para derribar los colosos de la tiranía y despotismo, que la que se
necesita para erigir los cimientos de nuestro nuevo edificio? Desembarácese
el suelo de los escombros, quiero decir, concluyamos con nuestros enemigos, reformemos
los abusos corrompidos y póngase en circulación la sangre del cuerpo social
extenuado por los antiguos déspotas, y de este modo se establecerá la santa
libertad de la patria.
Y en consecuencia creería no haber cumplido, tanto con la
comisión con que se me ha honrado, como con la gratitud que debo a la patria,
si no manifestase mis ideas según y cómo las siente el corazón más
propias, y los conocimientos que me han franqueado veinticinco años de estudio
constante sobre el corazón humano, en cuyo, sin que me domine la vanidad, creo
tener algún voto en sus funciones intelectuales; y, por lo contrario, si moderando
mis reflexiones no mostrase los pasos verdaderos de la felicidad, sería un reo
digno de la mayor execración, y así no debe escandalizar el sentido de
mis voces, de cortar cabezas, verter sangre y sacrificar a toda costa, aun
cuando tengan semejanza con las costumbres de los antropófagos y caribes. Y
si no, ¿por qué nos pintan a la libertad ciega y armada de un puñal?
Porque ningún estado envejecido o provincias pueden regenerarse sin cortar sus
corrompidos abusos, sin verter arroyos de sangre.
Hablemos con franqueza: hasta ahora sólo hemos conocido la
especulativa de las conspiraciones, y como tal, cuando tratamos de pasar a la práctica
nos amilanamos. Pues no; no son éstas las lecciones que nos han enseñado
y dado a conocer los maestros de las grandes revoluciones; fíjese la vista sobre
los anales de las historias del Norte, de la Francia, etcétera y aun de la misma
España, y se observará las tramas y astucias políticas, únicamente
dirigidas a conseguir por todo camino aquellos fines a que han aspirado.
Se ha repetido muchas veces que la necesidad es madre de la industria,
y que su carácter halagueño, pintado con los bellos colores de una filosofía
sutil, invierte su estudio y destreza por medio de la seducción y la intriga,
teniendo a veces su origen más o menos noble, según las circunstancias.
Ultimamente, demos un carácter más solemne a nuestro
edificio; miremos sólo a la patria, y cuando la Constitución del Estado
afiance a todos el goce legítimo de los derechos de la verdadera libertad en
práctica y quieta posesión, sin consentir abusos, entonces resolvería
el Estado americano el verdadero y grande problema del contrato social; pues establecer
leyes cuando han de desmoronarse al menor ímpetu de un blando céfiro, depositándolas
dentro de un edificio cuyos cimientos tan poco sólidos no presentan aún
más que vanas y quiméricas esperanzas, exponiendo la libertad de la patria,
la impotencia, que quizá al menor impulso de nuestros enemigos, envolviéndonos
en arroyos de sangre, tremolen otra vez sobre nuestras ruinas el estandarte antiguo
de la tiranía y despotismo; y por la debilidad de un gobierno se malograría
entonces las circunstancias presentes, y más favorables a una atrevida empresa,
que se inmortalizaría en los anales de América, y desvanecidas nuestras
esperanzas seríamos víctimas del furor y de la rabia.
Y en consecuencia de todo lo expuesto, pasando ya a la exposición
de los artículos que contiene la comisión de mi cargo, por el orden y según
instruye su contenido, dice:
Artículo 1° –En cuanto a la conducta gubernativa más
conveniente a las opiniones públicas, y conducente a las operaciones de la dignidad
de este Gobierno, debe ser las que instruyen las siguientes reflexiones:
1a Sentado el principio que en
toda revolución hay tres clases de individuos: la primera, los adictos al sistema
que se defiende; la segunda, los enemigos declarados y conocidos; la tercera, los
silenciosos espectadores, que manteniendo una neutralidad, son realmente los verdaderos
egoístas; bajo esta suposición, la conducta del Gobierno en todas las relaciones
exteriores e interiores con los puertos extranjeros y sus agentes o enviados públicos
y secretos, y de las estratagemas, proposiciones, sacrificios, regalos, intrigas,
franquicias y demás medios que sean menester poner en práctica, debe ser
silenciosa y reservada con el público; sin que nuestros enemigos, ni aun la
parte sana del pueblo, lleguen a comprender nada de sus enemigos exteriores e interiores
[pues] podrían rebatirnos las más veces nuestras diligencias; lo segundo,
porque además de comprometer a muchos de aquellos instrumentos de quienes fuese
preciso valernos ocasionándoles su ruina, también perderíamos la protección
de tales resortes para en lo sucesivo, y lo que es más, la opinión pública;
y lo tercero, porque mostrando sólo los buenos efectos de los resultados de
nuestras especulaciones y tramas –sin que los pueblos penetren los medios ni resortes
de que nos hemos valido, atribuyendo estos sus buenos efectos a nuestras sabias disposiciones–
afianzaremos más el concepto público y su adhesión a la causa, haciendo
que tributen cada día mayor respeto y holocausto a sus representantes; y así
obviaremos quizá las diferentes mutaciones a que está expuesto el Gobierno.
2a A todos los verdaderos patriotas
cuya conducta sea satisfactoria, y tengan dado de ella pruebas relevantes, si en
algo delinquiesen que no sea concerniente al sistema, débese siempre tener con
éstos una consideración, extremada bondad; en una palabra, en tiempo de
revolución, ningún otro debe castigarse, sino el de infidencia y rebelión
contra los sagrados derechos de la causa que se establece; y todo lo demás debe
disimularse.
3a En todos los empleos medios,
después que se hallen ocupados por éstos, la carrera de sus ascensos debe
ser muy lenta, porque conceptuando que el establecimiento radicado de nuestro sistema
es obra de algunos años, todos aspirarían a generales y magistrados; y
para obviar esto deben establecerse premios, como escudos, columnas, pirámides,
etc., para premiar las acciones de los guerreros y adormecer con estos engaños
a aquellos descontentos que nuncan faltan, y exigen por su avaricia más de lo
que merecen. ¿Pues en qué se perjudica a la patria que un ciudadano lleve
el brazo lleno de escudos, ni que su nombre esté escrito en un paraje público,
cuando de ello no resulta gravamen al erario? Y así con éstos debe ser
la conducta según y como llevo referido.
4a Con los segundos debe observar
el Gobierno una conducta muy distinta, y es la más cruel y sanguinaria; la menor
especie debe ser castigada, y aun en los juicios extraordinarios y asuntos particulares,
debe siempre preferirse el patriota, porque siendo una verdad el ser amante a su
patria, es digno a que se le anteponga, y se forme de él no sólo el mejor
concepto, sino que también se le proporcione la mejor comodidad y ventajas:
es lo primero; y lo segundo, porque aprisionando más su voluntad, se gana un
partidario y orador que forma con su adhesión una parte sólida de su cimiento.
5a Igualmente con los segundos,
a la menor semiprueba de hechos, palabras, etcétera, contra la causa, debe castigarse
con pena capital, principalmente cuando concurran las circunstancias de recaer en
sujetos de talento, riqueza, carácter, y de alguna opinión; pero cuando
recaiga en quienes no concurran éstas, puede tenerse alguna consideración
moderando el castigo; pero nunca haciendo de éstos la más mínima confianza,
aun cuando diesen las pruebas más relevantes y aun cuando se desprendiesen de
la mitad de sus intereses, hasta tanto no consolidar nuestro sistema sobre bases
fijas y estables; que entonces sí, a los que se hubiesen distinguido con servicios
particulares se les debe atender, y, formando de ellos el concepto a que son acreedores,
participarles el premio.
6a En los mismos términos,
como la conducta de estos segundos y su adhesión contraria a nuestra causa es
radicalmente conocida, sin embargo, el Gobierno debe, tanto en la capital como en
todos los pueblos, a proporción de su extensión, conservar unos espías
–no de los de primer ni segundo orden, en talentos y circunstancias, pero de una
adhesión conocida a la causa– a quienes indistintamente se les instruya bajo
de secreto; comisionándolos para que introduciéndose con aquellas personas
de más sospecha, entablando comunicaciones, y manifestándose siempre de
un modo contrario de pensar a la causa que se defiende, traten de descubrir por este
medio los pensamientos de nuestros enemigos y cualesquiera tramas que se pudieran
intentar; y a éstos débese agraciarlos con un corto sueldo mensual, instruyéndolos
como he referido, bajo de ciertas restricciones que se les debe imponer; éstos
no han de obtener ningún empleo o cargo alguno, ni aun el de soldado, pues este
solo carácter sería suficiente para frustrar los intentos de este fin.
7a Consiguientemente, cuantos
caigan en poder de la patria de estos segundos exteriores e interiores, como gobernadores,
capitanes generales, mariscales de campo, coroneles, brigadieres, y cualesquiera
otros de los sujetos que obtienen los primeros empleos de los pueblos que aún
no nos han obedecido, y cualesquiera otra clase de personas de talento, riqueza,
opinión y concepto, principalmente las que tienen un conocimiento completo del
país, sus situaciones, caracteres de sus habitantes, noticias exactas de los
principios de la revolución y demás circunstancias de esta América,
debe decapitárselos; lo primero, porque son unos antemurales que rompemos de
los principales que se opondrían a nuestro sistema por todos caminos; lo segundo,
porque el ejemplo de estos castigos es una valla para nuestra defensa, y además
nos atraemos el concepto público; y lo tercero, porque la patria es digna de
que se le sacrifique estas víctimas como triunfo de la mayor consideración
e importancia para su libertad, no sólo por lo mucho que pueden influir en alguna
parte de los pueblos, sino que dejándolos escapar podría la uniformidad
de informes perjudicarnos mucho en las miras de las relaciones que debemos entablar.
8a Ultimamente la más mera
sospecha denunciada por un patriota contra cualquier individuo de los que presentan
un carácter enemigo, debe ser oída v aun debe dársele alguna satisfacción,
suponiendo que sea totalmente infundada, por sólo un celo patriótico mal
entendido, ya desterrándolo por algún tiempo, más o menos lejos del
pueblo donde resida, o apropiándole otra pena, según la entidad del caso,
por un sinnúmero de razones que omito, pero una de ellas es para que el denunciante
no enerve el celo de su comisión, vea que se tiene confianza, y se forma concepto
de su persona.
9a En cuanto a los terceros individuos,
también será de la obligación del Gobierno hacer celar su conducta;
y los que se conozcan de talento y más circunstancias, llamarlos, ofrecerles,
proponerles y franquearles la protección que tenga a bien el Gobierno dispensarles,
a proporción de la calidad, empleos, negocios y demás, sin dejar de atender
a la clase de bienes que gozan y la cantidad de sus caudales y trabas que los liguen,
sin hacer nunca una manifiesta confianza hasta penetrar sus intenciones y su adhesión,
practicándose esto por aquellos medios que son más propios y conducentes.
10a Asimismo la doctrina del
Gobierno debe ser con relación a los papeles públicos muy halagueña,
lisonjera y atractiva, reservando en la parte posible, todos aquellos pasos adversos
y desastrados, porque aun cuando alguna parte los sepa y comprenda, a lo menos la
mayor no los conozca y los ignore, pintando siempre éstos con aquel colorido
y disimulo más aparente y para coadyuvar a este fin debe disponerse que la semana
que haya de darse al público alguna noticia adversa, además de las circunstancias
dichas, ordenar que el número de gacetas que hayan de imprimirse sea muy escaso,
de lo que resulta que siendo su número muy corto, podrán extenderse menos,
tanto en lo interior de nuestras provincias, como fuera de ellas, no debiéndose
dar cuidado alguno al Gobierno que nuestros enemigos repitan y contradigan en sus
periódicos lo contrario, cuando ya tenemos prevenido un juicio con apariencias
más favorables; además, cuando también la situación topográfica
de nuestro continente nos asegura que la introducción de papeles perjudiciales
debe ser muv difícil, en atención a que por todos caminos, con las disposiciones
del Gobierno debe privarse su introducción.
11a Los bandos y mandatos públicos
deben ser muy sanguinarios y sus castigos al que infringiere sus deliberaciones muy
ejecutivos, cuando sean sobre asuntos en que se comprometan los adelantamientos de
la patria, para ejemplo de los demás.
12a Luego que algunos pueblos,
tanto del Perú como de la Banda Oriental, hayan sucumbido, se deben ocupar aquellos
primeros empleos por sujetos que, considerando en ellos alguna reputación y
talento, podría servir de mucha extorsión su asistencia en esta Capital;
y por lo tanto debe separárseles con esta política , a fin de obviar algunas
convulsiones populares y mutaciones de gobierno a que está expuesta la Patria,
por el partido de la ambición.
13a También deben darse
los grandes empleos, como generales, etc., a sujetos en quienes puedan concurrir
las mismas circunstancias explicadas ya en la reflexión antecedente.
14a Asimismo, cuando los sujetos
que empleados en los primeros cargos, como gobernadores de los pueblos, jefes de
divisiones, o generales, llegasen a obtener una grande opinión y concepto, máxime
los que gobiernan fuerzas, debe precisarse con disimulo mandarlos de unos a otros
o con cualquier otro pretexto, llamándolos a la capital, separarlos de sus encargos
por algún tiempo, haciendo variar sus comisiones después, a fin de que
como son los que manejan las fuerzas, ayudados de la opinión y concepto, no
puedan cometer atentados que comprometan la felicidad pública, de lo que causarían
disensiones intestinas y guerras civiles; lo mismo debe ejecutarse cuando la opinión
y concepto de los primeros empleados en todo ramo claudique en los pareceres públicos,
aunque sea sin causa verdadera, dándoles luego el Gobierno una satisfacción
secreta de las causas que han dado margen a retirarlos de sus empleos; y, sin perjudicar
su mérito, emplearlos en oportunidad con variación de destino.
15a Siendo los magistrados, justicia,
tribunales y demás autoridades, el antemural y sostén de los respetos públicos
donde algunas veces, cuando son ocupados por hornbres corrompidos y llenos de vicios,
se acogen los tumultuosos, prevaliéndose de la protección y respeto para
alguna trama o deliberaciones se debe precaver que dichos tribunales, justicias,
magistrados y demás empleos sean ocupados por personas de nuestra entera satisfacción,
quienes instruidos de nuestras ideas en la parte que les toque, nos sean adictos
para estorbar el apoyo de los ambiciosos y perturbadores del orden público;
y además prever cualquiera atentación contra las autoridades del Gobierno
que resulte en perjuicio de la causa, observándose siempre la política
que debe guardarse con respecto a la reclamación pública, por opinión
y concepto; adoptándose, cuando no haya otro, el medio del mal el menos.
16a A todos los oficiales y militares
(no siendo de aquellos muy conocidos que tengan acreditado ya su patriotismo), no
debe despreciárseles y acomodándoles despacharles fuera de la Capital,
a las campañas del Perú, o la Banda Oriental.
17a En los mismos términos,
débese sin recelo dar empleos a todos los extranjeros, según el mérito
o talento de cada uno, pues es creíble que éstos si no por patriotismo,
a lo menos por el interés que les resulte, serán fidedignos en la confianza
que de ellos se haga.
18a Por consiguente, el Gobierno
debe tratar, y hacer publicar con la mayor brevedad posible, el reglamento de igualdad
y libertad entre las distintas castas que tiene el Estado, en aquellos términos
que las circunstancias exigen, a fin de, con este paso político, excitar más
los ánimos; pues a la verdad, siendo por un principio innegable que todos los
hombres descendientes de una familia están adornados de unas mismas cualidades,
es contra todo principio o derecho de gentes querer hacer una distinción por
la variedad de colores, cuando son unos efectos puramente adquiridos por la influencia
de los climas; este reglamento y demás medidas son muy del caso en las actualidades
presentes.
l9a En la misma forma debe tratarse
sobre el reglamento de la prohibición de la introducción de la esclavatura,
como asimismo de su libertad, con las circunstancias que tenga a bien establecerla;
pero siempre protegiendo a cuantos se acojan a nuestras banderas, declarándolos
libres, a los unos, si sus amos fueren del partido contrario, y a los otros, rescatándolos
con un tanto mensual de los sueldos que adquieran en la milicia, para de esta forma
no descontentar a sus amos, pues es evidente que tocando al hombre en sus intereses
claudica no sólo el patriotismo sino la buena fe y demás circunstancias
que lo adornan; lo que me franquea decir que si los fondos del erario fueran suficientes
para los gastos del Estado hasta radicar su establecimiento, yo respondería
con mi cabeza de la seguridad de nuestra libertad, en la mitad del tiempo que de
otra manera necesitaremos.
20a Ultimamente, el misterio
de Fernando es una circunstancia de las más importantes para llevarla siempre
por delante, tanto en la boca como en los papeles públicos y decretos, pues
es un ayudante a nuestra causa el más soberbio; porque aun cuando nuestras obras
y conducta desmientan esta apariencia en muchas provincias, nos es muy del caso para
con las extranjeras, así para contenerlas ayudados de muchas relaciones y exposiciones
políticas, como igualmente para con la misma España; por algún tiempo,
proporcionándonos, con la demora de los auxilios que debe prestar, si resistiese,
el que vamos consolidando nuestro sistema, y consiguientemente nos da un margen absoluto
para fundar ciertas gestiones y argumentos, así con las cortes extranjeras,
como con la España, que podremos hacerles dudar cuál de ambos partidos
sea el verdadero realista estas circunstancias no admiten aquí otra explicación,
por ser muy extensa, y fuera del orden a que se propone este plan, cuyas máximas
daré por separado en otras instrucciones, luego que concluya la obra que trata
de éstas y otras, titulada: Intereses generales de la patria y del Estado
americano; además, que aun para atraernos las voluntades de los pueblos,
tampoco sería oportuno una declaración contraria y tan fuera de tiempo,
hasta que radicalmente no sentemos nuestros principios sobre bases fijas y estables
y veamos los sucesos de la España la suerte que corren.
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